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Teatro

La renovación de la eterna ceremonia teatral

Espectáculos

Leí con sumo interés la nota de apertura de esta sección, el pasado martes 2 de octubre, firmada por Carolina Amoroso, La figurita difícil (En búsqueda del público joven). Esa búsqueda fue y sigue siendo motivo de mi preocupación, como lo manifesté repetidas veces en los editoriales con que encabecé las ediciones de la revista Teatro durante mi breve paso por la dirección del San Martín (1996-98). Si algo puedo modestamente aportar al tema, será narrar mi experiencia en ese sentido y en ese lapso.

Respetuoso de la programación diseñada por mi antecesor en el cargo, Juan Carlos Gené (cuya gestión fue la más exitosa del San Martín en esos últimos años del siglo XX, con un millón de espectadores), preparé la temporada 1997 con especial atención a los autores argentinos más jóvenes. En años anteriores, durante mi actividad en la Fundación Antorchas como consejero del sector teatro, me sorprendí al leer, entre los pedidos de subsidio para puesta en escena, Sumario por la muerte de von Kleist, de Alejandro Tantanian; para mí, un perfecto desconocido. Me llamó la atención el tema, tan alejado del habitual recurso a las sobremesas de clase media y baja -por entonces, el predilecto de la mayoría de nuestros dramaturgos-, me comuniqué con Tantanian y a través de él con quienes componían un grupo llamado Carajají (que no significaba nada pero que ellos, en broma, pretendían que era el nombre de una tribu amazónica), donde, entre otros, estaban Javier Daulte, Jorge Leyes, Patricia Zangaro y varios autores (y autoras) más, cuyos nombres se me escapan hoy. A ese grupo tuve el privilegio de presentarlo en el suplemento cultural de los domingos, de este diario, dirigido a la sazón por Hugo Beccacece, proclamándolo portador de una profunda renovación de la escena nacional, lejos de los lugares comunes.

De modo que una de mis primeras decisiones al llegar a la dirección del San Martín fue convocar a esos autores y ofrecerles la sala del subsuelo, la Cunill Cabanellas, en mi opinión la más apta por su flexibilidad (un espacio que puede modificarse según las necesidades de la obra) para esta nueva dramaturgia, tan imaginativa y original, y que conservaba un enfoque, un tono y un lenguaje inequívocamente argentinos, aunque la acción transcurriera (recuerdo haberlo expresado así) "en el desierto de Gobi o en un cohete espacial". Comenzamos con Bar Ada, de Jorge Leyes, con Catalina Speroni y Diego Peretti, dirigidos por Daniel Marcove, continuamos con Marta Stutz, de Daulte, dirigida por Diego Kogan, con un elenco que reunía a muchos intérpretes que hoy son merecidamente famosos. La gente joven comenzó a afluir en montón a la Cunill, evidentemente atraída por la juventud de los autores y por la audacia temática.

También fue un éxito, en aquella temporada 97, la versión de Boquitas pintadas, de Manuel Puig, hecha por Oscar Araíz y Renata Schussheim, en la Sala Casacuberta, con gran repercusión juvenil.

Si he narrado esta experiencia no ha sido por afán de promoción personal sino para reflexionar acerca de la conjunción autor-puesta-espectador, una tríada que debe funcionar al unísono para asegurar la renovación de la eterna ceremonia teatral..

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