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Un delivery de danza

En el marco del festival porteño, la bailarina y coreógrafa brasileña Claudia Müller presentó Danza contemporánea a domicilio

Domingo 07 de octubre de 2012
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LA NACION
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A la hora pactada llega ella a la puerta del diario. Es la bailarina y coreógrafa brasileña Claudia Müller. Es la creadora de la performance Danza c ontemporánea a domicilio, que se presenta en el marco del Festival Buenos Aires Danza, que organiza Cultura de la Ciudad. El mismo trabajoque, a una determinada hora, el interesado llama a un teléfono (así fue la premisa que estableció el festival que termina mañana) y pide este delivery de arte. En este caso: sección Espectáculos de LA NACION.

Esa misma tarde, Claudia viene de hacer entregas en casas particulares, en un bar, en un colegio, en un pasillo de un PH y en una repartición pública. Llega, se presenta y baila durante 5 minutos mientras dice un texto. El texto es una reflexión sobre el lugar del artista como trabajador. Con esos mínimos elementos se las ingenia para irrumpir el cotidiano instalando un extraño fluir. Desde cierta perspectiva, Danza c ontemporánea a domicilio es un balsámico recreo en medio de trajín de lo diario (en este caso, en un diario).

Para ella, más que un trabajo coreográfico, este entrelazado es como la coreografía de las relaciones que se ponen en movimiento desde el momento en el que alguien llama para pedir este servicio gratuito. El último eco es más complejo de definir porque habría que indagar en las imágenes internas, en los charlas, en la cena de esta noche.

Danza c ontemporánea a domicilio es una red efímera, nómade, singular y personal muy por fuera del esquematismo formal y económico de la sociedad del espectáculo. El trabajo nació en 2004. Debieron pasar dos años para que el mundo de los festivales, y todo su mercadeo, comenzara a "comprar" su delivery. Hasta ese momento sus auspiciantes fueron sus amigos, o aquella señora que le dio un abrazo o aquel que le llevó un bolso. En este caso, llega con una asistente del festival y con un grandote de seguridad. Es la primera vez que le sucede esto de venir con un patovica propio. En cierta forma, no da crédito.

El carácter íntimo del trabajo atraviesa zonas sensibles de lo sociedad. Ejemplo: el tema de la seguridad. De hecho, hace un tiempo fue a hacer un delivery a un barrio de clase alta de San Pablo (en donde nació, en 1970). Iba a bailar para una señora. La misma señora que le dijo, respetuosamente, que no podía abrirle la puerta de su casa a un desconocida. Claudia le propuso hacerlo en la vereda. Así fue. La mujer observó la situación detrás de las rejas durante cinco minutos. En silencio. Cuando terminó salió a abrazarla. Y lloró. Quizá, cabe pensar, haya llorado por haberse sentido tan presa durante esos largos cinco minutos en que observaba la acción detrás de las rejas de su casona.

Ella va a todos los lugares que la llamen no importa el barrio que sea. Cuando llega no modifica el espacio. Siempre va con su atuendo de chica delivery ("no lo puedo hacer sin él", dice). Así como entra, se va. Hubo excepciones: "En Marruecos, luego tenía que tomar y comer algo con ellos porque, de otra forma, lo hubieran tomado como una falta de respeto". Desde hace doce años tiene su compañía. Desde hace doce años no presenta ningún espectáculo en sitios tradicionales poniendo en crisis a la misma arquitectura teatral. Su trabajo está inspirado en propuestas performáticas del mundo de las artes visuales.

De hecho, hay un video que da cuenta de esta propuesta. Se llama Fuera de campo (está en su página oficial, vale la pena no perdérselo). En los seis minutos que dura nunca aparece ella bailando. La cámara se detiene en los ojos, en las miradas, en los gestos de asombro de los eventuales espectadores que, en general, no tienen contacto con expresiones artísticas de este tipo (de hecho, con este tipo de propuestas ella, decididamente, quiere llegar a ellos).

También se cuelan testimonios, los ecos de sus gestos. Por ejemplo, una señora grande detiene su trabajo frente a la máquina de coser. Seguramente, vive en un barrio humilde. Llegado el momento, la observa con atención. Cuando termina el delivery , la abraza. Es de esos abrazos fuertes, cargados. Luego, dice: "Esta chica es simplemente un artista. No una máquina, no algo anónimo". Otro señor, en otra situación, dice: "La poesía está entre el movimiento y la palabra".

Una vez, Claudia terminó en un hospital. Una señora había sido operada la mañana anterior. Estaba en terapia intensiva. Su hijo la había llamado porque sabía de la sensibilidad de su madre hacia este tipo de expresiones. Claudia entró a la habitación sola, le habían puesto barbijo, le habían cubierto sus zapatos, le habían puesto algo que cubría su cabello. Se acercó a la mujer y, casi al oído, le contó de qué se trataba su delivery . La mujer la tomó de la mano, fuerte. Nunca se la soltó. "Tuve que bailar así...", recuerda. A los cinco minutos terminó. La mujer no estaba en condiciones de hablar. Su regalo fueron, apenas, dos lágrimas.

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