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Madrid, la crisis española y la inauguración de una librería increíble

Opinión

A diferencia de lo que sucede en Barcelona, donde la intuición del mar, el telón de fondo de las montañas y la permanente presencia del turismo internacional opacan el efecto de la mayor crisis económica y social de la democracia española, en Madrid, una ciudad bella pero áspera, castiza, gris y de noches salvajes, el maquillaje no termina de funcionar. En la capital los negocios siguen vendiendo a buen ritmo, pero se ven protestas y pancartas todo el tiempo, y gente pidiendo dinero para comer en los subtes y en la misma calle (y por su aspecto se nota que son pobres recientes, desclasados de los últimos días). Se habla todo el tiempo de trabajo, de la posibilidad de perderlo, de las pocas expectativas de futuro, de la salida del euro, de las nulas ideas del partido gobernante, del fastidio que genera la monarquía. El llamado "mileurismo", antes visto como una situación degradante por los jóvenes cuyo salario tope era precisamente de mil euros, ahora es entendido como una especie de extraño privilegio (porque en el mercado de trabajo en negro puede llegar a pagarse bastante menos que eso).

¿Cómo se piensa una megalibrería en la era de la supuesta extinción del libro de papel? ¿Con qué ideas se arma un local de estas características, en un momento en que se venden cada vez más tablets y dispositivos de lectura electrónica?

Con una desocupación que supera el 25 por ciento, y previsiones de que la crisis dure unos cuantos años más, la apuesta de la editorial italiana Feltrinelli y los dueños de la librería La Central de abrir un nuevo local de 1200 metros cuadrados y tres pisos, con un restaurante y un bar incorporado, puede parecer sencillamente delirante. La Central, que inauguró su primera tienda en Barcelona en 1995 y de a poco se fue multiplicando en la ciudad y en algunos puntos de Madrid (el Museo Reina Sofía, por ejemplo), es quizá la mejor y más variada librería de España. El 12 de septiembre inauguró este espacio en la zona de Callao, en pleno centro de Madrid, y hacia allí fue buena parte del establishment literario español (y algunos invitados, como Alessandro Baricco y Mario Vargas Llosa).

¿Cómo se piensa una megalibrería en la era de la supuesta extinción del libro de papel? ¿Con qué ideas se arma un local de estas características, en un momento en que se venden cada vez más tablets y dispositivos de lectura electrónica? Antonio Ramírez, uno de los responsables de La Central, pretendía explicarlo el mes pasado en un artículo llamado "Imaginar la librería futura": "Tal vez sólo sea posible si precisamente nos situamos en su dimensión irremplazable: la densidad cultural que encierra la materialidad del libro de papel; mejor dicho, pensando la librería como el espacio real para el encuentro efectivo de personas de carne y hueso con objetos materiales dotados de un aspecto singular, de un peso y una forma única, en un momento preciso".

Y a pesar del despliegue y de la sofisticada decoración interior, es difícil dejar de advertir en la magnífica puesta en escena un aire levemente anacrónico.

Y lo cierto es que La Central del Callao impresiona: hay, en sus distintos pisos y desniveles, espacios perfectamente diseñados y señalizados; hay una selección y un surtido de libros (existen actualmente unos 70 mil volúmenes en sus estanterías) como tal vez no se encuentre en ninguna otra; hay incluso un cartel en la entrada que invita a desentrañar una de sopa de letras que recorre todos los niveles del interior: el que encuentre los nombres de los autores que figuran allí podrá ganarse una orden de compra de trescientos euros. Hay gente que sube y baja las escaleras (donde los libros están adosados a las paredes, a la altura de los ojos de los paseantes), que manipula los volúmenes, que va y viene del sector de periodismo al de cómics, y de allí al de literatura infantil. Hay olor a tinta y a papel e incluso vendedores con una predisposición que hace olvidar el contexto. Hay una tienda de objetos, y un bar. Y a pesar del despliegue y de la sofisticada decoración interior, es difícil dejar de advertir en la magnífica puesta en escena un aire levemente anacrónico. No hay (o no llegué a ver), por ningún lado, referencias al libro electrónico, a la posibilidad de descargar títulos, incluso pagando su precio. El edificio de la nueva Central de Madrid tiene la belleza de los palacios municipales, conmueve con la fuerza de esos lugares que pertenecen a un pasado victorioso. Como en ninguna otra librería del mundo sentí, al mismo tiempo, el deseo de comprar decenas de libros, y la incómoda sensación de estar recorriendo las salas de un hermoso museo..

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