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Opinión

El lejano ideal de ser un país normal

Enfoques

Por   | Para LA NACION

El miércoles pasado no pude despegarme, en todo el día, de las noticias.

La protesta de los gendarmes y prefectos, a la que, en una sucesión inquietante, se le iban sumando otras fuerzas, casi me provocó un ataque de pánico. Nunca dudé de que se tratara de un reclamo salarial, pero la postal de los uniformes en la calle me evocó los peores fantasmas, siempre latentes en el inconsciente colectivo.

Las redes sociales también se habían inundado de ansiedad. #CuidemosLaDemocracia y #Golpe de Estado se convirtieron rápidamente en los hashtags del momento. Un tuitero lo resumió en tono tragicómico: "Si el sentido común se va, ¿el golpe de Estado vuelve?".

En la Argentina, nada es light .

Tanta es la memoria del caos que tenemos acumulada que, tal como le sucedía al perro hambriento de Pavlov, basta cualquier escena violenta (sobre todo, si se trata de uniformados) para activarla. Como dicen los politólogos que la investigan: se trata de una memoria que está a flor de piel y basta raspar un poco el cuerpo social para que aparezca allí, al acecho. Intacta y lista para disparase hacia quién sabe dónde.

Por eso es tan peligroso el coqueteo de andar encendiendo mechas.

El día anterior al reclamo de los gendarmes -el martes 2- todavía estábamos con las escenas del exabrupto presidencial sobre La Matanza y las denuncias a la Presidenta ante el Inadi. Escándalo aquí y repercusiones en el mundo.

¿Y se acuerdan de que hace apenas una semana tratábamos de dilucidar qué querían decir los caceroleros autoconvocados? Ahora pareciera que lo de las cacerolas fue hace un siglo.

Diluido el fantasma del golpe, agitado desde el propio Gobierno, otros dos mazazos certeros: la inquietante (es la palabra) desaparición de Alfonso Severo, el testigo clave en la causa por el asesinato de Mariano Ferreyra y el escándalo del desplazamiento del radical Leandro Despouy de la presidencia de la Auditoría General de la Nación (AGN).

De un banquinazo a otro. Adrenalina pura. Una montaña rusa. No terminamos de procesar un escándalo cuando ya tenemos otro encima, y otro más. Y gravísimos todos. Los temas periodísticos envejecen a un ritmo tal que no hay siquiera tiempo de pensarlos un poco porque, al otro día, ya apareció uno nuevo para desplazar a los del día anterior.

El derecho a tener un poco de sosiego para planificar la vida también debería ser para todos y todas. Y no estoy hablando de mucho tiempo; digamos, de una semana de paz. Una sola semana sin que la Presidenta o su entorno salgan a acusar a alguien de un hecho gravísimo; sin amenazas de complot, de caos; sin que nadie agite el terror del pasado.

Nadie habla de la paz de los cementerios, como señalaba Néstor. Es cierto que la democracia supone lidiar con los conflictos sociales, pero en la Argentina parece que es lo único que hay.

Mi temor es que tanto drama nos haya vuelto adictos a la tragedia política. Y entonces, ¿cómo, cuándo y dónde encontraremos el tratamiento colectivo para retornar a esa lejana utopía de ser algún día un país normal?.

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