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Militancia y dictadura: los años 70 como usina de ficciones argentinas

Opinión

A principios del 2003 yo cursaba el último año de una licenciatura en Historia. En la Argentina de por entonces la disciplina, aunque hoy suene extraño, sólo le importaba a académicos, investigadores y estudiantes. Muy poca gente estaba interesada en la historia antigua o europea, mucho menos en la historia argentina. Hasta que, a un año y medio de la crisis de diciembre de 2001, algo empezó a fermentar en la sociedad y se desató un súbito y general interés por el pasado. Yo solía discutir con mis profesores que, no sin razón, veían en el recién editado Argentinos, del periodista Jorge Lanata, un libro falto de rigor histórico. Pero lo que ellos entendían apenas como un trabajo oportunista a mí me parecía que podía ser utilizado para que la Historia volviera a ser una disciplina que le incumbiera a muchos. Poco después, en 2004, Felipe Pigna (en esos tiempos un profesor apenas conocido) publicó Los mitos de la historia argentina, otro libro de divulgación que abordaba lateralmente y con destreza ciertos hechos de la trama histórica nacional, para hacerlos digeribles a un público mayoritario y levemente chismoso. Desde entonces, y por razones que nunca van a ser completamente elucidables, se editaron en la Argentina más libros de historia que nunca (no habría que olvidar en esta suerte de mito de origen de un fenómeno editorial el éxito que había tenido en 2000 la biografía Galimberti. De Perón a Susana, de Montoneros a la CIA, de Marcelo Larraquy y Roberto Caballero). El gobierno kirchnerista, nacido al calor de este interés general por el pasado, supo leer esta tendencia y acompañarla, fijando un nodo en la década del 70 y reescribiendo (a su medida) algunos capítulos de la historia argentina reciente.

Así fue también como la historia contemporánea, y más particularmente la de la militancia revolucionaria (las condiciones de su aparición, desarrollo y exterminio), comenzaron a ser abordadas de manera recurrente por diversas artes, como el cine, la literatura y el teatro. Trasvasando incluso las fronteras de un medio en general reacio al pensamiento, como la televisión: la telenovela Montecristo (2006), con Pablo Echarri y Paola Krum, es tal vez el caso más conocido. Hoy mismo, por ejemplo, se estrena en cines Infancia clandestina , de Benjamín Avila, película donde se narra la historia de una familia compuesta por una pareja de militantes montoneros (Natalia Oreiro y César Troncoso) y sus dos hijos, que vuelven en 1979 a la Argentina desde el exilio, para participar de la llamada "Contraofensiva" contra la dictadura militar. (Dentro del terreno del cine, profuso en ficciones y documentales históricos, las películas de Nicolás Prividera, M y Tierra de los padres, pueden señalarse como dos de los abordajes menos convencionales acerca de la década del 70).

En teatro, la semana pasada la escritora, compositora y dramaturga Lola Arias (Buenos Aires, 1976) reestrenó en el Centro Cultural San Martín una de las más importantes piezas que se hayan concebido sobre aquella década: Mi vida después . La obra fue pensada dentro del ciclo Biodrama, fue mostrada por primera vez en 2009, y más tarde salió de gira por Europa. Desde entonces, y debido a la riqueza de su propuesta (que mezcla en escena actuación, música en vivo, proyecciones, monólogos y danza), Mi vida después dio pie a múltiples interpretaciones , discusiones y polémicas, que aún están lejos de agotarse.

El punto de partida es el siguiente: seis actores, nacidos todos entre los 70 y los 80, recrean escenas y recuerdos de su infancia, y del vínculo con sus padres. El programa original de la obra allá por 2009 decía: "Cada actor hace una remake de escenas del pasado para entender algo del futuro. Como dobles de riesgo de sus padres, los hijos se ponen su ropa y tratan de representar su historia familiar. Mi vida después transita en los bordes entre lo real y la ficción, el encuentro entre dos generaciones, la remake como forma de revivir el pasado y modificar el futuro, el cruce entre la historia del país y la historia privada". Entre los actores, había (y hay) una hija de un militante del ERP asesinado en el asalto a Monte Chingolo en 1975; otra actriz que descubrió ser hija de un policía apropiador de niños durante la dictadura; un actor hijo de un cura que en esa época se enamoró y decidió dejar los hábitos; el hijo de un militante de la JP desaparecido; otro cuyo padre trabajaba en un banco intervenido por los militares; y también la hija de Nicolás Casullo, filósofo y escritor argentino que estuvo exiliado en México y murió en 2008.

En el programa de este año, la propia Lola Arias anuncia: "Mi vida después se fue reescribiendo a medida que se transformaban las vidas de sus protagonistas". Y es que entre 2009 y 2012 el elenco fue atravesado por muy distintas experiencias. Entre ellas, una de las actrices descubrió que el cadáver de su padre estaba enterrado en una fosa común en Avellaneda. Y otra consiguió que su testimonio fuera tomado en cuenta en el juicio que terminó condenando a su padre biológico a 18 años de prisión. La contundencia de la obra, y la profunda conmoción que Mi vida después genera en los espectadores, tiene que ver, por supuesto, con la originalidad de la propuesta dramatúrgica y actoral a la hora de encarar la reconstrucción de ciertos pasajes de la historia argentina, y del resultado del cruce de los límites entre ficción y realidad. Pero también, o sobre todo, porque se trata de una obra radicalmente viva: de un organismo que modifica, a la vez que es modificado, por la propia realidad..

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