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Fin de siesta ... para el Gobierno y la oposición

LA NACION
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Claudio Jacquelin
Domingo 23 de septiembre de 2012
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Si alguno de los dirigentes de la oposición hubiera estado en el lugar de "Maravilla" Martínez en ese dramático último round de la pelea ante Chávez Jr. todavía el referí estaría contando, y cuando se aburriera de no advertir ninguna reacción le habría decretado un nocaut perpetuo.

Tras el impacto que sufrió en las primarias de agosto del año pasado y el feroz remate que le propinó el kirchnerismo en las generales de octubre, con ese gancho al hígado del 54 por ciento, la dirigencia opositora acaba de empezar a despabilarse, desconcertada, 13 meses después, con el baldazo de agua fría arrojado a la cara por el cacerolazo del 13S.

Hace 10 días abrió los ojos y, entre otras muchas cosas, comprobó que ya no tenía en el rincón a esos asistentes a sueldo sabelotodos, panzones y complacientes, que lo llevaron a la derrota, sino a una multitud casi tan impiadosa con la oposición como con el oficialismo.

La movilización desbordó hasta las previsiones de los políticos anti -K más optimistas, que habían comenzado a ilusionarse con la consolidación del cambio de tendencia en la opinión pública mostrado por las encuestas desde mitad de año.

El episodio reflejó que, una vez más, la mayoría de los políticos opositores, aturdidos y absorbidos por sus elucubraciones y debates superestructurales, han estado por detrás de gran parte de la sociedad y lejos de sus percepciones, reclamos y necesidades. No es de extrañar: cuando las encuestas registran algo, es porque ya ocurrió . El drama para ellos es que la gente espera de sus dirigentes que se anticipen a los problemas y no que salgan a perseguirlos cuando ya aparecieron otros nuevos.

Peor para ellos, en estos casos la opinión pública confirma que no están en forma para darles soluciones y, encima, alerta a un oficialismo que cuenta con todos los recursos del Estado para recuperar terreno. Sin embargo, por primera vez desde octubre de 2010, algo parece haber cambiado, no sólo en la estructura social, sino en la superestructura dirigencial.

El oficialismo sintió el golpe y apareció aturdido, dividido entre una mayoría impotente que intentó una salida componedora y la minoría calificada (con C de Cristina) que saltó ciega a intercambiar golpes. A ese regalo, la oposición sumó el reflejo de algunos dirigentes (el primero fue el recién resucitado De Narváez) rápidos para asumir que el reclamo golpeaba sus puertas, ganándoles los micrófonos a varios que pretendían adjudicarse algún éxito.

No es poco lograr un triunfo en el campo del relato, en el que el Gobierno no ha parado de cosechar éxitos. Pero es y será inocuo en términos de competitividad electoral si la oposición no lo logra traducirlo en hechos políticos capaces de recrear una ilusión colectiva. En ese terreno el oficialismo todavía lleva varios puntos de ventaja, pese a los muchos errores que pueda haber cometido.

Una sucesión de diálogos exploratorios, de miradas desconfiadas y de especulaciones variadas atraviesa por estas horas el universo anti-K.

La siesta acaba de terminar. Tanto para el Gobierno como para la oposición. La gente empieza a sentir que falta menos para las elecciones de 2013 que lo que transcurrió desde los comicios de 2011. El futuro queda más cerca que el pasado, pero ahora parece mucho más incierto que hace unos meses.

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