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Tiempos de protesta, ¿un nuevo clima político?

Enfoques

De la mano del cacerolazo primero, y del reclamo de los uniformados, ahora, un sorpresivo malhumor social irrumpió en las calles, donde parece disputarse la iniciativa política, que ya no es propiedad exclusiva del Gobierno

Por   | Para LA NACION

Certeza de la psicología social: el miedo es contagioso. Como la mansedumbre. Y si perder el miedo es animarse, el contagio vuelve a hacer lo suyo. Animarse, según el diccionario, es "reunir el valor y la energía necesarios para hacer o decir una cosa". ¿Suena actual?

Por algún motivo, en las últimas semanas más personas que antes, y más sectores que los habituales, se animaron a salir a la calle para protestar contra el Gobierno. Ocasión en la que los kirchneristas viscerales abonados a la idea de que en el mundo caben el Bien, el Mal y nadie más confirmaron que estamos frente a una conspiración contra Cristina Kirchner que zurce a los caceroleros con los alumnos de Harvard, el Grupo Clarín y los cabos de la Prefectura. Pero también puede pensarse que, como ya pasó otras veces, en la Argentina se acaba de invertir la dirección del viento. Y que el nuevo aire envalentona. ¿O no es posible suponer que los prefectos y los gendarmes rasos se lanzaron a varear su protesta salarial por fuera del rígido sistema de obediencia al que pertenecen después de que las manifestaciones callejeras de hace 24 días modificaron el clima nacional? Claro que a los suboficiales los enojó la novedad de que sus salarios aparecerían mutilados, pero la pregunta -de difícil comprobación- es ésta: ¿habrían reaccionado con la misma vehemencia de no haber estado precedidos por el cacerolazo más importante de los últimos años?

El analista Rosendo Fraga dice que el cambio de clima es anterior al cacerolazo. Que empezó a gestarse con la tragedia del Sarmiento. "El jueves 13 es un emergente de ese nuevo clima, que tiene su propia dinámica y que veremos cómo evoluciona el 8 de noviembre. Cuando el Gobierno dice que los que protestan son sectores medios y urbanos tiene toda la razón. Pero no hay que olvidarse de que la clase media es el 50 por ciento y la población urbana, el 90." Fraga advierte que la protesta de las fuerzas de seguridad es diferente. "En cualquier país del mundo si se bajan entre 40 y 70 por ciento los salarios de bolsillo se produce esa misma reacción o peor; si el Gobierno no hubiera adoptado la medida que adoptó, lo de las fuerzas de seguridad no sucedía, mientras que el cacerolazo fue una protesta organizada a través de las redes sociales. La novedad ahí no son las cacerolas, son las redes sociales."

Posibles causas del cambio de ambiente: un hastío del estilo estridente del Gobierno, resquebrajamiento del disciplinado frente oficial, pérdida de la iniciativa, incertidumbre política (ni el oficialismo ni la oposición tienen candidatos presidenciales certeros), reversión de la bonanza económica, horizonte con demasiadas variables abiertas, agotamiento del ciclo (sin restyling a la vista) o, lo más probable, una combinación de factores.

 
Jueves 04/10. Marcha por Severo. Foto: LA NACION / Fabián Marelli, Ricardo Pristupluk y Hernán Zenteno
 

Por lo pronto, las rajaduras del conglomerado oficialista parecen tener vinculación con el debilitamiento de las argumentaciones que da el Gobierno para iluminar sus penumbras. El mejor ejemplo de la flaqueza argumental es la negación de la inflación, no ya por un Indec autoritario, agotador, del que las clases bajas poco conocen, sino por la boca autorizada e inapelable de Cristina Kirchner. El problema es que aun si el Gobierno estuviera en lo cierto y los medios fueran los culpables de todo lo malo que sucede, la dimensión de la inflación no es algo que el pueblo, sujeto tradicional de los gobiernos peronistas, verifica frente al televisor sino en el supermercado. Verificación que no requiere esfuerzo adicional al de vivir en la Argentina.

"Los problemas de la gente son más o menos los mismos de antes, lo que termina de gestar el movimiento de protesta es la negación oficial de esos problemas", asegura la encuestadora Mariel Fornoni, de Management & Fit. "El Gobierno niega la inflación y la inseguridad, temas que la gente contrasta empíricamente. El nivel de pobreza, por ejemplo, es más abstracto, pero qué puedo esperar de los asuntos abstractos si cuando salgo de mi casa compruebo que con los temas concretos me mintieron." La protesta por la inseguridad no tiene el protagonismo excluyente de hace un lustro, pero también gana la calle. Una semana antes del cacerolazo hubo en Lanús una marcha multitudinaria que bautizó a esa localidad capital del delito.

En un estudio sobre el último cacerolazo, Managment & Fit encontró que el 15 por ciento de los encuestados, a nivel nacional, decía haber participado, probablemente una exageración de quienes se agregaban al suceso del momento, tal como ocurre en las encuestas preelectorales con los candidatos favoritos. Un 47 por ciento se manifestaba dispuesto a asistir en una futura convocatoria, y el 72 por ciento aprobaba esa forma de protesta. Fornoni opina que ese llamativo resultado no sólo es producto de que se está perdiendo el miedo sino también de las incapacidades del Gobierno para escuchar y de la oposición para representar el descontento.

Ana María Mustapic, politóloga de la Universidad Di Tella, está entre los observadores de la realidad que piensan que, en esencia, la protesta crece como consecuencia de la mala gestión. En el caso de lo ocurrido en las fuerzas de seguridad dice que "se afectó el principio de autoridad, que es la base del funcionamiento de este tipo de instituciones" y que "son los funcionarios los responsables del daño institucional infligido".

Para la socióloga Liliana De Riz está claro que cambió el humor social. "Hay una fatiga de tanta imprevisión e imprevisibilidad; los que no se animaban a manifestarlo ya lo hacen y en voz alta, en las más diversas situaciones de la vida cotidiana. Me recuerda esa frase de Vilar que dice que lo que importa no es quién enciende la mecha, sino la intensidad del combustible: me parece que hay caldo de cultivo para la protesta reiterada y el contagio a otros sectores; piden cambios al Gobierno que ostenta funcionarios ricos y hace oídos sordos y creo que llegó a su fin el aura de viuda heroica".

Impacto e iniciativa política

Una característica central del estilo kirchnerista consiste en controlar con particular dedicación la iniciativa política, combinada con secretismo y sucesivos impactos, a tal punto de abrumar en forma sistemática al archipiélago de opositores. Sorprenderlos, descolocarlos, dividirlos y sumar parcialidades, según la ocasión. Pero en los últimos tiempos nada de eso sucedió. Después del cacerolazo (cuya dimensión sobresaltó al Gobierno tanto como a los participantes), vino una semana de encapsulamiento presidencial y de correlativas descargas de artillería verbal gruesa de los voceros oficiales sobre los manifestantes "bien vestidos". La semana siguiente fue la de Georgetown y Harvard, donde la Presidenta pareció querer demostrar por vía inmolatoria su teoría de la disertación permanente (esbozada en la Sala de Periodistas de la Casa Rosada a la vuelta de Angola), aquella según la cual contestar preguntas le significa hablar en su propia contra. Y esta semana, aparte del insípido viaje presidencial a Perú, el Gobierno se tuvo que dedicar de lleno a reparar los graves daños causados por un decreto de reordenamiento salarial que le había llevado varios meses redactar.

 
Para algunos analistas, la protesta de prefectos y gendarmes se apoyó en un estado de malhumor social preexistente. Foto: LA NACION / Hernán Zenteno y Fabián Marelli
 

Entretanto, no hay que olvidarlo, el Gobierno adoptó, sin hacer demasiadas olas, dos o tres medidas profilácticas destinadas a mitigar la indignación cacerolera. Una consistió en despedir a la funcionaria de la AFIP que había estado hurgando en la vida personal de los habitantes de urbanizaciones cerradas. Otra, en ordenar silencio respecto de la cruzada re-reeleccionista, un tema que ya habían blanqueado públicamente, además de varios gobernadores e intendentes, Amado Boudou, Florencio Randazzo, Juan Manuel Abal Medina y Miguel Pichetto, figuras que no suelen entregar opiniones autónomas.

Graciela Römer, analista política y encuestadora, no duda en calificar de errores la gira de la Presidenta por las universidades norteamericanas, la reacción oficial después del jueves 13 ("una manifestación sumamente importante que los voceros del Gobierno trataron con impericia") y la crisis con las fuerzas de seguridad ("mala praxis de gestión y también política"). Para Römer el jueves 13 abrió las compuertas a protestas y reclamos, y eso "puede llevar a un clima creciente de malestar y descontrol social". Sin embargo, la conocida socióloga está convencida de que el Gobierno -se refiere a los sectores más racionales y a la propia Presidenta- percibe el riesgo. Confía Römer: "El peronismo tiene la mayor capacidad comparativa para sostener la gobernabilidad, pero lo que hay que hacer es no echar más leña al fuego".

Desde luego que hay factores de irritación y erosión de la gobernabilidad que van más allá de la voluntad oficial. Un ejemplo bien actual es la desaparición de Alfonso Severo -hallado horas más tarde maniatado y golpeado en una casa en Avellaneda-, que renueva la incapacidad del Estado para proteger a testigos judiciales, drama que el gobierno kirchnerista atraviesa por segunda vez. Con las desapariciones de la dictadura como telón de fondo, el Gobierno no pudo esta vez vedarles la Plaza de Mayo a quienes marcharon para protestar, como hiciera con los caceroleros, primero, y con los prefectos después. Sin duda que el reclamo por un desaparecido sume un motivo para ganar la calle no es algo que contribuya a mejorar el clima político. Pero factores de irritación gratuita que podrían ser ahorrados no lo son.

Es el caso de los filósofos oficialistas José Pablo Feinmann y Ricardo Forster, puestos en cascada a teorizar sobre los que odian a Cristina Kirchner. ¿Qué hay de malo en ello? No precisamente el nivel de peluquería de los comentarios, sino el uso de un atajo psicologista para continuar con la descalificación de los críticos del Gobierno, que además de portar odio, según este aporte, son un ejército de envidiosas mediocres y donjuanes frustrados. Sin duda, Feinmann y Forster aciertan al descubrir que entre miles de caceroleros hay desencajados ganados por la ira, probablemente en una proporción similar a la de los kirchneristas "talibanes". Apaciguar, no echar más leña al fuego, probablemente requiera salir de la trampa de generalizar los extremos..

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