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Cristina y Néstor: un proyecto, dos estilos

Enfoques

A pesar de que el kirchnerismo suele unificar la última década del país bajo un único "modelo"con apellido presidencial, a dos años de la muerte de Néstor Kirchner, las diferencias de discurso, aliados y concepción política de la Presidenta se recortan con nitidez contra la figura de su marido

Por   | Para LA NACION

Muchos ex presidentes, desde Mitre y Pellegrini hasta Duhalde, siguieron gravitando en los acontecimientos nacionales luego de dejar la Casa Rosada, adonde Roca, Yrigoyen y Perón incluso conseguirían volver. Quintana, Roque Sáenz Peña, Ortiz y Perón murieron en el poder. Pero de ninguno de todos los presidentes argentinos puede decirse, con retórica engranada, que "ya había dejado el gobierno cuando la muerte lo sorprendió ejerciendo el poder". De ninguno? salvo de Néstor Kirchner.

Kirchner asumió la presidencia con 53 años, dos menos que el promedio de edad del medio centenar de presidentes que hubo desde Rivadavia, pero como ex presidente fue, de todos, el que menor tiempo sobreviviría (sin contar a los de facto) tras salir de la Casa Rosada. Apenas dos años y diez meses.

La peculiar sucesión matrimonial de 2007, por él diseñada, sentó las bases para su conversión en el ex presidente más poderoso que haya existido. De modo que el segundo aniversario de su muerte repentina, que se recuerda el sábado próximo, significa que también se cumplen dos años desde que Cristina Kirchner fue obligada por el destino a gobernar sola. Y dos años desde que empezó a ejercer la política, por primera vez en su vida, sin su marido al lado.

Una ocasión propicia para analizar el grado de continuidad del llamado "proyecto kirchnerista" tras el sismo del día del censo nacional, en 2010, o dicho de otro modo, el grado de discontinuidad, bajo la hipótesis de que se trata de dos personas distintas con métodos, experiencias, habilidades y rasgos ideológicos diferentes.

"Es el mismo proyecto con dos estilos", suelen decir los dirigentes kirchneristas en público, antes de admitir en privado que los contrastes no sólo son ornamentales. El problema es que en la cultura peronista las formas y la liturgia -combinados con la disciplina verticalista- son muy importantes. Lo que más suele comentarse cuando se compara a un Kirchner con otro no pasa por las líneas de gobierno, sino por la diferencia de trato de ambos líderes con intendentes, gobernadores, legisladores y dirigentes en general. Néstor hablaba con todos. Cristina no: es muy selectiva y con la accesibilidad premia o castiga en forma ostensible, con una gama que va desde el beso cálido en la mejilla hasta la ignorancia. Son estilos, es verdad, pero estilos de conducción articulados con concepciones políticas.

El sociólogo Eduardo Fidanza, director de Poliarquía, describe así a la segunda pareja (tercera, si se incluye a Evita) que gobernó la Argentina: "Veo a Néstor como una figura mucho más política que Cristina, si por política entendemos una concepción estratégica, una táctica al servicio de esa estrategia y capacidad de transacción con los más diversos actores. El parecido está en que hay una misma concepción ideológica y una misma manera pragmática de hacer política, que también es oportunista. Hay en ambos un liderazgo sólido, capacidad para imponer una agenda y llevarla adelante, para prevalecer y para doblegar, con mucho empeño, a los rivales".

Hace falta recordar la razón por la que esta comparación de cónyuges es aún más necesaria que la que cabe ante cualquier cambio de jefatura. Incubado en el pragmatismo peronista, el kirchnerismo no es una doctrina. Carece de textos liminares y también de organicidad. Todos estos años potenció un manejo personalista del poder, con oscilaciones que fueron desde los fomentos implícitos o explícitos al capitalismo y los elogios al liderazgo norteamericano hasta las expropiaciones y el fortalecimiento de vínculos con gobiernos observados con cautela en el concierto internacional, como Venezuela y ahora Irán.

De lo difuso de su propuesta, una rara combinación de escenografía revolucionaria pintada al agua, épica fundacional y nostalgia reivindicativa, hablan algunas medidas convertidas en metas exitosas que ni siquiera figuraban en las plataformas electorales, como el matrimonio igualitario. En verdad, el Frente para la Victoria, la marca legal, sólo funciona como alianza electoral cada dos años, cuando el apoderado del PJ la anota en la Justicia junto a aliados de menos lustre, como el Partido Humanista o el Frente Grande.

La coalición gobernante real tampoco está en los papeles. Encumbraba hasta hace poco a vigorosas representaciones simbólicas, como las que suministraban los aliados Hugo Moyano y Hebe de Bonafini, pero esa amalgama se disolvió en la etapa de Cristina Kirchner, cambio sustantivo, con beneficio para la militancia estatizada de La Cámpora, de a poco absorbida dentro del consorcio Unidos y Organizados. Que es algo así como un cristinismo en obra.

Para reinventarse, el propio kirchnerismo de 2011 y 2012 se aplicó una dosis del energizante K predilecto: "La historia empieza conmigo". Más estatista o tal vez más dirigista que el de la época de Néstor Kirchner, este kirchnerismo recompuso alianzas, remarcó la identidad renovada, perseveró en la promesa de profundizar el modelo, agitó más las banderas nacionalistas y enmarcó al fundador en una mística supranatural ("Él", el Nestornauta), mientras desde las antípodas antiguos socios del gobierno explicaban su desencanto con la descripción de un pasado virtuoso que la sucesora habría echado a perder: la ecuación Néstor bueno / Cristina mala.

Lectura de la realidad, ésta, promovida en primer lugar por Hugo Moyano y en segundo, por Alberto Fernández. Pero ¿fue el 27 de octubre de 2010 el punto de quiebre? En realidad, Moyano ya venía a los chispazos con Kirchner desde antes. Y Fernández dice que Cristina Kirchner comenzó su transformación con la derrota sufrida en la crisis del campo (ver aparte).

Giros ideológicos

Precisamente durante aquella crisis fue Néstor Kirchner quien condujo la estrategia de polarización extrema. Sus métodos en la dimensión institucional, por ejemplo, cuando resistió (hasta su muerte) la orden de la Corte Suprema de reponer al procurador de Santa Cruz que él había echado, no siempre fueron más refinados que los que hoy aplica su viuda en la Justicia por el tema Clarín. Pero había algo en el estilo de Néstor Kirchner que producía algún grado de indulgencia del que Cristina Kirchner no goza, dirá ella que por ser mujer. ¿No produjo Néstor Kirchner, además, giros pasibles de ser leídos como ideológicos, como fueron, en lo político, la ruptura con Duhalde, y en lo económico, la salida del gobierno de Roberto Lavagna?

"Hubo un período que duró hasta 2006 y otro después", sostiene hoy Lavagna, quien prefiere no opinar de los parecidos y diferencias entre Néstor y Cristina Kirchner, tema del que uno supone que debe conocer mucho. "Hay demasiado análisis de los personajes y poco análisis de resultados; terminaríamos haciendo psicologismo político", se excusa. Pero sí dice que en el período 2002-2006 el crecimiento de la economía fue del orden del 8 o 9% y que en el segundo período (desde 2007) cayó al 4%, cuando el grado de intervención en la economía fue mucho mayor.

-El Gobierno explica que la caída se debió a la crisis internacional, que gracias a las medidas adoptadas impactó muy poco.

-El contexto internacional es infinitamente mejor que antes. En enero de 2007 la soja estaba a 240 dólares la tonelada. Hoy está a 500, con picos de 650. Son condiciones que la Argentina no tuvo desde la posguerra. Y la disponibilidad de plata en el mundo es mucho mayor hoy. Que la Argentina no tenga acceso es otra cosa.

Lavagna se niega a hablar de Guillermo Moreno o de Axel Kicillof para identificar los cambios de política. "Moreno y Kicillof son anécdotas; lo esencial es que recién ahora algunos se dan por enterados de que fueron desapareciendo el superávit fiscal y el superávit en cuenta corriente o que la crisis energética es fenomenal".

El nombre de Kicillof, sin embargo, asoma en cada conversación en la que se habla de retoques -o francos giros- del rumbo ideológico del Gobierno. Sea por mérito pleno o parcial, el viceministro de Economía corporiza una supuesta izquierdización, léase mayor injerencia del gobierno en el sector privado, en sintonía con las diagonales discursivas que asocian a grandes empresas con corporaciones enemigas.

Aunque el experimento de la transversalidad duró poco y Kirchner al cabo se recostó en el viejo Partido Justicialista, es cierto que de uno u otro modo sumó al Gobierno no sólo a los radicales K (de los que hoy poco queda) sino también a socialistas, dirigentes salidos del ARI, Nueva Dirigencia, Frepaso, del Partido Comunista y también del macrismo, como el estereotipado Eduardo Lorenzo Borocotó, cuyo mayor aporte terminó siendo el neologismo "borocotizar" para nombrar las cooptaciones políticas.

Como si manejara una barredora de nieve de pala ancha y sin que se afectara su paladar ideológico, Kirchner utilizó además la inédita práctica de apoyar a dos candidatos rivales en una misma elección, como sucedió en Salta con el apoyo a Juan Manuel Urtubey y a Walter Wayar, o en San Miguel cuando Aldo Rico fue respaldado por el alfil Carlos Kunkel. Curiosamente uno de los pocos dirigentes opositores que Kirchner intentó convertir al kirchnerismo sin éxito fue Martín Sabbatella, hoy principal adquisición de Cristina Kirchner, sobresaliente por el lugar estelar que le confirió, pero también por la escasez de incorporaciones de la presente temporada.

Fidanza piensa que la Presidenta está en una escena prepolítica o pospolítica, más ligada a una consagración de realizaciones, récords, logros, con poco interés en la transacción y en el avance táctico: "Cristina pone componentes ideológicos mucho más fuertes que Néstor y eso también dificulta las transacciones y hace de ella un personaje público distinto; es más jacobina, más severa en su planteamiento, con menor capacidad de diálogo."

Pieza central de su armado político, Amado Boudou, la nueva figura más importante del tercer gobierno kirchnerista, dejó a la vista las preferencias de Cristina Kirchner, mentora solitaria. ¿Preferencias ideológicas? ¿Técnicas? ¿Estéticas? ¿Lo consideró una buena cruza de glamour , banalidad y destreza administrativa? Néstor innovó menos. Escogió al curtido Daniel Scioli, político in vitro del laboratorio Menem, en 2003 y ahora, sin decaimientos, el mayor recolector de votos que todavía tiene la Presidenta..

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