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Mesa para dos

Bárbara Diez: "Ahora, los más exigentes son los metronovios"

Sábado
 
 

Cada viernes o sábado a la noche, mientras miles de porteños se preparan para salir, Bárbara Diez (46) se alista para trabajar. En las siguientes horas, de ella dependerá, en gran medida, que una pareja pase la mejor noche de su vida, o, al menos, que la nueva etapa que emprende comience sin contratiempos. No estará sola para ello, sino frente a un equipo de 14 mujeres. Y aunque admite que su propia vida social se ve afectada por su rutina de trabajo, su marido -el jefe de gabinete porteño, Horacio Rodríguez Larreta- la acompaña casi siempre. Así será esta noche, por ejemplo, aunque lo de hoy es lógico: se casará su cuñado, Augusto, con la ex modelo Julieta Spina, y ella estará a cargo de todo. Bárbara Diez es organizadora profesional de eventos y, aunque hoy la mayoría de los festejos que planifica son cumpleaños de 15 -"volvieron a estar de moda", dice- su mejor carta de presentación es ese título que se ganó de la manera más legítima, a través del boca a boca: el de mejor wedding planner del país.

-¿Cómo te convertiste en organizadora de casamientos?

-Yo soy traductora técnico-científica. Quería ser intérprete simultánea. Incluso hice la carrera y hasta viajé a Georgetown porque el examen para entrar era presencial. Pero cuando volví recibí una carta en la que me decían que había aprobado, pero me sugerían, por mi disfonía crónica, dedicarme a otra cosa. Fue un golpe. Yo tenía 21, 22 años y ese era mi sueño. Hoy agradezco lo que me pasó. Varios años después, cuando decidí casarme con Horacio, empezó a tomar color esta profesión. A él lo conocí por la traducción de un libro que me encargó y nos enamoramos.

-¿Cómo fue tu casamiento?

-Yo trabajaba en una puntocom , tenía una hija, Manuela, que ahora tiene 16 años [ su otra hija, Paloma, tiene 10 ], y no teníamos mucha plata para gastar. Preferimos comprarnos un departamento que gastar demasiado en la fiesta. Así que elegí hacer un té, en una estancia preciosa, pero decidí que sería perfecto.

-Eso era casi revolucionario para la época.

-Los casamientos entonces eran muy tradicionales, las mesas redondas, el típico lomo con papitas noisette... Nosotros decidimos hacer algo que marcara que nos habíamos elegido para toda la vida. Le puse mucha garra. Al poco tiempo la gente me llamaba para preguntarme quién lo había organizado. Después de tres o cuatro llamadas empecé a pensar en esta profesión y me puse a investigar. Me di cuenta de que en Estados Unidos y en Europa era una profesión, no un hobby, entonces me puse en contacto con la Association of Bridal Consultants. Me enteré que acá no había nadie que perteneciera a ella, e hice un curso a distancia. Acá no existía nada similar. Hoy, gracias a la prensa que ha tenido esta actividad, hay un montón de lugares donde formarse, pero entonces nada.

-¿Y qué estudiaste?

-Estudié protocolo y ceremonial, principalmente. Todo estaba muy orientado, digamos, al mundo nórdico, así que luego fui adoptando lo que había aprendido a nuestros gustos.

-En concreto, ¿de qué se ocupa un wedding planner ?

-Nos ocupamos de todo lo que tiene que ver con el evento, desde que el cliente nos contrata hasta que se va el último invitado. La elección del lugar y de los proveedores, de negociar entre ellos para que, por ejemplo, la pantalla no tape algo, del sonido, de la iluminación, de qué se necesita, desde la carga eléctrica hasta el detalle de tener una Carilina a mano si a la novia se le cae una lágrima. Además, asesoramos sobre la ceremonia, la vestimenta. No garantizamos la fiesta perfecta, pero minimizamos los riesgos.

-¿Cómo eran los casamientos antes de los wedding planners ?

-Eran casamientos tradicionales, atados a tradiciones que no sabíamos de dónde venían. No te cuestionabas nada. Todas las bodas eran parecidas, comprabas un combo.

-¿Cómo trabajan?

-Tenemos una reunión de una hora y media con los clientes, donde se hacen muchas preguntas. Tenés que tener mucha empatía y escuchar sobre todo eso que no dicen. Porque a veces pasa que vienen y te dicen "yo no quiero algo ostentoso", pero después no es tan así. Uno piensa que es un trabajo lleno de glamour, pero es difícil. Yo entiendo a una novia nerviosa, conozco los ciclos de una novia: que ama el vestido, que lo odia...

-¿Participan sólo los novios o suegros y suegras también?

Depende, es muy divertida esa parte. Yo quiero que estén presentes las personas que toman decisiones. Porque, sino, acordás una cosa y después, porque la suegra hizo un llamadito, quieren cambiar tal o cual cosa... Uno hace mucho de psicólogo. Hoy, además, hay hasta cuatro billeteras que pagan una fiesta. Ya no es sólo el padre de la novia. Además, las parejas se casan más grandes y ellos mismos aportan.

-¿El novio se mete en la planificación o eso se lo deja a las mujeres?

-Depende, en general el novio se mete en la música y en la barra de tragos. El padre, en la bebida, en qué se va a tomar, qué vino y demás... Y la novia, en todos los detalles. Pero ahora tenemos el fenómeno de los metronovios, que son muy parecidos a las novias y son los más exigentes. Por ejemplo, el metronovio se fija mucho en los colores, te discute detalles, todo. Hasta opina sobre el género del vestido de la novia. Generalmente los metronovios son arquitectos, publicistas, diseñadores...

-¿Y la novia qué pide?

-Hoy es mucho más relajado. La novia es más jugada, se anima a que la boda hable más de ella. Me pasó que una novia quería una ecoboda, en un salón sustentable. Antes eso no existía. El vals se mantiene, pero hasta ahí. Primera canción le dicen ahora. Hoy se cuestiona todo. Hasta la torta se cuestiona. Hay parejas que no quieren torta. En el caso de las fiestas de 15, que volvieron a estar de moda, las chicas saben perfectamente qué es lo último y lo piden. Las chicas son muy exigentes también.

-¿Por qué se gasta tanto dinero en una fiesta? ¿Es culpa de los wedding planners ?

-Hoy se ha profesionalizado todo. antes se ocupaba de todo el DJ o el maître del salón. Y la gente tiene más ganas de celebrar.

-¿A qué cosas le decís definitivamente que no?

-Soy enemiga de la sucesión de shows, de que las fiestas sean una catarata de estímulos. No me gustan las recepciones de una hora y media. No me gusta el cotillón. Me gusta que la novia esté natural, que sea ella, y que haya emoción de verdad.

-¿Carnaval carioca?

-¡No! Un NO grande como una casa.

UN CLÁSICO QUE NUNCA FALTA

Como organizadora de fiestas, Bárbara Diez está acostumbrada a tomar decisiones y la elección del vino es una de las más naturales. La relación calidad-precio es un concepto que tiene muy en claro. A la hora de recomendar un vino para compartir la charla con LA NACION, no dudó y optó por un clásico: Escorihuela Gascón Malbec 2011, una etiqueta que, asegura, siempre tiene en su casa..

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