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Pensamientos Incorrectos

Breve historia de Tito y de Titito

Opinión

Iniciaré esta confesión hablando sobre mi relación con los animales.

En principio, los animales me gustan más que las personas. He tenido perro desde que nací. Mi vida ha sido acompañada por docenas de perros, chicos y grandes, machos y hembras, lindos y feos. Todos fueron fieles compañeros, y estoy en deuda con ellos. A mi modo de ver, el perro tiene las mejores virtudes del hombre y ninguno de sus defectos, como la traición, la mentira, la deslealtad, la infidelidad, etcétera.

También he tenido gatos, y muy queridos, aunque los percibo más distantes y fríos.

Por lo demás, todos los animales son bellos y -sobre todo- auténticos en su presente infinito. Alguno dirá: "Si este tipo quiere más a los bichos que a las personas, es su problema...¡Allá él, con las personas que habrá contactado en su existencia!".

A mi modo de ver, el perro tiene las mejores virtudes del hombre y ninguno de sus defectos

Está bien. Acepto la respuesta. Más aún: no sé montar a caballo, ignoro el arte de destripar a un lechón o desnucar a un conejo. No soy hombre de campo. Ni siquiera me atrevería a retorcer el pescuezo de un pavo o una gallina.

Vivo en el mundo urbano, y mi referencia con el reino animal está limitada a los perros y otros bichos domésticos.

Pero soy periodista. Y en este oficio uno conoce a mucha gente. Por ejemplo, trabé relación con un criador de canarios llamado Gastón. Seguramente, los reportajes le facilitaron algunas operaciones ventajosas. O tal vez le caí simpático.

El hecho es que una tarde, en la vereda de la calle Humboldt, el bueno de Gastón se me presentó con una jaulita.

- ¡Hola, Rolando! Aquí te traigo un pajarito cantor. Es un regalo. Incluso te agrego algunas bolsas de alpiste y un manual de instrucciones para mantenerlo saludable.

- ¡Gracias, Gastón! Te lo agradezco mucho, pero con toda sinceridad: yo adoro ver a los pájaros en libertad. Los benteveos, los chingolos, los zorzales, la palomita yerutí, los colibríes. Pero no me gusta la imagen de un pájaro enjaulado. Perdón, no quiero ofenderte...

- ¡Pero no digas eso, Rolando! Fijate que estos pajaritos son jauleros. Es decir, han nacido en cautiverio. Son hijos y nietos de pájaros jauleros. Si vos le abrís la puerta de la jaula y los dejás volar, apenas dan una voltereta. Vuelan bajito. Y los agarra el primer gato del vecino. Estos pájaros han estado junto al ser humano desde hace milenios. No quieren ser libres. Sólo quieren cantar.

Con estos y otros argumentos, Gastón me convenció de recibir a aquel pajarito cantor, una semana, a prueba.

Lo bauticé Tito. Mi mujer, harta de perros y gatos, aceptó esta novedad.

Resulta que Tito era un "mulito". Es decir, una cruza de canario y cabecita negra, que por ser interespecífica como la mula o el mulo, resulta genéticamente estéril. Entonces, toda la energía que el pájaro demuestra a la hora de marcar territorio (generalmente cantan los machos) en su mundo jaulero, se vuelca exclusivamente en el canto, que es la segunda naturaleza del pájaro.

Los "mulitos" empiezan a cantar con el primer esbozo del amanecer. Y luego entonan grandes trinos, píos y melodías, cuando la luz del mediodía se hace más intensa. Al caer la tarde, esponjan el plumaje, meten la cabeza adentro y duermen. Es tan noble y sencilla su existencia, que nos hace llorar. Sólo se precisa que les cambiemos el agua, les ofrezcamos alpiste fresco y, de vez en cuando, un pedacito de manzana. Ni siquiera es necesario que les hablemos o acariciemos o miremos.

Despertarse por la mañana y oír el canto de un pájaro, es incomparable

Despertarse por la mañana y oír el canto de un pájaro, es incomparable. El hombre se siente acompañado, y la naturaleza en su forma más bonita (el pájaro, la flor, el árbol, el monte) lo devuelve a su condición originaria.

La compañía de Tito fue maravillosa. Mi mujer y yo, al levantarnos temprano, escuchábamos sus trinos y escalas, de modo que el día por venir se nos hacía más llevadero. La vida cambia, con un pajarito en casa.

Sucedió que nos tocaba viajar (quince días a España, como todos los años) y debíamos dejar solo a Tito.

Consultamos a Gastón.

- ¡No pasa nada! Basta con que una vecina, o una mucama por horas, le cambie el agua y el alpiste, día por medio. Tito va a cantar, de todos modos, mientras salga el sol.

Nos fuimos tranquilamente. Al regresar, después de dos semanas, temíamos que el pobre Tito hubiera sufrido la soledad. Pero no fue así.

Sin embargo, algo se había quebrado. Nosotros extrañamos mucho a Tito, y tal vez él también. ¡Sólo vivía para cantarnos!

A la segunda mañana, me levanté un poco más temprano y me asomé al cuarto de Tito, donde entraba el sol por aquellas grandes ventanas, que eran su alegría. El pájaro estaba caído en el fondo de la jaula, pico arriba, con las patitas encogidas. Imaginé que, en algún momento de la noche, Tito había caído muerto de espaldas, con su ligero cuerpo de plumitas. Y me partió el alma.

Me asomé, pues, al dormitorio nuestro, y le dije a mi mujer:

- Se murió Tito.

Ella se tapó la boca con la palma de la mano y cortó el teléfono. Estaba pálida. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

Al rato, estábamos los dos frente a la jaula de Tito.

- ¿Qué hacemos?- dijo ella.

- Bueno, hay que enterrarlo. No te preocupes, yo lo agarro con la mano, lo envolvemos en un pañuelo y lo sepultamos en los macetones del balcón.

- Bueno.

Así lo hicimos.

Al rato, se encontraba Tito, patitas arriba, en la tierra de un macetón, donde recibiría cristiana sepultura.

Yo me alejé un instante para buscar una palita jardinera.

De pronto, escuché la voz de mi hija Salomé.

- ¡Papá, mamá, vengan! El balcón está lleno de loros...

Así era. Tito, yacente en el macetón. Sobre las barandas del balcón, siete u ocho loros. No estoy hablando de cotorras, de aquellas que se ven en las plazas (dorso verde, vientre gris) sino de los grandes loros barranqueros con una pinta azul en la cabeza, pinceladas de amarillo y rojo, y sobre todo, esas voces gruesas y dominantes.

Tito había caído muerto de espaldas, con su ligero cuerpo de plumitas. Y me partió el alma

Los loros formaban una guardia de honor para custodiar el sepelio de Tito. Se quedaron allí por cuarenta minutos, y nunca volvimos a ver loros en nuestro balcón de Palermo, aunque -todo tiene una explicación razonable- estas aves suelen venir del Delta o de la Reserva Ecológica Sur.

Cuando se fueron los loros, enterramos a Tito.

Mi mujer lloró un poco y se quedó muy seria. No sólo porque amaba el canto de Tito (así como la agobian los perros, los gatos y los animales en general) sino porque la muerte de un ser animado golpea duramente a la mujer de la casa. Ella es la mamá, la custodia del alimento, la subsistencia y el bienestar de todos los bichos que habitan en ese ambiente. Una muerte la impacta fuertemente y apela a su responsabilidad.

Hay cosas que la mujer siente y el hombre no.

Al tercer día, nos sacudimos el duelo de Tito y compramos otro "mulito". Este se llama Titito y es un campeón del canto. Apenas entra un rayo de sol, inicia su concierto de trinos, notas y melodías.

Hemos aprendido a cuidar muchísimo del agua, el alpiste, los trocitos de manzana. A veces lo saludamos con silbidos, o breves notas agudas, y él nos responde.

Ya nunca volveremos a vivir sin un pajarito cantor, si es posible un "mulito" o un canario de raza. Son cosas que se aprenden..

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