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Opinión

Con Don Enrique Larreta, en Venecia

Espectáculos

Por   | LA NACION

Un amigo generoso me regala un ejemplar de La naranja, de Enrique Larreta, editado por Espasa-Calpe Argentina para su Colección Austral, en 1947. Señalándome una página, me dice: "Esto podrías, tal vez, aprovecharlo para tu columna semanal en la nacion". Sigo su consejo y aprovecho el breve texto en el que don Enrique refiere una experiencia teatral en Venecia. La naranja es una recopilación de observaciones, reflexiones, apuntes al paso, recuerdos del escritor que, sobre todo durante su estancia en París como representante de la Argentina, frecuentó a las más eminentes personalidades de la literatura, la política y el arte europeos poco antes de la Primera Guerra Mundial, y también después de ésta. El teatro fue cultivado por el autor de La gloria de don Ramiro con escasa fortuna, salvo, quizá, su Santa María del Buen Ayre, encomendada por la entonces Municipalidad de la Capital como parte de la conmemoración, en 1936, del cuarto centenario de la primera fundación de la ciudad de Buenos Aires por don Pedro de Mendoza.

Vayamos con don Enrique a Venecia. "Yo asistí - escribe - a una representación de El mercader de Venecia en los canales de La Giudecca, al aire libre, en una noche de verano. Era mi tercera visita a Venecia. Nosotros los escritores vemos todas las cosas a través de los libros. Es nuestra superioridad y nuestra inferioridad. En viajes anteriores, yo había sorbido el venenoso filtro en la literatura de Byron, de Barrès, de D'Annunzio. (.) Esta última vez, la ciudad de las lagunas había sido para mí la ciudad de Casanova, la ciudad de los conventos licenciosos, la Venecia de las monjas enamoradas que escapaban, a medianoche, con sayal y antifaz".

"Pero volvamos al drama de Shakespeare. Su representación se efectuaba detrás de Santa María della Salute, aprovechando la autentica decoración de un pequeño canal, un puente blanco y rojo, y las desconchadas casas circunvecinas. Una encantadora plazuela servía de anfiteatro a los escogidos espectadores. En el primer acto, Jessica, la hija de Shylock, asomaba por una ventana frontera, vestida de mancebo, y desde allí hablaba con Antonio, que naturalmente aparecía en una hermosísima barca. El agua no era lienzo pintado sino agua palpitante y verdadera, con movedizos peces de luna. Aquella mezcla de realidad y de fábula, de cosa cotidiana y de cuento visionario, daba en la noche al drama de Shakespeare, todo el poder que le da la más alucinada lectura nocturna."

"Antonio, el protagonista, estaba vestido de terciopelo negro, a la usanza española. Llevaba una toca de lo mismo, envuelta en una redecilla de plata y de perlas. A uno y otro lado de su rostro caían hasta sus hombros finos rizos dorados, dorados como su cadena caballeresca y como la guarnición de su puñal. Yo sentía, en torno mío, un rumor parecido al zumbo de las abejas primaverales. Era el estremecimiento de las mujeres. Una de ellas exclamó: Com´è bello! Al día siguiente almorzaba yo en uno de esos restaurantes minúsculos, y como secretos, que rodean la piazzetta de San Marcos. Hacia el fondo, un parroquiano comía en ese momento una gran porción de tallarines, retorciéndolos en el tenedor, a la manera del país. Era un hombre feo y escuálido, de una palidez enfermiza. Su calvicie, color de hueso amarillo, y su nariz respingada y de grandes agujeros, le daban un aspecto inquietante. «Ese -me dijo el maître- es el que hace de Antonio en El mercader de Venecia.»".

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