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¿Está cambiando el libro electrónico la manera en que se escribe la literatura?

Opinión

Empecemos por un lugar cualquiera, es decir, empecemos hablando de televisión. Dejemos de lado los contenidos insalvables (es decir, bueno, casi todo) y tomemos, por ejemplo, los ciclos que conducen dos líderes de opinión de universos que no se tocan: Periodismo para todos, de Jorge Lanata y por Canal 13, y Escenas de la novela argentina, de Ricardo Piglia y por Canal 7. Lanata, cuya figura alcanzó ya la cima de popularidad de una estrella de rock sin banda, lleva adelante un programa cada vez más parecido a los que supo producir en la década del 90: un ciclo que descansa en el carisma de su personalidad, que sabe bien a qué espectador se dirige, que transmite un discurso compuesto por monólogos editorializantes, denuncia política y sketchs humorísticos que apelan al sentido común y la indignación del televidente. Un programa efectivo como una trompada en la oscuridad, pero con niveles de riesgo estético y de profundidad reflexiva relativamente bajos.

Del otro lado, por la fría pantalla del canal del Estado, y sin resignar un ápice su figura y su caracter de profesor universitario, Piglia acaba de terminar cuatro envíos de una emisión extraordinaria: una hora hablando y gesticulando frente a una tribuna de jóvenes acerca de literatura y política, de literatura y sociedad, de literatura y tecnología, todo mediante un discurso vacilante y pausado, al borde de la improvisación, dirigido a un potencial público amplio (al fin y al cabo Canal 7 se transmite a todo el país) pero que no hace el mínimo esfuerzo, y de allí su apuesta abismal, por renunciar al lenguaje erudito y a la reflexión teórica compleja. Un programa antitelevisivo y, por eso mismo, fascinante .

En los dos últimos capítulos de su programa, Piglia reflexionó sobre el avance de las tecnologías sobre el arte de narrar, sobre las maneras de escribir literatura y de representar el mundo y su imaginación. Mencionó la aparición del gramófono y su evolución hacia el grabador, y el efecto que estos inventos tuvieron a la hora de reproducir el lenguaje oral y los testimonios. Más tarde recordó la aparición de la radio y los radioteatros, y cómo éstas transmisiones captaron un público de masas que antes era devoto de las novelas por entregas. Luego fue el momento del cine, que se suponía que iba a suplantar a la radio, y después llegó la televisión, que se temía que fuera a acabar con el cine.

Piglia fue siguiendo el surgimiento de cada nueva tecnología y cómo las artes vinculadas a la inmediatamente anterior se liberaban de la necesidad de pensar en dirigirse un público masivo y ganaban, así, libertad formal (el nacimiento de la literatura experimental, del cine de autor, y hoy mismo de las series de ficción televisivas). Hasta llegar a la última gran revolución tecnológica: Internet. Ahí fue cuando Piglia arriesgó, con cautela, que si bien se puede advertir cómo la web influye en las formas de circulación de la literatura, era muy pronto para estimar los efectos que podría producir sobre la escritura.

Algo por el estilo se está debatiendo en diversos sitios de Internet desde el 6 de septiembre, cuando Amazon lanzó algo llamado Kindle Serials , un servicio opcional y de pago para todos los propietarios de un reader marca Kindle. ¿De qué se trata? Ni más ni menos que del regreso de la literatura seriada o por entregas: del folletín. Por un monto determinado, cada usuario podrá recibir en su dispositivo un nuevo capítulo de la novela que haya decidido comprar y leer, al mismo tiempo en que cada fragmento de esa obra de ficción se vaya escribiendo. Una suerte de acceso privilegiado e inmediato a un work in progress, a una novela que se escribe casi en tiempo real. Lo que dio pie a una larga serie de especulaciones acerca del impacto de este nuevo sistema de comercialización de contenidos sobre la literatura. Ya no cómo se modificará la manera de leer , la forma en que se incorpora información textual , sino si algo de esto afectará la forma en que se escribe y el trabajo de los autores .

La idea, como se dijo, es de todo menos novedosa. Se trata de un paso más en el intento de reconfigurar el sistema de distribución de textos escritos para acercarse a un nuevo tipo de lector, que no necesariamente compra libros en papel ni en su librería favorita. Pero siguen siendo cambios que la industria editorial o de contenidos (el mercado) impone o intenta imponer sobre la venta de libros y, en menor medida, el oficio de escribir. La pregunta que intentaba pensar Piglia es más compleja y la respuesta, al parecer, no existe todavía: ¿cómo serán las ficciones del futuro? ¿Cuál será su novedad más radical?.

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