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Libros en agenda

Como una fiesta de amigos

Opinión

Por   | Para LA NACION

 
 

La poesía reunida es como una fiesta de amigos que se encuentran por primera vez en una misma casa. También es una prueba de fuego: en la afinidad entre los poemas -sea ya por sutiles diferencias o formas disímiles- se revela la coherencia de una obra.

Este es el caso del nuevo libro de Tamara Kamenszain, La novela de la poesía - Poesía reunida, recién publicado por Adriana Hidalgo Editora, con exquisito prólogo de Enrique Foffani.

La edición incluye todos los libros de Kamenszain, desde De este lado del Mediterráneo (1973), Los no (1977), La casa grande (1986), Vida de living (1991), Tango bar (1998), El Ghetto (2003), Solos y solas (2005) y Los ecos de mi madre (2010).

Y la verdad es que todos esos libros -algunos de pequeño formato, de poemas en prosa, de prosa en poemas, etc.- se llevan de maravilla. Es una fiesta de la memoria, que incluye la historia y los afectos, las pérdidas y los "continuará". Pero también es el vislumbre audaz de lo que se pretende olvidar. En vez de "me detengo y sufro", el tan apurado "ya fue". En la segunda parte de La novela de la poesía, Kamenszain escribe: "No salgamos entonces a cazar fantasmas/ innovemos para el oído la dirección de lo dicho/ es lo que hay es lo que hay es lo que hay/ Una épica de lo que no hay (.) eso ya fue ya fue ya fue".

La poesía de Kamenszain es moderna. Como señala Foffani, se ubica en "la contraseña del estilo". Pero también es clásica en su filiación con poetas de todos los tiempos. Desde Góngora hasta Lezama, Girondo, Vallejo, Celan, Ungaretti, Juan L. Ortiz, Madariaga, Perlongher o Viel Temperley. Es muy importante en su obra la relación con el semejante poeta, por la complicidad al nombrar la experiencia, ya sea de pérdida, de goce, de repudio o pertenencia. Porque en la lengua se halla el lazo, y se sostiene en una ética. Es "la escritura de lo vernáculo".

Esta filiación se vuelve estremecedora en "El eco de mi madre", una serie de poemas alrededor de la muerte de la madre, donde aparecen escrituras amigas como la de Diamela Eltit: "Mi madre estuvo toda la vida conmigo y nunca me dejó pensar que yo podría estar sin ella".

La muerte deja de ser una idea. Es lo que se hace con la falta de experiencia. ¡Hasta podría ser una forma de plantarse vivo en el poema, como estandarte del dolor!

Pero quiero sostener el festejo de los poemas reunidos, compartiendo el festín. Y para ello, elijo un poema de uno de los libros más recónditos de Kamenszain -y quizá de los más apetecibles-, Solos y solas, incluido en esta antología y que redunda en actualidad: "Te llamo o llamame/ en el club en la escuela en el campamento/ repetir y repetir nuestros apellidos/ dejó agendada de oído/ una comunidad futura/ entre vernos y dejar de vernos/ media vida hasta ahora ya fue/ ahora somos parias de casamentera/ dos que no hacen uno en la cuenta regresiva/ nos encontramos sin nada en común/ con otros tan comunes como nosotros."

En la poesía está lo que vendrá.

© LA NACION.

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