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Cuando hacer historia es hacer política con rigor científico

Opinión
 
 

Al menos hasta hace algunos años, los estudiantes de historia teníamos una especie de santoral de la bibliografía de nuestra disciplina. Los once titulares podrían haber formado así: Herodoto, Tito Livio, Rostovzeff, Drioton, Vandier, Vernant, Hauser, Colingwood, Carr, Bloch y Febvre. Cada uno de ellos abarcaba diversas áreas de estudio, a veces sociedades, dinastías y civilizaciones enteras. Pero dentro de la historia moderna y contemporánea, había un solo nombre que causaba una reverencia unánime, y era el de Eric Hobsbawm, el teórico marxista de origen judío que murió este lunes en Londres, a los 95 años.

Hobsbawm, nacido en Egipto en 1917, se había mudado con sus padres a Viena cuando tenía apenas dos años y poco después quedó huérfano. Más tarde fue llevado a Berlín a vivir con su tío, quien en 1933 se estableció con él en Londres. Con este último viaje el joven Eric no sólo esquivó el horror nazi sino que pudo estudiar en el prestigioso King's College de Cambridge, donde finalmente obtendría un doctorado. De su biografía se ha dicho y escrito todo lo posible por estos días: no hay más que leer el obituario que le dedicó The Guardian (o la entrevista que el mismo medio publicó hace un año, sobre la edición de su último libro, Cómo cambiar el mundo) , o las despedidas de dos diarios ideológicamente antagónicos como El País y el ABC, de España.

Hobsbawm, convencido marxista (se había afiliado al Partido Comunista cuando tenía catorce años y perteneció a él hasta 1989), se interesaba por todas las áreas del conocimiento humano y había sido niño en la Viena de Freud, estudiante en los últimos días de Weimar, comunista en tiempos de Kruschev, crítico de jazz en los 50 y profesor en California en los "dorados 60". A él (y a su clásico Historia del siglo XX) le debemos la periodización, aceptada por casi todos, que establece que aquel "siglo corto" comenzó en 1914 con la Primera Guerra Mundial, y se cerró en 1989 con la caída del Muro de Berlín.

Fue a la Historia lo que quizá Einstein o Hawking fueron para la física: inteligencias superiores y al mismo tiempo personajes profundamente humanos

Hobsbawm fue a la Historia lo que quizá Einstein o Hawking fueron para la física: inteligencias superiores y al mismo tiempo personajes profundamente humanos, enraizados en su tiempo, atados indefectiblemente al siglo XX. Como Freud (esa bisagra intelectual entre dos siglos), no dudó en demostrar que era posible manifestar una voluntad totalizadora -su trilogía La era de la revolución (1789-1848), La era del capitalismo (1848-1875) y La era del imperio (1875-1914) es su obra más famosa- en una época de especializaciones, y al mismo tiempo hacerlo con un talento narrativo fuera de serie, digno de un novelista moderno. No por casualidad se dice que les dejó a sus nietos una última recomendación: las lecturas de Crimen y castigo, la poesía de W. H. Auden y el Manifiesto comunista. A pesar de su íntima vinculación al siglo en que vivió, Hobsbawm estaba haciendo sus esfuerzos para pensar el actual, cuyos ejes centrales tematizó en su anteúltimo libro publicado: "La cuestión de la guerra y la paz en el siglo XXI, el pasado y el futuro de los imperios del mundo, la naturaleza, el cambiante contexto del nacionalismo, las perspectivas de la democracia liberal y la cuestión de la violencia y el terrorismo políticos".

Inteligencia, método y experiencia: de esta manera hacía que se viera sencillo lo que eran procesos muy complejos, sin caer nunca en los facilismos de la divulgación. Libros como los que tan frecuentemente se suelen ver en la listas de best sellers locales (sobre mitos, chismes o sencillas hagiografías) eran impensables para él. Los historiadores, escribió, están para "recordar lo que otros han olvidado o desean olvidar, tomar distancia de la crónica de lo contemporáneo, y encuadrarla en un contexto más amplio y de mayor perspectiva". Y todo eso lo hizo sin dejar de ser, a la vez que uno de los mayores historiadores del siglo XX, un hombre político: como ejemplo está su estrecha colaboración, durante los años 80, con el Partido Laborista británico.

Inteligencia, método y experiencia: de esta manera hacía que se viera sencillo lo que eran procesos muy complejos, sin caer nunca en los facilismos de la divulgación

No habrá que lamentar demasiado la noticia de su muerte porque su trabajo estaba hecho, y sus libros son conocidos y leídos en todo el mundo. Lo que sí podría desearse es que su rigor metodológico sirva de mayor inspiración a las diversas camadas de historiadores argentinos y, por qué no, a una buena parte del periodismo actual (Hobsbawm era un gran lector de periódicos, y murió rodeado de pilas de ellos), que mientras cree estar escribiendo la verdadera historia apenas garrapatea el borrador de un relato que tiene la cara de la voluntad del poder de turno..

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