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Lo que la Argentina encontró desde aquella tarde en Barranquilla...

Deportiva

Algo pasó la tarde del 15 de noviembre de 2011 en Barranquilla. Nadie sabe qué exactamente. Se dio así. También en el fútbol, hay cosas que suceden sin explicación racional. Nuestro error, el de los periodistas, es pretender encontrar una razón para todo lo que ocurre en el deporte de alto rendimiento. A veces quedamos en ridículo, intentando explicar algo que no se puede. Porque pasa, y ya.

Tras el primer tiempo, Argentina perdía 1 a 0 ante Colombia por la cuarta fecha de eliminatorias. Cuatro días antes, había empatado 1 a 1 contra Bolivia en el Monumental, jugando feo con Messi rendido durante el último cuarto de hora. El gol llegó por un desvío fatal de Mascherano ante un remate de Pabón. El equipo parecía no tener respuestas para el último partido del año y se encaminaba a otra derrota. Ya había caído ante Venezuela por la segunda jornada. Los jugadores sentían las inminentes críticas y agresiones. Alejandro Sabella se preparaba para otra conferencia de prensa áspera, llena de cuestionamientos.

Pero algo pasó. Influido por el 0-1, el entrenador pasó de la cautela a la ambición. Agüero por Guiñazú. Adiós al 4-4-2. Braña casi de ocho, Mascherano de cinco, Sosa a la izquierda. Arriba, Messi, Higuaín y Kun, tardío debutante en el camino a Brasil 2014 por culpa de una lesión. Los tres siempre se entendieron bien, desde aquel estupendo cierre ante Corea del Sur por el Mundial de Sudáfrica. Ese día, Agüero ingresó por Tevez e hicieron un desastre para el 4-1 final. De golpe, todo cambió. Messi ejerció de pleno líder, acaso por primera vez en el seleccionado. Anotó el gol del empate. "Vamos que lo ganamos", le dijo su amigo Zabaleta durante el festejo. Y faltando nada para el final, el Scottie Pippen de este equipo decretó la victoria. Si Messi es Michael Jordan, que en el mundo lo es letra por letra desde 2009, Agüero es Pippen. Se complementan, se potencian, se necesitan y, sobre todo, se quieren. Generoso, inteligente y sin un gramo de vanidad, Higuaín entiende y ejecuta perfectamente su rol. Cualquier goleador no necesita jugar bien para meter goles. Higuaín es lo inverso. No necesita hacer goles para jugar un buen partido. Tras esa victoria en Barranquilla, la selección absoluta (no la local) jugó 7 partidos en este 2012: ganó seis y sólo empató ante Perú. Marcó 21 goles, 3 por encuentro de promedio. Leo facturó once, el 52,3 %.

El viernes pasado, en Mendoza, tuve el privilegio de verlo jugar en el mismo campo, detrás de un cartel de publicidad. Es un joystick humano. El Messi de la cancha juega mucho mejor que el Messi de la Play. Camina por la cancha, finge estar distraído. Logra que el rival deje de pensar en él por lo menos un segundo. Y justo ahí decide que ha llegado su momento de intervenir en el juego. Su pique para definir en el primer gol debería ser objeto de estudio para medir su velocidad física. Y el tributo a Ronaldinho-Pirlo de su segunda perla retrata su velocidad mental. Algún día nos vamos a enterar quién fue el fenómeno, algún amigo suyo, seguro, que lo chicaneó con que no hacía goles de tiro libre. Porque así funciona Leo, tan competitivo como Jordan. "No lo hagan enojar", aconsejó alguna vez Guardiola. El mejor del mundo (¿y de la historia?) dio vuelta todo. Sólo falta que juegue mal un partido en Barcelona para que aparezca la frase "y. no es el de Argentina". Pero más allá de sus golazos y sus jugadas, hubo un gesto que, en la cancha, me emocionó. No se vio por la tele, creo. Cuando invalidaron la estupenda definición de Barcos por offside, se tomó la cabeza. Después de haberle puesto el pase, se puso en el lugar de su compañero. Lamentó que el delantero de Palmeiras, que se hizo bien de abajo para llegar al predio de Ezeiza, no pudiera cumplir su sueño de marcar un gol con la selección. Eso es liderazgo.

Muy pocos saben que Messi cantó el Himno Nacional mucho antes de jugar su primer partido con la albiceleste. La verdadera historia de cómo llegó al seleccionado argentino es increíble. De esas tantas cosas que pasan y que no tienen demasiada explicación. La anécdota completa está incluida en un libro de inminente publicación, escrito por mis colegas y amigos Eduardo Bolaños y Javier Tabares para Editorial Planeta. Durante el Mundial Sub 20 de 2003, se generó una charla entre el presidente de la delegación española y Hugo Tocalli. Y de repente, surgió la consulta, con opinión, del dirigente valenciano: "Hugo, ¿por qué no convocaste el jugador del Barcelona? Es mucho más que todos los que tenés acá". No hubo respuesta concreta del entrenador, pero la pregunta le quedó haciendo ruido en la cabeza. Cuando terminó el torneo, Tocalli le pidió a uno de los empleados del Departamento de Selecciones y, además, hombre de su confianza, que se encargara de averiguar bien cómo era la situación. El responsable, cuya identidad no se revela respetando su estricto pedido, llamó a Newell's, pero no encontró respuestas que le sirvieran. Lo mismo le sucedió cuando intentó en River, donde se probó y quedó, pero no le podían pagar el tratamiento hormonal. Entonces a este héroe anónimo se le ocurrió salir del predio de la AFA para dirigirse a un locutorio de Monte Grande, ciudad aledaña a Ezeiza. Una vez allí, buscó la guía telefónica de Rosario y se detuvo en la hoja donde aparecían las personas con el apellido "Messi". Disimuladamente, arrancó esa hoja y volvió a su oficina. Allí comenzó a llamar a todos los números, preguntando a cada receptor si tenía algún vínculo o parentesco con Lionel, "el chico que se había ido a España". En uno de esos intentos logró dar con una tía del jugador que, al enterarse del motivo de la comunicación, le pasó el número telefónico para localizarlo en Barcelona. La siguiente voz que escuchó fue la de Jorge Messi del otro lado de la línea. Cuando el crack burocrático le informó desde dónde lo estaban llamando, la respuesta del padre de Leo fue: "¡Al fin me llamaron! Mi hijo quiere jugar en la selección argentina". Olvídense de Vicente López y Planes, de una buena vez. Pero para conocer el principio y el final de este relato maravilloso, deberán comprar el libro.

Sólo queda la visita a Santiago para cerrar un año casi perfecto y, de paso, aprobar una materia pendiente. El equipo baja drásticamente su rendimiento cuando, tras ganar el primer partido de local, completa la doble fecha de eliminatorias como visitante. El contraste es nítido. Le pasó ante Venezuela post goleada ante Chile y, en menor proporción, contra Perú luego de ganarle a Paraguay. Sólo mejoró su producción ante Colombia, pero después de haber igualado con Bolivia. La deuda pasa por su floja respuesta de viaje tras haber dominado en casa. ¿Y por qué pasa esto? No tengo la respuesta, pero, seguro, trasciende lo estrictamente futbolístico porque los jugadores son los mismos.

El seleccionador ha utilizado apenas 20 futbolistas para los siete juegos del año. Eso se llama estabilidad. Romero, Federico Fernández, Garay y Messi tuvieron asistencia plena. Gago, Mascherano, Di María e Higuaín sólo se perdieron uno. Zabaleta jugó cinco de siete. Ahí ya hay nueve titulares. Agüero resignó un par por lesión y fue la pieza sacrificada para el 4-4-2 inicial ante Alemania y Brasil. En juego y en números, al equipo siempre le fue mejor con Kun en la cancha. En el lateral izquierdo, Rojo se destacó ante Uruguay pero Clemente y Campagnaro, con Zabaleta invirtiendo su posición, también pelean por la plaza. Todavía faltan trabajo y funcionamiento. Pero Sabella encontró equipo y plantel. Los jugadores encontraron el grupo. Argentina encontró resultados y confianza. Y todo pasó desde la tarde del 15 de noviembre de 2011..

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