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Opinión

Antes, Chávez era la promesa de un futuro mejor; hoy, ya no

El Mundo

Por   | Para LA NACION

Me fui de Venezuela en 1998 , el mismo año en que Hugo Chávez ganó las elecciones con la promesa de rescatar a la mayoría de los venezolanos de niveles de pobreza injustificables en una nación cuya renta petrolera la coloca, aún hoy, en una situación privilegiada en América latina. Desde entonces, en sucesivas visitas, he visto los cambios que ha ido sufriendo el país en el que me hice adulta.

Quizá la diferencia más evidente entre la Venezuela que dejé y la que visité durante los primeros dos períodos presidenciales de Chávez fue el altísimo nivel de polarización. Una sociedad alegre y amistosa se convirtió en malhumorada, virulenta y revanchista. Unos estaban convencidos de que eran dueños del bien y de la verdad; los otros se sentían ultrajados por los permanentes desmanes y agravios del presidente. El diálogo entre las partes se volvió imposible: en cada crítica, Chávez veía una conspiración imperialista y, por su parte, la oposición era incapaz de reconocer que si la gente depositaba su fe en el chavismo, era debido a la ineficiencia de los partidos políticos tradicionales en atender a las necesidades básicas de la población.

El clima que respiré en mi penúltima visita, hace tres años, era distinto. Me pareció percibir un movimiento doble: las clases bajas ya no se mostraban homogéneas en su aceptación de Chávez y su fárrago de promesas incumplidas; y las clases medias y pudientes por fin empezaban a reconocer la injusticia cometida al dejar desprotegida a la inmensa mayoría de la población. Así, en una sociedad hasta poco antes políticamente apática, la participación ciudadana empezó a crecer notoriamente y se gestó un masivo movimiento de jóvenes comprometidos con la política.

Noté el último gran cambio en febrero de este año, cuando Henrique Capriles Radonski ganó con gran ventaja las elecciones primarias de la oposición. Para ello fue necesario que decenas de partidos pusieran fin a catorce años de divisiones, trabajando sostenidamente en torno a la concertación. Desde el inicio de su campaña, Capriles le dio una nueva identidad a la oposición: evitó caer en la violencia verbal, desactivó intolerancias y fue desarmando la polarización y el odio cultivados por Chávez quien, fiel a su estilo, al principio de la campaña se refería a Capriles llamándolo "la nada"; luego "majunche" (que significa "mediocre"); luego "burgués" y hasta "cerdo". En agosto, cuando en uno de sus discursos Chávez lo tildó de "nazi", Capriles dijo que no caería en descalificaciones personales, pero aclaró que Chávez no tenía idea de lo que era el nazismo, mientras que él sí lo sabía, pues sus bisabuelos fueron asesinados por los nazis.

El paralelismo entre lo que ocurre hoy y la campaña de 1998, cuando Chávez se enfrentaba al poder establecido, es sorprendente... sólo que hoy es Capriles quien representa el futuro y, Chávez, las promesas anquilosadas. En 1998, Chávez decía que las elecciones eran una confrontación entre un modelo que muere y uno nuevo, criticaba el caudillismo enquistado en el poder y cuestionaba a los candidatos que se negaban al debate. Catorce años después, Capriles propone debatir: es él quien avanza y arrincona, obligando a Chávez a pasar de la sorna al silencio cada vez que rechaza el debate, evidenciando que ya no representa la esperanza, sino por otra cosa, simplemente, porque una década y media en el poder debería haber bastado para aliviar los males de una población que aún vive en la miseria, a pesar de que, durante estos años, el precio del petróleo pasó de ocho a más de 100 dólares el barril.

Con una energía arrolladora, Capriles ha recorrido el país criticando la ineficiencia del gobierno, tocando los temas que le importan a la gente y evitando poner el acento en los principios democráticos, como había venido haciendo hasta hace poco la oposición. Frente a los interminables monólogos de Chávez, él escucha pedidos, toma nota en un cuaderno y nunca habla más de 20 minutos. Hace propuestas para mejorar la calidad de la vida de la gente, basándose en su experiencia como gobernador del estado de Miranda, donde dispuso programas sociales que, en muchos casos, profundizaron los del gobierno.

Si hoy gana Chávez, modificará de nuevo el sistema electoral, de modo tal que ésta podría ser la última elección democrática en mucho tiempo. En cambio, si gana Capriles, habrá demostrado que es posible defender un ideario de izquierda sin caer en la descalificación del otro, la simplificación ideológica y la ira permanente y, lo que es más importante, que la política también puede ser diálogo, y no sólo confrontación..

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