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Cuando el cine tenía la fuerza de darle sentido al mundo

El autor austríaco reflexiona acerca de la experienca reveladora que implicaba ver un film en los años 60, en un artículo de Lento en la sombra (Eterna Cadencia), obra que aparecerá la semana próxima y reúne sus ensayos y textos inspirados por distintas disciplinas artísticas
Peter Handke
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28 de septiembre de 2012  

Un caminante sobre hielo, un conquistador de continentes, un alpinista que, si fuera posible, escalaría no sólo la cima del Himalaya, sino también el doblemente alto Monte Olimpo en Marte; el cineasta Werner Herzog me ha advertido involuntariamente, antes de abocarme a estas pequeñas alusiones sobre el cine: el que filma una película tiene que ser un experto en todo, aunque más no sea en abrir, sin llave, un auto ajeno que molesta en su toma.

No me atrevo a algo semejante, y así es como mi par de palabras no deben provenir de un cineasta, sino de un espectador. Alguna vez, de todas las cosas, más cerca de su corazón estaba para él una cosa, que se llamaba "cine".

Pero ¿no revelo con eso otra cosa, igual de cercana para mí "en aquellos viejos tiempos", la cosa llamada "libro"?

Con los libros era otra cercanía, además de que hablar del cine tal como fue alguna vez ya es hablar de una especie de legado, pues no tiene paralelo actual; contar sobre el cine que alguna vez fue acaso sea dirigirse, frente a los que hoy van al cine, a la posteridad.

Pero nada nostálgico debe meter mano, mi poco contar no debe ser debilitado por la nostalgia que ablanda los huesos. Legar no significa privatizar lo desaparecido, sino más bien transmitir precisamente lo pasado a un público -aun cuando esté compuesto por un único ser-, en la forma de un contorno, un croquis, un modelo, un patrón, un plan, todo esto naturalmente adornado aquí y allí con los medios disponibles.

¿Qué cosa fue el cine para mí alguna vez?

A diferencia nuevamente de los libros, que, en los golpes de suerte, se convertían durante la lectura en cosa posible -la más pura de todas las posibilidades de vida-, el cine se abría una y otra vez al espectador como cosa real, de la más vasta de las realidades, y como la única cosa semejante en aquel entonces, en los años sesenta del siglo XX.

Y todos los cines eran así, no sólo éste o aquél en especial. Cada cine encarnaba un lugar, ¡y qué poderoso!, en medio de la falta de lugares, o del encierro, o la inaccesibilidad, que a uno le saltaba a la cara, al menos en aquel tiempo, desde las calles, los pasajes y los callejones de la iglesia.

"Adentro, en el cine, tomaba aire", así podía aún decir a fines de los sesenta sobre uno de mis héroes, y ése era casi el único instante en el que el ex arquero Josef Bloch no se sentía dividido de la realidad, sino que era uno con ella, o simplemente era con ella.

Y uno eran para mí, también en aquel entonces, el cinematógrafo y la película, cine y cinta. Lo más fenomenal del cine, de los cines, así me parece ahora, era que ahí (y ahí en el cine Auge-Gottes [Ojo de Dios], ahí en el Grenzlandlichtspielen [Cinematógrafos de la Frontera], sin que aquellas locaciones se nos perfilaran, se nos tiraran, se nos jactaran especialmente como "sitios culturales", la cultura tenía lugar, surtía efecto, daba frutos, y no la cultura pura de corazón frío, monopólica, que causa extrañeza, sino siempre y siempre la cultura mezclada, la abierta a todas partes, amiga del hombre, que entibia el corazón.

Ésta floreció, tal vez durante cuatro, cinco pequeñas décadas de nuestro siglo, únicamente en los cinematógrafos, y por eso el cine fue alguna vez algo único, una gloria única (salvo tal vez las veces en que, ya sea al anochecer o como matiné, bloqueaban el escenario las "películas culturales" conforme a la regla, evitadas por no pocos de nuestro gremio de espectadores de cine). ¿Cultura? Sí, el cine, la película eran, al menos para mí, un alimento para el espíritu, por cuanto él, ella, me insuflaban un aliento otro, un segundo, un tercer aliento, uno adicional.

En un cine de lo más normal, todavía no especializado, vi en 1962 o 1963 La notte , La noche , de Michelangelo Antonioni. Después de la película estaba parado en el centro de Graz, en una parada nocturna de tranvía, y experimenté cómo la ciudad de Steiermark se convertía en una metrópoli, monumental y al mismo tiempo vaporosa. Nunca antes la noche se me había aparecido de forma tan real, tan elemental, y yo a mí mismo en ella. En aquel entonces, con La notte experimenté por primera vez, muy por encima de toda la percepción de mí mismo, algo así como una percepción del mundo.

Lo que esa película provocó en mí fue, con las leyes del arte, que al menos en su momento aún no se presentaba (o debía presentarse) como tal en los cines, un despertar, uno fabuloso. No hablo para nada de un despertar espiritual de ningún tipo: despiertos estaban prioritariamente los sentidos.

Qué viento en las sienes -lo contrario del "hueso occipital", como figura en el investigador de huesos Goethe-, y un respirar como a través de ollares. Era como si, por el solo hecho de mirar, me hubiera ganado el mundo (lo que entretanto sólo logro de vez en cuando por medio de un trabajo específico), y el mundo, sin acontecimientos nocturnos especiales, estaba ahora ahí como un acontecimiento; "gran anchura de mundo", según el diagnóstico otra vez del señor Goethe, el que viajaba por el mundo solo y en la habitación hogareña, observando láminas ilustradas.

En la oscura calle de la periferia, donde por mi parte caminé a una habitación hogareña, asombrándome-demorándome, me rozó en el horizonte la inmensa luna llena, amarilla, sobre la llanura Padana.

Lo mismo tuvo lugar, tal vez un año más tarde, después de El hombre que mató a Liberty Valance , de John Ford, en el cine de suburbio de Graz-Puntigam, ya desaparecido hace mucho, que en mi recuerdo se llamaba Bräuchauslichtspiele [Cinematógrafos Cervecería]. Al western le faltaban grandes pedazos: la aclaración de que no es James Stewart, el abogado con delantal de cocina, sino en verdad John Wayne quien mata al bandido Liberty/Lee Marvin sólo la entendí al ver de nuevo la película.

Y sin embargo, alcanzaron los fragmentos discontinuos y los árboles susurraban en la noche delante del cine -probablemente castaños de cervecería- como nunca me habían susurrado los árboles desde la niñez. ¿Qué clase de susurro? Sólo así, los árboles susurraban sólo así. En aquel entonces no me demoré en mi camino de regreso, sino que fui a toda prisa por las calles periféricas entre Puntigam y St. Peter "sólo así", aunque más no fuera sobre la bicicleta.

Y ahora tengo una palabra más para el mundo realmente encantado por otra película: "apetitoso". Sí, después de T he Man Who Shot Liberty Valance se me abrió el apetito por el mundo: el viento, el asfalto, las estaciones del año, las estaciones de tren, y no sólo debido a las comidas apetitosas que sirve el ayudante de camarero James Stewart.

De muchas otras películas podría seguir contando lo mismo, de Irreconciliables y La muerte de Empédocles de Straub, Accatone y Mamma Roma de Pasolini, pero permaneceremos aquí en el terreno de las alusiones.

Y una alusión más: que el cine fue en algún momento un todo y así también era percibido, un drama psicológico igual a un western igual a un policial francés igual a una comedia igual a una vieja película de horror inglesa, y que entretanto, en vez de espectadores hay más y más sectarios: "¡no a Hollywood!", "¡no a Europa!", "Godard, el único!", "¡Greenaway sí, Wenders no!" (o al revés), "Bresson y Straub, los últimos!", "¡Kubelka, el único realmente vanguardista!".

En el cine de aquel entonces, tanto La notte como con John Wayne, con Pierrot le fou igual que con el monstruo Frankenstein, sabía yo quiénes eran mi gente. Ahora ya no lo sé más. Sigo yendo al cine de forma regular o más bien me pierdo regularmente en su dirección. Y tal vez sea un engaño, cuando en casi todas las películas aquel alimento del alma de aquel entonces se me antoja podrido hasta convertirse en una bazofia del alma [Seelenfrass], en el doble sentido de comida mala y de polilla que te carcome [Wurmfrass].

El crítico que hace poco escribió que el público actual se levantaría "en masa", como se dice, de películas de, por ejemplo, Antonioni probablemente tenga razón. En mi caso, vuelvo una y otra vez a no poder entender, cada vez que busqué la lejanía, huyendo del cine -triste paradoja- en el caso de una bazofia, que nunca se haya marchado conmigo ninguna masa de gente; en no pocas ocasiones me di vuelta hacia los otros espectadores en la sala mientras salía, buscando en vano seguidores, por muy pocos que fueran, mirada que luego quería ser de castigo, pero hete aquí que cientos de miradas, de un castigo muy diferente, ya se habían anticipado hacía mucho a la del fugitivo. Pero volvamos, en una palabra, a eso que el cine fue para mí alguna vez: qué grandiosos regresos al hogar experimenté después de esta o de aquella película, qué maravillosos regresos al hogar. Nada en el mundo me proporcionó regresos al hogar como después del cine, después de Tokyo monogatari , de Ozu, después de Andrei Rublev de Tarkovski, después de Mouchette de Bresson, después de Nazarín de Buñuel.

Regresos al hogar, donde el hogar era marcharse, regresos sin rumbo, que seguían más y más. Salmo, pues, del espectador a los dioses del cine: "¡Más películas para que haya más regresos al hogar!".

Traducción: Ariel Magnus

Lento en la sombra

Peter Handke

Eterna Cadencia

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