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Ciudad oculta / Poesía al paso

Apogeo, caída y metamorfosis del piropo

Buenos Aires

"No quiero tu piropo, quiero tu respeto", se lee en un muro de Congreso

Por   | LA NACION

Un grito, o mejor dicho, un aullido gutural, me hizo saltar del susto mientras caminaba por la calle Alsina hacia Combate de los Pozos.

Parecía una colección de palabras cortadas con navaja, abiertas y heridas, que optaban por unirse entre ellas sin que les importara convertirse en un parche. Ahora que lo evoco, en mi cabeza suena un "mramuenaeeevobebeee" que todavía me impresiona.

En un momento pensé de todo, a saber: que habían asaltado a alguien, que algo ocurría con uno o varios niños, que la sirena de la ambulancia sonaba al revés y enviaba mensajes satánicos por toda la ciudad. Después, cuando vi a la morena de remera azul y shorts floreados que apuraba el paso delante de mí, advertí que el estruendo se debía a lo que alguna vez se llamó "piropo".

Atrás, en la esquina, cuatro cartoneros reían mientras empujaban un carro. La chica dobló por Rincón y desapareció.

Por algún tipo de asociación no del todo lícita, recordé el último (y hasta donde creo, único) piropo que recibí de una desconocida.

Esa mañana yo iba de saco y corbata, y como no es nada habitual que esté tan elegante siento que en realidad se lo dijeron a otro.

Unas cinco o seis adolescentes en uniforme escolar fumaban y reían en una esquina, felices de haberse escapado del colegio para disfrutar del sol, la amistad y la transgresión a la ley. Yo pasaba despacio, con aire distraído, y justo cuando las dejaba atrás, escuché el romántico "adiós, doctor" que jamás olvidaré.

El ¿elogio? me pareció tan inocente que no supe cómo interpretarlo. Encontrar un monumento a la ternura en plena calle es tan poco frecuente que, cuando aparece, inevitablemente toma de sorpresa. Si todavía lo recuerdo es porque plasma un candor que desde hace mucho parece perdido.

Pero la osadía verbal de aquellas púberes no tenía nada que ver con el eco cavernario, a mitad de camino entre la amenaza y la provocación, que había escuchado en una esquina de Congreso.

Por cierto, no lejos de allí, en los muros de Virrey Cevallos, Moreno y Venezuela, puede leerse una pintada en stencil con la frase: "No quiero tu piropo, quiero tu respeto".

El lema está presente en muchos barrios y deja claro que, aquello que antaño se consideraba poesía al paso y suvenir oral de la admiración, hoy supone la prueba más flagrante del acoso callejero.

Como tantas otras conquistas de género, hace rato que la mujer se ganó su derecho a considerar qué es una agresión y qué no. Lo curioso es que alrededor de ese derecho surgen por lo menos tres dudas. Una es cómo se ejerce. Otra, si todo piropo representa una forma de violencia. Y una última, si el elogio respetuoso a la belleza femenina ha desaparecido de una vez y para siempre, reemplazado por la lírica hooligan que constituye el grado cero de la intimidación.

Para conocer de primera mano la opinión de las involucradas, inicié una ronda de consultas.

A Mariela los piropos le gustan "mientras la persona que lo dice sea educada". Mariela tiene 27 años, es diseñadora gráfica y le molesta mucho cuando el piropo se transforma en una variante del acoso. "Me han perseguido una cuadra en coche mientras yo caminaba, y desde el auto el tipo me decía todo lo que haría conmigo con un nivel de detalle impresionante", contó, con una mezcla de rabia y pudor. "El hombre no suele ser caballero a la hora de elogiar. Lo único bonito que recuerdo ocurrió hace unos meses, cuando un chico que tendría unos 18 años se me acercó, y me dijo: «¿Te puedo invitar unas Cocas?». Me pareció muy tierno y me sacó una sonrisa."

Alejandra, periodista de 32 años, soltera y pecosa, coincidió en su gusto por "algunos" piropos. "Me gusta cuando te dicen «¡linda!» o te comparan con una flor o con un sol -señaló-. No me gustan los susurros que prefiero no entender. En general, los piropos cosifican a la mujer y suelen ser violentos, pero también creo que forman parte de nuestra cultura. Es una lástima que primen los descartables."

En la misma línea, la brasileña Katia, residente en Buenos Aires desde hace ocho años, también reivindicó los halagos poéticos. "Por ejemplo, cuando dicen «se te cayó el papelito que te envuelve, bombón». Lo contrario es verse obligada a escuchar groserías -explicó-. Hasta me ha pasado de ser piropeada al salir a la calle para tirar la basura, prácticamente en pijamas. En ese momento, pensás «pero qué te pasa, es imposible que te vuelva loco un mamarracho»."

Los testimonios combinaban el aprecio por la poesía exprés y la denuncia del acoso, expresión última de un temible grado de incontinencia erótica.

¿En qué se había transformado el ingenio capaz de garabatear "si el amor fuera un crimen y amar un contrabando/ llamen a la policía/ que me estoy enamorando"?

¿Dónde quedaron los piropos clásicos ("ayer pasé por tu casa y me tiraste un limón/ la cáscara cayó al suelo/ y el jugo en mi corazón"), consejeros ("¡caminá por la sombra, linda, que el sol derrite a los bombones!") y hasta tecnológicos ("¡quisiera ser el antivirus que te escanee cada mañana!")?

"Yo creo que no todo piropo supone una agresión sexual -me dijo Inti María Tidball-Binz, curadora de arte y militante feminista-. Pero sería muy diferente nuestro uso del piropo en un mundo sin discriminación. Muchas caminamos con miedo y desconfianza por la calle porque estamos acostumbradas a recibir comentarios agresivos, toqueteos y miradas lascivas. Por eso, a veces, el saludo inocente lo recibimos con una mirada defensiva. Cuando la mayoría de las interacciones son sexualmente agresivas, se hace difícil distinguir."

Volví a Congreso para buscar el stencil que reza "no quiero tu piropo, quiero tu respeto". De camino, en el colectivo, en el asiento de al lado una chica le contaba a un amigo que su abuelo conquistó a su abuela en plena parada. "Le llevó una flor y ahí empezó todo", escuché. "Grande, tu abuelo", contestó el joven. Flor de piropo, me digo hoy..

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