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Opinión

Todo al 7-D, con un ojo en la Corte y un oído en el 8-N

Enfoques

Es la batalla final. Ya no hay marcha atrás. Ni tema más importante del que deban ocuparse los principales funcionarios del Gobierno en los próximos 50 días.

Es el 7-D (aunque ocurra el 10 de diciembre), es el 14 de julio de los franceses, el 4 de julio de los Estados Unidos o la suma absoluta del 25 de mayo y el 9 de julio para la Argentina. Será la redención de todas las derrotas sufridas por los argentinos en sus casi dos siglos de historia. Será ésta, al fin, la liberación de los enemigos internos, que, con apoyo externo, vienen sometiendo al pueblo.

No hay despacho oficial que no esté impregnado de esa idea y de tal propósito: el desguace del grupo Clarín con la aplicación integral y ad hoc de la ley de medios prevista y anunciada para ese día será la victoria que abra el camino al triunfo definitivo de la emancipación nacional y popular.

Pero la realidad puede ser caprichosa: semejante epopeya, sin embargo, no obtiene en ninguna encuesta seria un apoyo mayoritario. Muchos ciudadanos comunes dudan, no saben o no contestan, y una buena proporción se niegan a encolumnarse y a quedar de rehén o de víctima de las daños colaterales de la guerra.

Pero tanto ha puesto en juego el Gobierno que sólo le queda lograr la rendición incondicional del enemigo. Cualquier otro resultado sería una claudicación. Por eso el grito de guerra ya no es por la pluralidad de voces sino por el fin de la cadena del desánimo o de los títulos (críticos o negativos, obviamente) que "se repiten" en las pantallas de la tele. Más que el triunfo, lo que se busca y lo que hace falta es la derrota del otro. A cierta altura de la vida o del ejercicio del poder ya no importa tener razón sino imponerse.

En los ámbitos más racionales del oficialismo se sabe que aún la victoria costará cara interna y externamente. Por eso, hay voces que indican que los intentos del Gobierno de involucrar a la Corte son, en realidad, la búsqueda de un Samoré, que permita resolver el conflicto sin tener que pagar demasiados costos, aún a riesgo de que el mediador no otorgue todo lo que pide, como le fue a la Argentina en su disputa con Chile por el Beagle.

Por eso, todos miran a Ricardo Lorenzetti. El problema es que muchos creen ver en el titular del máximo tribunal menos interés en parecerse al Papa que en ser visto como el nuevo Vélez Sarsfield, que refundó el derecho civil y comercial en la Argentina. Y él sabe que hacerse cargo de la "mediación" lo convertirá en el chivo expiatorio del relato oficial si no le concede al Gobierno todos los objetivos de máxima que los halcones reclaman o, en caso contrario, en el claudicante magistrado que se rindió al poder político en busca del bronce. Un destino demasiado poco atractivo para cualquiera que tenga en alta estima su propia inteligencia y su nombre.

Por eso, serán tan inciertos los días que faltan hasta el 7-D y, por eso, el Gobierno todo está dedicado a pleno a esta batalla, aunque sobren problemas más concretos.

Sólo el cacerolazo anunciado para el 8 de noviembre lo distrae un poco y pone varios oídos (y algo más) para tratar de que no lo pesque tan distraído como le pasó el 13-S y, si es posible, desbaratarlo. Tiene lógica: el 8N puede ser una escala o un escollo en el camino al 7-D..

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