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Después del infierno

Ramona del Valle Leiva estuvo cuatro años en la cárcel por una causa en la que asegura su inocencia. Cuando salió creó una asociación civil que, a través de talleres, ayuda a mujeres que pasaron por su situación

Domingo 14 de octubre de 2012
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PARA LA NACION
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Ramona del Valle Leiva dormía cuando el timbre sonó largamente a las 5 del 30 de mayo de 2001. Los perros del barrio ladraban sin parar. Ramona se despabiló, se asomó a la ventana de su casita a medio terminar en Villa Ballester, partido de San Martín, y vio a una brigada de la policía bonaerense dispuesta a la acción.

"Salgan o tiramos todo abajo", gritó un oficial.

Ramona despertó a su marido, Carlos Alberto Selser, y a sus siete hijos que dormían en colchones compartidos sobre el piso de material. Los policías rompieron la puerta, ingresaron a su hogar y lo dieron vuelta en busca de evidencias.

"Ustedes están imputados en una causa por narcotráfico internacional", le dijo un oficial en la cocina de su casa, mientras escribía en una Remington todos los detalles de la requisa. Ramona vivía el interludio de una fantasía. No quería creer lo que veía alrededor ni lo que le contaban los policías: un amigo de su marido, Mario Alberto Codías, había sido detenido en Ezeiza con 11 kilos de heroína escondida en el forro de una campera con destino a Nueva York.

Al día siguiente, los diarios nacionales se hacían eco de la noticia y consignaban el allanamiento de tres domicilios, entre los que estaba la casa de los Selser.

"Yo elijo ese día como el de mi primera muerte y mi segundo nacimiento", dice Ramona en el taller de Yo no fui, una asociación civil sin fines de lucro que trabaja en proyectos artísticos con mujeres que están o estuvieron detenidas.

Con 57 años, trabaja como docente de serigrafía en Yo no fui, en el penal de Ezeiza y también en el Centro Cultural Rojas. Hubo cuatro años de silencios y espera para que llegara a ser la Ramona que hoy es. De un encierro que la marcó para siempre: la cárcel.

Una banda, una familia

Manos a la obra. El taller de serigrafía en Yo no fui
Manos a la obra. El taller de serigrafía en Yo no fui.

Para entender esta historia hay que volver a la madrugada de mayo de 2001, cuando su universo se le desmoronaba al ritmo del golpeteo de la máquina de escribir que retumbaba por los rincones de la casita en Villa Ballester. El emprendimiento familiar con el que campeaban la crisis del final de la convertibilidad fue una trampa del destino. Junto con su marido traían mercadería de Chile y la vendían en Once. Chalinas, billeteras, chucherías que se revendían en los Todo por dos pesos que abundaban en Buenos Aires. Codías, amigo de su marido, tenía una agencia de viajes (Landed Travel) y organizaba las visitas comerciales de los Selser al país vecino.

Después de que les dieran vuelta la casa, Ramona y su marido fueron trasladados a la comisaría de San Martín donde les tomaron fotografías y les confeccionaron el prontuario. "¿Ustedes son la banda de narcotráfico internacional? Yo pensé que íbamos a tirotearnos en su casa y no pasó nada", les dijo un cabo.

Aunque todavía tenían la esperanza de que todo se solucionara en un instante –y que todo, en fin, fuera el fruto de una confusión–, la peor noticia se concretó pocas horas después del allanamiento. Ramona quedó detenida en la comisaría de la mujer de San Martín. Luego, declaró por primera vez en el juzgado de instrucción, vio fugazmente a sus hijos, se dio una ducha y tomó unos mates. "Unos días después supe que mi marido la estaba pasando muy mal en la comisaría de San Martín porque le decían que era transa y hay todo un rollo con los pibes chorros; entonces él pidió que lo pasaran a un penal y me trasladaron a mí también", cuenta Ramona.

Su cabeza empezó a imaginar lo peor. No quería saber nada con ir al penal, la auténtica cárcel, donde los comportamientos y el lenguaje cobran vida propia. La desesperación le jugaba en contra, pero no había opciones. Ramona recuerda hoy el traslado al penal 3 de Ezeiza con la lucidez del miedo: "Eran las 2 y mi imaginación volaba mientras avanzaba el camión penitenciario por el conurbano, el silencio y las miradas con las demás reclusas decían todo".

La puerta del infierno tiene un cartel que dice simplemente Ingreso. Es el lugar adonde transitoriamente –o no tanto– las presas esperan hasta que se libere una celda. Son más de 50 camas repartidas en un galpón maloliente, despintado y sucio. Ese día, junto con Ramona ingresaron otras cuatro chicas. Les dieron un colchón y una frazada. "No podía pegar un ojo –recuerda–. Me carburaba la cabeza, pensaba en mis hijos, en que se me había acabado la vida." De repente, desde la oscuridad, apareció un mate.

–Vení, sentate acá, tranquila –le dijo una de las presas bien cerca del oído para no despertar a las demás.

Orgullo. En Palermo, donde se dictan algunos talleres, Ramona se hace un tiempo para el mate
Orgullo. En Palermo, donde se dictan algunos talleres, Ramona se hace un tiempo para el mate.

–Gracias, ¿quién sos? –balbuceó Ramona.

–Acá tenés un pedazo de pan, no está muy bueno, pero algo es algo.

Sintió alivio. Pocos días después, Ramona fue trasladada al pabellón 10, donde –le decían– están las reclusas más tranquilas. Lo que más le preocupaba era el tiempo: qué hacer frente al vacío y la nada, cuando el único objetivo es hacer que el tiempo pase lo más rápido posible. Comenzó a hacer palitos: una hoja de diario o de revista enrollada que, cuando se ponen una al lado de otra, sirven para forrar cajas o hacer cuadros. Fue su primera ocupación.

"Una aprende que no tiene que preguntarles a las demás por qué están presas", dice. Es una máxima que se cumple a rajatabla y que pone en juego el sistema de relaciones entre las presas. "Hay que aprender a moverse ahí adentro, respetar y hacerse respetar." Ramona tenía 46 años y era, en promedio, más grande que el resto de las presidiarias. Le decían doñita, tía, hasta mamá. Cocinaba, cocía y la respetaban por eso. "Ahí te das cuenta de que lo que más les hace falta es cariño."

Ramona esperó el juicio en la cárcel, como la mayoría de los presos pobres. Dos años sin condena en el pozo de la sociedad.

El juicio

El matrimonio Selser fue condenado como partícipe de una asociación ilícita dedicada al narcotráfico internacional. La investigación, encabezada por el comisario Edgardo Beltracchi –luego separado de la policía bonaerense por su responsabilidad en los asesinatos de Kosteki y Santillán, en junio de 2002–, se había basado en una serie de escuchas telefónicas donde Ramona y su marido hablaban con Codías de la mercadería. Esa misma hipótesis utilizó la justicia para condenarlos por asociación ilícita. Según los acusadores, cuando los Selser hablaban de mercadería, en realidad querían decir merca. Ramona fue condenada a 7 años de prisión y su marido, a 9.

"Ese momento, cuando leían la condena, fue el momento más duro de mi vida. Pensaba que me iba a morir." Ramona lloraba por todos los rincones del penal, hasta que una compañera le dijo algo que la marcó para siempre: "No dejes que las rejas te lleven". Su cuerpo ya la estaba abandonando, había bajado más de 30 kilos. Pero se prometió no dejarse caer.

Empezó a ir a la escuela del penal. Restauró muebles, se anotó en un taller de cultura, luego en tarjetería, peluquería y pintura sobre tela. Todo lo que había para hacer, lo hacía. Quería estar el menor tiempo posible en la celda. Comenzó a pintar cuadros y a venderlos.

Mientras tanto, había aprendido a moverse en el juzgado. Iba cuantas veces podía a ver su expediente, a preguntar cómo seguía la causa; incorporó a su vocabulario el lenguaje judicial. Un día Ramona se encontró con que el secretario del juez había cambiado de actitud. "Me decía que hablara urgente con mi abogada porque había algunos cambios, pero no me decía más nada y yo me moría de la intriga." La novedad era que la causa de los supuestos integrantes de la banda de narcotráfico se había dividido en dos. Es decir, el planteo de que existía una asociación ilícita se caía a pedazos, ya que se necesitan tres personas o más cómplices.

A la semana, Ramona quiso visitar a su marido que estaba en otro penal. Se lo negaron. Enojada, llamó al juzgado y allí le aseguraron que al día siguiente podría visitarlo. Al otro día volvió a insistir, pero se encontró con otra respuesta.

"Tengo algo mejor que la visita a su marido, estoy en este momento firmando su libertad", le dijo el secretario del juzgado.

Ramona se quedó muda, petrificada. Ese día, recuerda, fue el más largo. Y a la noche, cuando se estaba yendo del penal, se llevó un recuerdo que, dice, lo lleva en el corazón: "Mientras avanzaba por el pasillo, todas las presas empezaron a hacer sonar las rejas en señal de saludo. Ese fue el mejor sonido que escuché en mi vida".

Volver a casa, cuatro años después

El mismo timbre que había hecho sonar la policía aquella mañana de 2001, ahora lo apretaba Ramona, cuatro años después, para volver a su casa. "Por más que seas inocente nada te saca que hayas estado en la cárcel. Los más cercanos, el barrio, tienen la duda de si soy culpable de lo que se me acusó. A todos les queda la duda", cuenta.

Los siete hijos del matrimonio Selser –que tenían entre 25 y 3 años cuando Ramona y Claudio cayeron presos– habían aprendido a cuidarse mutuamente. Se unieron más que nunca. Con la ayuda de la abuela Cirila Villalba –mamá de Claudio–, que vivía en el mismo terrenito, lograron mantener a flote el hogar, continuar con sus estudios, trabajar y crecer lidiando con la ausencia.

Pero Ramona tiene un recuerdo triste de su regreso al hogar. Cuando estaba en el penal, imaginaba todo el tiempo su casa. Los rincones, los olores, los muebles. Había tristezas, silencios y preguntas. Muchas preguntas. Cuando Ramona salía, los hijos se preocupaban y sentían que no iba a volver. Ella estaba felizmente rara, como si hubiera regresado de un largo viaje. Muchas veces se tomaba un colectivo y enseguida se bajaba, caminaba unas cuadras y se volvía a subir. Todo la apabullaba, hasta sus propios hijos. Todavía faltaban 6 meses para que su marido quedara también en libertad. Lo extrañaba.

Sin embargo, se hizo un juramento: no hundirse en la nostalgia. Podría haber salido a patear la calle, conseguir un trabajo para sobrevivir, sobreponerse lentamente a los prejuicios evitando ese pasado cercano de reclusa. Pero no. En vez de eso, prefirió ir a las muestras de pintura que organizaba La Stampa y conectarse con un mundo hasta ese momento ajeno: el arte.

La Stampa llevaba adelante un taller de serigrafía en el penal de Ezeiza. Ramona los conoció cuando ya estaba en libertad. Comenzó a frecuentar la ya extinta galería Belleza y Felicidad, en Almagro, y aprendió de poesías, pinturas y artesanías. El primer trabajo que consiguió fue en Eloísa Cartonera, un emprendimiento de un grupo de artistas que conformaron un catálogo de libros confeccionados con material reciclable. Ramona pintaba las tapas de los libros, viajó a la Bienal de San Pablo, a Londres y a distintos puntos del país. Se asentó, tenía un trabajo y cierta tranquilidad espiritual de los que sienten que el camino se abre frente a sus ojos.

Ramona conoció a María Medrano en una muestra de La Stampa. Había escuchado sobre ella cuando estaba presa. Comenzaron a verse cada vez más seguido y decidieron armar un espacio de contención para las chicas que salen de la cárcel, además de continuar con los trabajos en el penal. Medrano dictaba un taller de poesía en la Unidad N° 3 de Ezeiza y había editado un libro con el título de Yo no fui. "Porque todos decimos yo no fui, y nunca realmente sabés", explica Ramona.

A partir de esa experiencia, María y Ramona decidieron conformar una asociación civil y la bautizaron Yo no fui. Lentamente fueron creciendo y sumando talleres, hasta que consolidaron un grupo de trabajo que hoy cuenta con más de 30 personas que debaten, construyen y dictan talleres en los penales, y también en Palermo y Vicente López. De esos talleres (que incluyen fotografía estenopeica, poesía, carpintería, encuadernación artesanal, periodismo, tejido, telar y más) surgió un catálogo de productos basados en cursos de diseño textil, serigrafía y encuadernación, que puede verse online.

Yo no fui participa de las ferias de la Cámara Argentina de Fabricantes e Importadores de Regalos y Afines (Cafira), y sus productos –por un guiño del destino– llegaron a Nueva York: un asiduo cliente se fue a vivir a esa ciudad y les compra mercadería que se revende como pan caliente. Además, tienen convenios con la Secretaría de Infancia, Adolescencia y Familia de Desarrollo Social de la Nación (Senaf), para llevar adelante un programa para mujeres que están privadas de la libertad, con la modalidad de arresto domiciliario. Y con el Ministerio de Trabajo de la Nación, que brinda asesoramiento y maquinaria para 8 talleres de artes y oficios.

"El arte me abrió la cabeza", dice Ramona. Dibujar sin tener parámetros, explotar la imaginación: romper los límites autoimpuestos. "Estando en libertad tengo todo: sea lo que sea que haga, para mí es ganancia. Porque ya estuve abajo, en el fondo, en la tumba, como me gusta decir. Y no quiero otra vez eso."

Cada vez que va al penal a dictar el curso de serigrafía, Ramona habla con las reclusas. Les cuenta su historia y ellas la escuchan, la respetan. "A mí me faltaba esa combinación de colores: cuando dibujo o pinto, saco de adentro lo que soy, lo que siempre estuvo y que necesitaba salir. Siempre les digo a las chicas: hay que hacer lo que a uno le gusta y lo que te gusta no te tiene que hacer mal."

Ramona toma el último sorbo de un café con leche en un bar de Palermo donde espera a su marido para regresar a Villa Ballester, a la misma casa donde comenzó esta historia. "Yo sé que vos dudás de si yo soy culpable, todo el mundo duda", dice. Sonríe. Enseguida lanza una frase que quedará flotando mientras pide la cuenta al mozo: "Yo sé que no puedo cambiar el mundo, pero si uno cambia, cambia el mundo".

EL PROYECTO

Yo no fui nació a partir de un taller de poesía que comenzó en 2002 en la cárcel de mujeres de Ezeiza. Así fue consolidándose un proyecto que tenía como objetivo fundamental que las actividades que realizaran las mujeres privadas de su libertad tuvieran continuidad una vez que salieran de la prisión. Hoy es una asociación civil y cultural sin fines de lucro con personería jurídica, que dicta talleres de capacitación y producción tanto en las cárceles como fuera de ellas, además de participar en ferias. En su página Web (www.yonofui.org.ar) pueden conocerse sus proyectos, el alcance de sus acciones y también saber cómo se puede colaborar con la causa (puede ser, simplemente, adquiriendo productos de su tienda online).

EN CIFRAS

Según datos del Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales (Inecip), la población carcelaria de la Argentina asciende a 52.722 personas, de las cuales el 59,50% no tiene condena firme. Las mujeres presas conforman la minoría ya que son 2807, y se concentran mayoritariamente en la provincia de Buenos Aires (950), la ciudad de Buenos Aires (940) y Córdoba (247). Buenos Aires es la provincia que ostenta el mayor grado de concentración de presos sin condena: 78%.

Un informe confeccionado por el Ministerio Público de la Defensa, la Procuración Penitenciaria de la Nación y el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) sobre la situación de las mujeres en prisión indica que prácticamente la mitad de las presas (48%) son extranjeras y tienen 36 años, en promedio. La mayoría está imputada por delitos no violentos, como la comercialización o el contrabando de estupefacientes (68,20%). En cuanto a la situación procesal de las presas, el 55,4% están privadas de su libertad en forma preventiva, mientras que el 80% no estuvo detenida en otra oportunidad. Además, el 85,80% son madres.

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