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Disputa simbólica

La advertencia de la calle al Gobierno

Opinión

No tuvo un eje claro ni consignas unificadas, pero sí un destinatario. Aunque el sentido integral de la protesta del jueves todavía no está definido, es evidente que hubo tarjeta amarilla para los gobernantes

Por   | Para LA NACION

Néstor Kirchner solía decir que sólo temía a dos cosas: a Clarín y a los cacerolazos. En 2008, ante las primeras manifestaciones, reaccionó instantáneamente. La guardia pretoriana, encabezada por D'Elía y Moreno, barrió a los manifestantes de Plaza de Mayo, suponiendo, como con la inflación, que lo que no se ve no existe. El jueves 13 la reacción no fue tan rápida: la manifestación se desarrolló sin conflictos, en la plaza, en los barrios, en las principales ciudades y hasta en la quinta de Olivos. En lugar de violencia física preventiva, hubo violencia verbal posterior. Los manifestantes siguen recibiendo una de las más descomunales descalificaciones que se recuerden. Sólo comparable con lo de "las locas de Plaza de Mayo", que la dictadura les aplicaba a las Madres.

El primer reflejo fue convocar a una contramanifestación, para que el auténtico pueblo limpiara de pecado la plaza, contaminada por gente de clase media. Finalmente, fue trasladada al 27 de octubre, el aniversario de la muerte de Néstor Kirchner, que ha desplazado en significación al 17 de octubre.

También se anuncia una marcha de la CGT y la CTA opositoras, y se habla de otra gran convocatoria el 10 de diciembre, para celebrar los treinta años de la democracia.

En suma, la calle recupera su protagonismo y reaparecen las disputas simbólicas, dirimidas tanto por el número como por el sentido, que recurrentemente la han poblado. Basta recordar las manifestaciones de la Guerra Civil Española en 1936, las que en 1945 enmarcaron el surgimiento del peronismo, las de los años setenta, con dos tendencias del peronismo enfrentadas, o las recientes del conflicto del campo. Cada una tuvo su propia polarización. ¿Qué se juega hoy en la calle? Dos ideas atraviesan a las manifestaciones, que corresponden a las dos grandes vertientes de la democracia en disputa: la republicana y la plebiscitaria.

El jueves 13 hubo mucha gente, pero se trataba de un grupo, un sector de opinión, que no pretendía representar a quienes no estaban allí. Todos ellos votaron hace un año y eligieron sus representantes, pero en la ocasión se agruparon de una manera diferente. Es posible que en esta plaza con voluntad opositora también hubiera votantes de la Presidenta. Es normal, saludable y hasta imprescindible que la cambiante opinión de los ciudadanos se manifieste entre elección y elección. Pierre Rosanvallon incluyó estas manifestaciones entre los procedimientos que llamó "contrademocráticos", una palabra no muy feliz, que alude a un problema medular de la democracia: el control de los gobernantes democráticos por los gobernados; cómo hacen las minorías para no ser avasalladas por las mayorías; cómo se opina sobre las políticas de los gobiernos, no siempre coincidentes con sus programas.

El sistema republicano prevé mecanismos de control, como el Congreso, la Justicia o la Sindicatura. Pero Rosanvallon subraya un problema bien conocido: la tendencia de los poderes ejecutivos a desprenderse de esos controles, utilizando, por derecha o por izquierda, los recursos que administra. No siempre ocurre con la grosería común en nuestro país; puede ser sólo un exceso de tecnocracia. Pero el problema existe, y allí operan saludablemente estos mecanismos de control, que pueden marchar a la inversa de lo que antes había establecido el sufragio. Las manifestaciones no pretenden gobernar ni deliberar, pero hacen explícita una opinión, que puede ser importante si los gobiernos, deslizándose hacia el autoritarismo, también avanzan sobre la libertad de expresión. La unión que Néstor Kirchner hacía entre Clarín y los cacerolazos tiene en el fondo bastante sentido.

Es posible que esta vertiente republicana inquiete poco al Gobierno. Pero el segundo significado de la movilización lo afecta más profundamente y explica la dureza de su reacción. Desde una perspectiva más propia del Gobierno que de los manifestantes, el jueves 13 el pueblo se reunió en la Plaza de Mayo para ejercer su voluntad. Se trata de la conocida concepción plebiscitaria de la democracia y del pueblo unánime, sobre la que se ha construido una buena parte de la cultura política del siglo XX.

El pueblo soberano de la democracia es una abstracción, que requiere una figuración y una voz. Para algunos, las elecciones y la representación conforman una versión convincente y eficaz de la voluntad popular. Así lo establece la Constitución. Pero desde la Revolución Francesa, el imaginario democrático ha conservado un lugar para la ilusión de un pueblo concreto, integrado por personas de carne y hueso, que expresan tangiblemente al pueblo abstracto. El auténtico pueblo puede materializarse en un conjunto de gente numeroso si está reunido en el lugar y el momento adecuados. Su voluntad, generalmente, se expresa consagrando o legitimando a un líder. Hay mucho de eucarístico en este "liderazgo carismático", definido por Max Weber: el lugar, los fieles, el oficiante y la transubstanciación de la voluntad del pueblo, que pasa íntegra e incondicionada.

El peronismo nació de un acto de ese tipo: una jornada en Plaza de Mayo, en el momento justo, y un balcón que ofició de altar. Desde entonces asumió que su legitimidad se asentaba en el pueblo unánime, el pueblo peronista, que excluía a los "contreras", "oligarcas" y "antipatria". Adecuó un lenguaje conocido, ya usado por Robespierre y otros tantos. El kirchnerismo, que ha cambiado tantas cosas de la tradición peronista, viene acentuando este discurso y esa dimensión litúrgica.

Desde hace treinta años vivimos en democracia, con partidos y libertades políticas. Mucho más que en la primera experiencia peronista. En la actual, todo esto es admisible, excepto que se cuestione la identidad entre el movimiento y el pueblo: no el pueblo constitucional, sino el "nacional y popular". La Plaza, lugar de la consagración ritual, le está reservada; otras presencias, quizá toleradas en otros lugares, allí inspiran asco. Al igual que en 2008, una manifestación con ideas diferentes es definida como "destituyente", no tanto porque sea partícipe de un complot, sino por cuestionar el núcleo de la legitimidad, y debe ser descalificada, más allá de cuáles sean sus opiniones o consignas. Simplemente no son el pueblo, son la antipatria; eso basta para adjudicarles lo peor, por ejemplo, que apoyaron a la dictadura y a Cavallo. Pero además son de clase media, un argumento curioso, más marxista que peronista. Un buen peronista no excluiría a las clases medias del pueblo.

En la vereda de enfrente, todavía no está completamente claro el sentido de la manifestación del jueves 13. Falta definirlo. Las manifestaciones pueden tener un sentido construido a posteriori, quizás algo diferente del atribuido por sus protagonistas. En 1789 una multitud marchó a Versalles para traer a París "al panadero, la panadera y el panaderito", es decir, el rey, la reina y el heredero. Muchos creían que con el retorno del "buen padre" volvería la felicidad. Pero los revolucionarios le dieron otro significado, en la Asamblea, la prensa, los clubes y las barricadas, y lo convirtieron en una victoria del pueblo sobre el rey.

La manifestación del jueves 13 no tuvo un sentido claro. No hubo convocantes institucionales ni consignas unificadas. Seguramente los participantes privilegiaran distintas cuestiones, difíciles de sumar, salvo en el gesto. Un gesto equivalente a la tarjeta amarilla en el fútbol: "¡Atención. La próxima será roja!". Es posible que aluda a una negativa a la reelección.

Hay una base, pero el sentido espera a ser construido. Están la arcilla y el torno del alfarero. Faltan las manos que lo hagan girar y le den forma. No es la tarea de los manifestantes, sino de quienes utilizan la palabra pública y, entre ellos, los políticos. La pelota está ahora en su campo. No por cierto para identificar sus propuestas con "el pueblo". Pero sí para mostrar que, en lugar de un pueblo unánime y un "antipueblo", existen personas pensantes, con ideas diferentes, que deben ser confrontadas.

© LA NACION.

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