Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
 
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan

Postales de Barcelona, entre la crisis europea y la independencia de España

Opinión
 
 

Fútbol

"Es el triunfo del marketing", dice mi amigo, el periodista Gonzalo Sánchez, sentado en un bar del barrio de Gracia, cuando termina el partido entre el Barcelona y el Real Madrid. Lionel Messi, el nombre por el que hoy reconocen a los argentinos en todo el mundo, acaba de marcar los goles del Barcelona en el empate 2 a 2. Cristiano Ronaldo hizo los del Madrid. Y la gente que pagó hasta 1000 euros para asistir al Camp Nou en medio de la crisis económica más importante de la España de los últimos treinta años, puede darse por satisfecha. Desde que llegamos a la ciudad vemos, como nunca antes, banderas catalanas poblando los balcones y las ventanas. No se trata de la clásica senyera, dorada con cuatro rayas horizontales en rojo, sino de la estelada (estrellada) en sus dos versiones: con una estrella roja coronando uno de los laterales (en defensa de un Estado independiente de carácter socialista), o con la estrella azul, la más repetida, de inspiración cubana, utilizada por el nacionalismo catalán y los independentistas de inspiración no marxista. Los días siguientes, en el diario, los temas serán dos: las repercusiones del partido y, mayormente, los límites que el gobierno de España intenta imponerle al de Cataluña, que reclama la posibilidad de llevar adelante un referéndum sobre la independencia del país, idea que al parecer apoya el 75 por ciento de los catalanes. La tensión entre el gobierno central y la Generalitat crece con cada hora. Durante el partido, en el minuto 17:14 (el 11 de septiembre de 1714 se conmemora el día en que Cataluña cayó en manos de los Borbones, durante la Guerra de Sucesión española), se escuchan los gritos por la independencia al tiempo que en las tribunas la gente eleva cartulinas rojas y amarillas componiendo una senyera gigantesca. En el bar donde lo estamos viendo, una pareja de colombianos que hincha por el Madrid, festeja el primer gol de Cristiano Ronaldo. Es una transgresión grave que tendrá consecuencias módicas: luego de algunos gritos un amigo barcelonista, Juan Sordo, agarra a uno de los colombianos, lo levanta en andas y lo saca del bar. Pese a las amenazas y los empujones, la cosa no pasa a mayores. No puedo dejar de pensar en cómo terminaría una escena parecida en la Argentina, entre hinchas de River y de Boca.

Sociedad

Las señales de la crisis en Cataluña a simple vista son pocas, pero significativas. En un país con un desempleo del 25 por ciento y dos millones de familias que no reciben ningún tipo de ingresos (según las previsiones, España saldría de la crisis recién en 2018), la gente cuida el dinero más que nunca, y los que tienen trabajo viven con el miedo de perderlo. El empleo en negro es algo habitual, los bares fuera del circuito turístico trabajan por debajo de su capacidad, y muchos han decidido incluso bajar el precio de los tragos. Leo, en un periódico gratuito que alguien dejó en un banco del subte, notas sobre cómo afrontar psicológicamente la crisis, artículos parecidos a los que se publicaban en la Argentina diez años atrás. Los propietarios que alquilan sus departamentos no esperan a que los inquilinos les pidan un descuento: bajan un diez, un veinte y hasta un treinta por ciento los precios de los alquileres, con tal de asegurarse un ingreso mensual. Alquilar un departamento en Barcelona hoy no resulta mucho más caro que alquilar uno en Buenos Aires. El café y la cerveza son más baratos aquí, sin dudas. Los precios de los pisos se desploman, y hay quien dice que son los rusos, los nuevos ricos de una Europa partida entre la opulencia y la desesperación, los que compran casas a precios de remate. El domingo del partido, por primera vez de las muchas que estuve en Barcelona, los carteles que marcan el tiempo que falta para que llegue el próximo tren anuncian un servicio de emergencia por una protesta de los trabajadores del metro. Temen lo que se comenta por lo bajo: que el gobierno catalán decida, por presión europea, privatizar el transporte público para reducir los gastos. Los argentinos que viven aquí y aún no se han vuelto, miran con sorpresa la posibilidad de que se apliquen fórmulas económicas que les resultan familiares, y demostraron ser ineficaces y hasta trágicas.

Ciudad

 
Parc Güell, parque ideado por Gaudí en Barcelona. Foto: LA NACION / Ariela Bernater
 

Tal vez uno de los signos más evidentes de los efectos de la crisis sea que cada tanto se ve basura en las calles, en una ciudad que por lo general resplandece a pesar de recibir cientos de miles de visitantes al día. Y gente que, cada tanto, revuelve esos mismos tachos y se sirve de los restos. Mientras los rusos (otra vez) se quedan con los restaurantes de las Ramblas, los locales se quejan de que sean los chinos los que se adueñan de los bares típicos que hay en cada barrio. El menú y la ambientación siguen siendo los mismos: una barra, algunas mesas, mucha fórmica y aluminio, ofertas de café y croissants, y bocadillos de tortilla de papa y cerveza, las máquinas expendedoras de cigarrillos y los tragamonedas. Pero detrás de la barra ya no está el dueño de siempre, sino un ciudadano chino, y los catalanes no pueden soportarlo. Y a pesar de todo, y de las similitudes con la crisis argentina, hay algo que no cambia: la amabilidad de la gente en las calles, el respeto por las normas de convivencia, la predisposición en el trato, el silencio característico de la ciudad. Lo último que se perderá en Barcelona, al parecer, es la educación y la paciencia. Y quizá, como canta ahora Manu Chao en un show clandestino en las afueras de Barcelona, bajo el nombre de Atomik Pardalets (Los Gorriones Atómicos), la esperanza. Ya sea perteneciendo a España, o luchando por la independencia..

TEMAS DE HOYElecciones 2015Choque de tren en OnceQuita de subsidiosInseguridadNarcotráfico