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Particular y emotivo homenaje a John Cage en el foyer del Colón

Este encuentro, que duró cuatro horas, inauguró el ciclo que organiza Martín Bauer y que desde este año se articula con el Teatro San Martín

Martes 18 de septiembre de 2012
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LA NACION
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El musicólogo James Pritchett, que estuvo en estos días en Buenos Aires, observó en uno de sus libros que, en el caso de John Cage, la crítica debía, según el propio compositor, ser una especie de "presentación", una instancia que le permitiera al público abordar la música. Posiblemente la frase se refería al esclarecimiento de los procedimientos cageanos, y resulta particularmente apta para el "Homenaje a John Cage" en el centenario de su nacimiento, que inauguró además el ciclo Colón Contemporáneo.

El homenaje cubrió todas las épocas de la producción de Cage, desde fines de la década de 1930 hasta principios de la de 1990, pero lo asombroso fue que, sin desdeñar la relevancia del despliegue histórico de todos los procedimientos episódicos que hacen una poética, el concierto, de más de cuatro horas, resultó singularmente emotivo, en parte por la extrema sensibilidad de las interpretaciones, y en parte también por el inteligente diseño espacial de Julieta Ascar, que convirtió el foyer del Teatro Colón en un gigantesco escenario móvil. Ya al principio, la voz de Cage, multiplicada por varios parlantes, precedió una magistral lectura de la pianista Aki Takahashi de las Sonatas e interludios para piano preparado . Tanto en la preparación del piano (que, como sabe, consiste en introducir diversos objetos entre las cuerdas para modificar el timbre y aun las alturas) como en su interpretación, Takahashi logró una versión tibia, sin ninguna frialdad metálica, rítmicamente apasionante y estremecedoramente íntima, que, de manera muy cageana, se recortaba sobre los ruidos apagados que llegaban de la calle.

La pianista acompañó luego, escalinatas arriba, a la cantante Joan La Barbara, otra estrecha colaboradora de Cage, que entregó también una versión inspiradísima de Aria , pieza indeterminada que sonó esta vez con la contundencia de lo definitivo. Juntas hicieron fragmentos de Song Books , que incluyeron también una delicadísima versión de la canción "Je te veux", de Erik Satie; después de todo, el compositor había dicho que, en Song Books , conectaron "a Satie con Thoreau". Entre canción y canción (se escuchó asimismo "The Wonderful Widow of Eighteen Springs", para voz y piano cerrado), el violinista David Núñez tocó, con intensa resolución, varios de los también indeterminados Freeman Etudes . No menos lograda resultó la versión que, con dirección de Santiago Santero, el Ensamble Perceum entregó de First Construction (In Metal) , la pieza más temprana de las programadas.

De 1992, el mismo año de la muerte del compositor, Fifty-Eight , pieza de título numérico que alude a los cincuenta y ocho instrumentistas de viento que intervienen en su realización, quedó reservada para el final. Fueron cuarenta y cinco minutos de inusitada concentración. Pocas veces el público acompañó una pieza con semejante silencio reverencial: algunos sencillamente escuchaban acostados con los ojos cerrados, y otros caminaban de la planta baja al nivel superior, donde también estaban distribuidos los intérpretes. Fifty-Eight , que transcurrió mientras caía la tarde, sonó como un maravilloso réquiem in memóriam, pero un réquiem á la Cage : lúcido y sin nostalgia.

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