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A Japón, de la mano de Lévi-Strauss

Opinión

Por   | Para LA NACION

Las crisis económicas son también crisis de identidad? En cualquiera de las dos, los pilares culturales de un país o región tambalean. Pero es justamente en esos pilares que suele hallarse alguna forma de respuesta.

En La otra cara de la luna -uno de los últimos conjuntos de textos de Claude Lévi-Strauss, recién publicado en la Argentina por Capital Intelectual-, el antropólogo francés apunta al arraigo más firme y recóndito del ser humano: su cultura. Se trata de escritos sobre Japón.

A través de una lectura interpretativa de los modos de relacionarse y de la creación, se describen maneras muy particulares de estar en el mundo, que permiten comprender el empuje vital de una nación. No se trata de una mirada antropológica basada sólo en la inmersión en la cultura ajena. Se trata de textos de viaje, y Lévi-Strauss parte de un recuerdo personal. Confiesa que su padre, que era pintor, había llenado una caja con estampas japonesas y le había regalado una al cumplir cinco años. "Era una plancha de Hiroshige, muy gastada y sin márgenes, que representaba paseantes entre enormes pinos al borde del mar." La ofrenda prosiguió hasta los 18, ya que el pequeño Lévi-Strauss recibía una estampa japonesa por cada logro escolar. "Se puede decir que toda mi infancia y una parte de mi adolescencia, desde el corazón y desde el pensamiento, se desenvolvió tanto, si no más, en Japón que en Francia."

Recién conoció el país al cumplir los 70 años. Su zambullida en la cultura japonesa se vuelve realmente sutil y minuciosa. Comienza con el oído, al diferenciar la escala musical japonesa, "que no se parece a ninguna otra". Y agrega: "La particular oposición cercana entre grandes y pequeños intervalos hace que la escala japonesa se preste admirablemente para traducir los movimientos del espíritu. La melodía, por momentos doliente, por otros dulcemente melancólica, evoca esa sensación de «dolor de las cosas» que constituye una especie de leimotiv de la literatura". Luego de pasar por otros sonidos, colores, sabores y texturas, y deteniéndose en la lengua japonesa, Lévi-Strauss concluye: "La civilización japonesa aparece en su totalidad como una civilización de tonos". Prefiere abordar esta cultura por fuera de las grandes tradiciones, como el zen o la ceremonia del té, deteniéndose más bien en los pasteleros, destiladores de sake, herreros de machete, pintores de kimonos, batidores de oro, cocineros, músicos o pescadores. Pero, sobre todo, en el milenario arte de la alfarería Jomon, surgido hace seis mil años.

Otro tema fundamental es la manera en que se constituyen las tradiciones. El antropólogo advierte que en Japón la historia no está separada de los mitos, como en Occidente. No hay "hechos verificables" de la historia e "invenciones imaginarias" de la mitología. Ambos se presentan indiscernibles. No hace falta inventarle un relato al presente para hacer historia. En Japón, el relato está implícito en los hechos.

© LA NACION.

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