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Cuestión de humor

La estrategia del sálvese quien pueda

Opinión

Cuando todo depende del ánimo variable de los que deciden, los canales institucionales se debilitan. La discrecionalidad del Gobierno en su relación con el establishment opaca el papel de las cámaras corporativas

Por   | LA NACION

MAR DEL PLATA.- Habrá que ver cuánto vale en el Gobierno una opinión de Oscar Parrilli. Pero algunos operadores empresariales acaban de volver bastante ilusionados de contactos con el secretario general de la Presidencia, cuyo pensamiento representa en realidad sólo a un sector de la Casa Rosada: el de quienes creen que tal vez haya sido un error plantear públicamente el objetivo del 7 de diciembre contra el Grupo Clarín . No es que no estén convencidos de la ley de medios, pero ¿valía la pena sumar a la batalla cultural a segmentos de la sociedad que, hasta la exhibición de la fecha, prescindían del tema y ahora podrían tomar partido en contra?

Es imposible saber cuánto de todo esto se atreven a plantear los funcionarios delante de Cristina Kirchner. La Presidenta estuvo intratable en los últimos días , dicen algunos colaboradores. Les había pedido un octubre tranquilo y viene ocurriendo todo lo contrario. "Éstas fueron las semanas de la impericia", definió un director de un grupo nacional en esta ciudad, donde ayer terminó el Coloquio de IDEA , uno de los foros empresariales más importantes del año.

Pero el estado de ánimo de Guillermo Moreno puede ser, en todo caso, un buen termómetro del kirchnerismo. No porque esté atravesando una etapa idílica con la jefa, sino porque suele marcar el umbral de la actitud oficial hacia el sector privado: ¿qué funcionario podría ser más áspero? De ahí que hayan sorprendido esta semana las conversaciones que algunos empresarios tuvieron con el secretario de Comercio Interior, al que percibieron infinitamente más comprensible a las inquietudes corporativas. Siempre con el sello del militante: les dijo que él era peronista, que por lo tanto nunca podía estar en contra de quienes pagaban salarios y que juzgaba excesivo el control de cambios, medida que volvió a atribuir a la presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont. "Arrostito", como solía llamarla en tiempos de mejor relación, en referencia a la dirigente montonera Esther Norma Arrostito, desaparecida en 1978 y de evidente parecido físico con la economista de FIDE. El lunes, el piso 9 del edificio de esa secretaría rebosaba de ejecutivos convocados para acompañarlo a la gira a Vietnam. Habrá que convencer: algunos cómodos se resisten todavía a pagar los 6000 dólares para un chárter de Aerolíneas que, por pedido de Moreno, no tendrá clase business.

Como sea, estos cambios de humor son sólo pistas para corporaciones que se manejan a tientas con el poder. No están acostumbradas. ¿Cómo saber qué piensa, hacia dónde va una jefa de Estado que no habla ya casi con nadie y que, más aún, ha dejado a sus funcionarios desprovistos de información? El nuevo paradigma pone en tela de juicio el valor de las propias cámaras o foros empresariales. No es casual que aquí, en estos días, la política haya vuelto a prevalecer sobre los negocios. ¿De qué otro modo podrían entenderse las últimas simpatías de los empresarios hacia Hugo Moyano, considerado hasta hace poco una amenaza latente de bloqueo a las plantas de producción? El camionero se movió aquí como celebrity : tal vez él mismo se haya sorprendido con la cantidad de pedidos para compartir la foto.

La interpretación podría ser psicológica o política: frivolidad o desesperación por acercarse al único dirigente con poder capaz de plantársele al Gobierno. Algunos banqueros fantasean desde hace tiempo, por ejemplo, con la posibilidad de que Francisco de Narváez integre el año próximo la lista de Daniel Scioli, algo que funcionarios bonaerenses por ahora rechazan. ¿Podría ir con Scioli?, le preguntó aquí LA NACION al empresario, que esquivó la pregunta con otra dirigida al hermano del gobernador: "¿De Pepe?", sonrió, y se fue apurado. De Narváez parece por ahora abocado a sus negocios. Su último interés no está todavía maduro y merece acaso el sorteo de unos cuantos escollos: comprarle radio Continental al grupo Prisa.

Esta politización empresarial obedece en realidad a temores futuros. Los banqueros, por ejemplo, están convencidos de que serán los elegidos para suscribir, en adelante, todas las emisiones de deuda de una YPF que no termina de convencer a los inversores. Ya técnicos del Banco Central han estado trabajando, a tales efectos, en listas con datos de liquidez y posibilidades de cada entidad financiera. Pero las incógnitas pueden ser más amplias. El martes, en la Asociación Empresaria Argentina (AEA), Luis Etchevehere, nuevo presidente de la Rural e invitado de honor al almuerzo, escuchó dos obsesiones de sus pares: los alcances y posibilidades de una reforma constitucional -con la consecuente reelección de Cristina Kirchner- y una eventual embestida contra Clarín el 7 de diciembre. El tema surgió incluso en ausencia de Héctor Magnetto, CEO del Grupo. Estaban Jaime Campos (AEA), Luis Pagani (Arcor), Miguel Acevedo (Aceitera Gral. Deheza), Alberto Hojman (BGH), Carlos Miguens y David Lacroze por AEA y, por la Rural, Daniel Pelegrina y Carlos Vaquer.

Volvió a ser un almuerzo catártico. Al mismo tiempo, en la sede de Jurca, la cámara que nuclea a las líneas aéreas internacionales, abogados, contadores y representantes de estudios jurídicos externos se reunían para discutir otra tribulación: los pedidos de la AFIP sobre los pasajeros que viajan al exterior. No es fácil cumplir. Existen en el sector la venta indirecta y el principio de confidencialidad y, además, hasta que el usuario no embarca, un pasaje no es más que un proyecto de viaje. Jurca se ha negado ya otras veces a dar datos. La última vez argumentó que sólo lo haría ante el pedido de un juez para casos específicos.

Todo se discute mientras recrudecen restricciones de cambios que, el martes, durante el lanzamiento de la Feria Internacional de Turismo, Patricia Vismara, subsecretaria de Promoción del área, definió como "supuestas". Sin embargo, algunos de estos mecanismos empiezan lentamente a remitir a la reglamentación de Venezuela, donde las extravagancias son bastante mayores: por los controles de la Comisión de Administración de Divisas (Cadivi), que limita en 2500 por año la compra de dólares con tarjeta de crédito en un país cuya población no bancarizada llega al 80%, sólo pueden viajar los de mayor poder adquisitivo. Manuel Barroso, presidente de Cadivi, es en Caracas el hombre a quien todo empresario desesperado por divisas debe llegar. Nunca a través de cámaras, casi siempre en soledad y con ánimo de ganarse su buena voluntad. Un sistema institucional débil empieza a percibirse cuando el humor de quien manda reemplaza a la estrategia. Y se convierte, a su vez, en la medida y la razón de los aplausos.

© LA NACION.

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