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El gran professore

Revista

A solas en Milán con Umberto Eco, uno de los pensadores más brillantes de nuestro tiempo

Por   | LA NACION

 
 

MILÁN.- Esquivar los vaivenes del otoño. Pasar de una llovizna indolora a un sol que desata un aire bochornoso. Por las diagonales del centro milanés uno debe esquivar ese caos civilizado que es el tráfico, en el que un enjambre de motos y bicicletas pone el cuerpo ante los autos y viejos tranvías. En el centro de la escena, la imponencia gótica del Duomo, en cuya plaza y adyacencias uno puede quedar atrapado en un remolino de camaritas japonesas, un tour de jubilados suecos o una efímera protesta de empleados de una casa de comidas rápidas, el único incidente que altera el ritmo consumista de la galería Vittorio Emanuele II.

Desde la plaza del Duomo, por la Via Dante, peatonal de negocios y cafés, se llega al Castello Sforzesco, una fortaleza que los Visconti construyeron en el siglo XIV y que hoy alberga varios museos y hasta un evento de moda. Con vista a la historia, un edificio antiguo de interior refaccionado muestra un portero eléctrico. "U.E.", dice el timbre, y la voz que contesta guía: "Segundo piso a la izquierda". La misma voz áspera recibe detrás de una sonrisa. Umberto Eco se anticipa e indaga en el idioma para dialogar. "¿Inglés o italiano? Mi español no es bueno", se excusa. Tiene un suéter fino color ladrillo; debajo del suéter, una camisa blanca a rayas y unos tiradores que sostienen un jeans azul; medias bordó, mocasines negros y unos anteojos grandes que han leído vorazmente durante décadas.

Se ha dejado la barba nuevamente (se la había quitado porque decía que en las fotos parecía Genghis Khan enojado). Sostiene en sus labios un cigarrito apagado. Hace 8 años dejó de fumar, y es la única manera que encuentra de aplacar la nostalgia del vicio. Se queja un poco. Un achaque, el nervio ciático lo tiene a maltraer. Pero a los 80 años luce vital e hiperactivo.

"Disculpen que los atienda aquí, pero tenemos la casa un poco ocupada con los preparativos para una fiesta. Con mi mujer cumplimos 50 años de casados." Su mujer es Renate Ramge, alemana, profesora de artes visuales, con quien se conoció cuando ella trabajaba en la editorial Bompiani, que aún hoy edita los libros de su marido. Este lugar es un paraíso para cualquier bibliófilo. La mitad de la casa funciona como su estudio. Un pasillo, otro pasillo..., todo tapizado de libros. Bibliotecas blancas, muy prolijas, con miles y miles de libros. Varias escaleras para llegar a los estantes más altos. Y el espacio de trabajo, con más y más bibliotecas. Y más escaleras. "Son aproximadamente 30.000 libros. Después, entre la casa del campo y mi oficina en Bolonia sumarán unos 50.000." En Bolonia está la Universidad, en la que ya no enseña, pero donde aún preside la cátedra de Semiótica. Eco ha sido un académico toda su vida. Publicó su primer ensayo en 1956, sobre Santo Tomás de Aquino. Su primer trabajo fue en televisión, cuando ésta comenzaba. Ya se había licenciado, como filósofo, en estética medieval en la Universidad de Turín. Después ingresó en el mundo editorial, siguió estudiando, siguió investigando. Empezó a dar clases y nunca paró. En la mitad de su vida se decidió a escribir una novela que pensó que iría a parar al archivo de la Universidad y terminó siendo un clásico que aún hoy sigue vendiéndose a raudales en todo el mundo: El nombre de la rosa, publicada en 1980

"Estoy seguro de una cosa. Si la hubiera escrito diez años antes o diez años después, nadie se habría acordado. Por tanto, hay ciertos momentos en que cierto libro va a responder a ciertas cuestiones. Esas cuestiones no habrían existido diez años antes o después. ¿Cuáles son esas cuestiones? No estoy en condiciones de decirlo. Y el misterio es doble en el sentido de que hay dos dimensiones. Una es que el libro se ha promocionado a través del boca en boca de la gente. Y la otra es que este fenómeno se ha dado en Italia, en Australia, en México, en la India, en todos los países. Este fenómeno no puedo explicarlo, sino que miro a través de los ojos de los traductores. Un crítico italiano amigo mío ha dicho que los libros de sus traductores están mejor escritos que los suyos."

 
Amor verdadero. Con Renate Ramge, su mujer desde hace 50 años. Foto: LA NACION / Daniel Merle
 

¿A pesar de aquello de traductor-traidor?

Yo creo en la traducción. Incluso escribí un libro sobre la traducción. Creo que el autor debe trabajar mucho con el traductor. Incluso el traductor de lenguas que no conoce. Trabajo muy bien con mi traductora rusa o con mi traductor japonés. Cuáles son los problemas que hay y que no logran resolver. Naturalmente no he podido controlar mi traductor de coreano. O el chino. Pero para las lenguas mayores, en cuanto escribo un libro mando a todos un dossier. Se manda el texto entero, con transparentes, explicaciones, comentarios, que vean que en su lengua esto no se puede decir... El Cementerio de Praga [su más reciente novela, publicada en 2010] fue mandada por el editor italiano a todos los editores extranjeros en cuanto yo le di el manuscrito, antes de que fuera impreso en Italia. Los traductores son lectores fabulosos, porque controlan diez veces cada palabra. Alguno encontró un error, una contradicción. Ayer por la mañana recibí diez mails de traductores. Uno había mandado copia a todos diciendo de una corrección. Y con cada uno el libro cambiaba. Eran cambios pequeños. Pero los traductores son gente tremenda. Uno dice: "Habla de esta calle de París, hablando del 1860, pero yo he controlado y esta calle sólo se llama así a partir de 1865". Cosas por el estilo.

Eco trabaja compulsiva y metódicamente, aun a los 80 años. Para las novelas suele tomarse un tiempo. Ocho años tardó en escribir El Péndulo de Foucault; seis años las otras. ¿Obsesión? "Sí, porque quiero hacer el trabajo bien. Podría hacer una silla por día. Pero prefiero hacer sólo una silla por semana. Porque la parte más bella para mí es el período que paso escribiendo un libro. Y por qué debo apurarme cuando es el período más bello. Cuando busco la documentación, cuando veo una cosa y me detengo. Todo eso es la parte más bella. Cuando el libro está terminado ya no me importa nada. Pero los pobres desgraciados que hacen un libro al año no tienen este placer."

¿Vuelve a leer el libro que ha escrito?

Sí, pero eso es otra cosa. Cuando digo la bella experiencia de construir un libro, quiero decir que la experiencia bella para una madre es estar nueve meses encinta, no el parto. Si tuviera que parir todos los días, sería tremendo.

Usted ha escrito en Confesiones de un joven novelista que para escribir una novela exitosa tiene que mantener algunas cosas en secreto...

Lo que digo es que en el período en el que estoy escribiendo no le digo a nadie lo que estoy haciendo. Es un placer mío. Lo cultivo para mí.

¿Ni la familia sabe?

 
Foto: LA NACION / Daniel Merle
 

No, nadie. Es cierto que una vez dije que el secreto del éxito es no aparecer jamás en televisión.

Eco nació y creció en Alessandria, en el Piamonte, pero desde hace muchos años su base está en Milán. En esta casa. En este estudio. Hay dos escritorios en fila. En uno trabaja por la mañana; en el otro, por la tarde. Cada uno tiene una computadora. Sobre los escritorios acumula libros, sobres, papeles, dos cajillas de cigarritos Café Crème, una tarjeta de embarque a nombre de Umberto Giuseppe Eco, un pocillo de café ya bebido, dos aparatos de teléfono, una lupa, una notebook, una lámpara de pie que cae sobre los papeles. Más allá, otro escritorio es ocupado por una asistente. Fuera de charla, prima el silencio, aunque si hay parlantes, en algún momento hay música. "Fundamentalmente amo escuchar música clásica. También escucho esa música que los americanos llaman de nostalgia, de los años 20 a 30. Cuando trabajo pongo un canal clásico o el canal donde se escucha a Frank Sinatra, Bing Crosby, las canciones de mi infancia. De la canción moderna diré que después de los Beatles no seguí tanto la evolución del rock, etcétera. Y toco la flauta dulce, cosas de Bach, Telemann, música clásica", dice.

Ah, la tecnología... No utiliza Twitter. La cuenta con su nombre es falsa. Tiene un teléfono celular que usa sólo para llamar taxis. "Sin volverme un cretino que camina por la calle hablando solo. Estamos obsesionados por los medios de comunicación que, ciertamente, son uno de los males de nuestro tiempo. Son un mal como en un tiempo eran las epidemias. La peste. Así como mucha gente logró sobrevivir a la peste, también podrán sobrevivir muchos a los medios de comunicación."

Con tantos estímulos, Internet, la TV, las redes sociales, ¿cuándo encontramos tiempo para leer?

Aquí también hay una selección natural. El que no encuentra tiempo para leer, peor para él. Esto vale también para el mecánico de autos. Yo uso Internet y no me impide leer. Me gusta muchísimo ver televisión. Pero no es que me paso 24 horas viendo televisión. El alcohol es muy resistido. Pero están los alcohólicos y están los que beben un whisky después de la cena. Hay infinitos estímulos. Lo veo con mis nietitos. Son llevados a leer menos libros porque ven mucho cine. Es igualmente educativo leer un buen libro y ver un buen film. Es igualmente un modo de crecer y de hacerse una experiencia. Naturalmente depende de la educación, un niño que es dejado delante de la televisión por la madre para poder salir, pobre. Existen los niños a los que los padres vuelven estúpidos. Pero una persona que tiene interés y curiosidad puede sobrevivir al exceso de comunicación. Piense en la gente que está siempre con el celular. Yo lo tengo siempre conmigo y vivo muy bien. Se puede sobrevivir.

 
Arte por todas partes. En el otro sector de su apartamento, un amplio living donde hay esculturas, cuadros, un piano y, por supuesto, libros. Foto: LA NACION / Daniel Merle
 

Las nuevas tecnologías están cambiando constantemente, pero el libro como objeto permanece...

Sí, yo no soy un pesimista. La semana pasada había perdido esto -un pendrive- y podían desaparecer todas mis labores de los últimos treinta años. Estaba desesperado, pero después lo encontré. Es facilísimo perder este pendrive, pero es muy difícil perder toda una biblioteca. El libro da una garantía de supervivencia. Puede bastar un gran apagón para destruir toda mi biblioteca electrónica. Pero yo colecciono libros antiguos. Aquí hay libros de quinientos años, que parecen impresos ayer, de una frescura. Esa es la ventaja del libro, da una mayor garantía de supervivencia. Naturalmente es menos transportable. Yo prefiero que mi nietito aprenda el latín sobre la pantalla de un iPad antes de que sufra escoliosis por cargar libros. Por qué va a cargar con toda la biblioteca si puede verla allí adentro. O si busco cierto libro, es más fácil buscarlo en Internet. Pero más allá de esto, el libro tiene mayor supervivencia. Y después está el acto físico, la cuestión afectiva, el poder tocar el objeto, poder tomar apuntes. Si busco en el sótano mi Pinocho de cuando tenía 8 años, si busco todas las marcas que le hice, ciertamente no hay ninguna relación sentimental con la versión digital. Quiero decir, la invención del automóvil no ha eliminado la bicicleta. La invención de la fotografía no ha eliminado la pintura. Lo máximo que ha eliminado es el retrato. No hay más pintores que hacen retratos. Picasso vino después de la invención de la fotografía. Las dos cosas pueden coexistir. Tendremos ciertamente en el futuro una mayor cantidad de información a través de los medios electrónicos. Es posible que para los apasionados, las bibliotecas personales se reduzcan. Tanto mejor. Cuesta menos. Pero no sólo los que piensan en la muerte del libro. Tanto más los que los coleccionan dirán: espero que no haya más libros. Tanto más valdrán en el anticuario.

Acompaña cada sentencia con una gesticulación. Y la remata con una sonrisa franca y maliciosa. Revuelve las preguntas que no lo convencen. Busca entre la ironía y sale con paso picaresco. ¿Cómo se define como novelista? Ahí viene el sarcasmo. "Cuando me preguntan cómo me llamo, contesto: yo no me llamo, son los demás los que me llaman. No soy yo el que me defino, son los demás. Durante un tiempo acepté la definición de escritor posmoderno. No sé exactamente qué quiere decir posmoderno, pero hay ciertos aspectos del posmoderno, la meta-fiction, la ficción sobre la ficción. En mis novelas siempre hay dos o tres capas, incluyendo la voz del narrador que habla de aquello que está narrando. La ironía. No la ironía de primer nivel, sino la ironía intertextual. Citar otras obras. Todos estos aspectos vagos pueden hacerme entrar no en el neorrealismo de la posguerra, sino en el posmoderno. Tampoco soy novelista histórico. El Péndulo de Foucault, La Reina Loana se ven con nuestros ojos. Pero sí hay siempre elementos del tipo de la evocación de la memoria. Me resulta muy difícil ubicarme. Porque yo no me llamo, me llaman los demás."

 
De colección. Eco, en el lugar donde se siente más feliz, en su estudio, rodeado de libros. Allí tiene unos 30.000, algunos incunables. Foto: LA NACION / Daniel Merle
 

¿Para quién hay que escribir? ¿Se debe escribir para uno mismo? Faulkner decía que si uno no entiende después de leer el texto dos o tres veces, hay que leerlo cuatro.

Los que dicen que escriben para sí mismos se equivocan. Se escribe para los demás. Se escribe como un acto de comunicación. Pero no se escribe para los lectores que existen, sino para los lectores que no existen aún, que se quieren formar, que se quieren construir. Pero hay lectores que leen diez páginas y se aburren. No nos casamos todos con la misma mujer. No estamos obligados a amar todos lo mismo. Se escribe para un lector ideal y un libro es una máquina para construir un lector. Piense en cómo comienzan las fábulas: había una vez. Ya es un modo de construir el lector. Dice tú debes ser un niño o un adulto que finge ser un niño. Son ya señales de qué tipo de lector se quiere. Hay muchos libros que leí en mi vida y dejé después de cinco páginas. Años después leí un capítulo. Y finalmente he devenido aquello que aquel libro quería que deviniese. Eso ha sido muy importante para mí. Con el libro puede no estallar de entrada el amor. Coup de foudre. Puede ser un enamoramiento lento.

Mucha gente cree que los personajes son un reflejo del autor.

El lector piensa que los libros son siempre autobiográficos. En una novela yo cuento que uno se ha enamorado de una mona y el lector débil se imagina que yo en mi vida me he enamorado de una mona. En el caso de El Cementerio de Praga [N. de la R.: fue cuestionada tanto por sectores vinculados al Vaticano como a la comunidad judía] diré que el personaje se presenta de modo tan negativo que es imposible para el lector. Una de las pruebas interesantes la tuve hoy y es que encontré en Internet que los ataques mayores me los hacen los fascistas. Dicen que esto es lo que sostiene la internacional hebraica, de los protocolos de los sabios de Sion, que esto fue escrito por un judío, etcétera.

 
Jardín de otoño. La galería que divide su estudio de otro sector de la casa está poblada de macetas. Foto: LA NACION / Daniel Merle
 

Hoy se publican muchísimos libros. ¿Quedarán sólo los que han sido escritos para la eternidad?

Vea, ciertamente el pobre que entra a una librería, al ver semejante cantidad de libros, ¿cómo hace para elegir? Hay dos posibilidades. Una, si se busca un libro importante se termina por encontrarlo. Segundo, no todos los libros son importantes para todos. Un libro es importante para usted, otro libro es importante para mí. No hace falta pensar en la literatura como una revelación divina y que todo el mundo esperaba sólo el Ulises de Joyce. El mundo podría vivir también sin el Ulises de Joyce. Uno puede haber leído otro libro que resultó igualmente formativo e importante para sí. Además sucede, mirando mi historia personal, pero creo que corresponde a la historia de todos, que han resultado enormemente importantes para mí libros que no valen nada, pero que en aquel momento fueron formativos, me hicieron pensar, me han alimentado la fantasía. No son libros importantes para todos. Pero fueron importantes para mí experiencia. Y puede darse que en la inmensa cantidad de libros que hay en las librerías se produzca una especie de selección natural a la Darwin, donde los que no vale la pena que vivan mueren.

¿Qué es más importante, enseñar a escribir o a leer?

No se enseña a escribir. Todos los que hacen escuelas para enseñar a escribir son comerciantes que lo único que quieren es dinero que les sacan a los jóvenes que pagan para hacerse escritores. Sí se enseña a leer. Los grandes escritores siempre han sido grandes lectores. Así como los grandes pintores son gente que mira los cuadros de los demás. Así se aprende. Sólo entrando en el taller se puede saber cómo se hace. Y hay algunos ensayos críticos, pienso en el ensayo crítico de Proust sobre Flaubert, que sirven para ver cómo él lee, cómo él analiza los modos de escribir de Flaubert. Leer, leer. Y no sólo leer para saber que es así. Leer para ver cómo está construido el texto. Se puede enseñar a escribir noticias periodísticas, cómo una noticia se puede dar en tres líneas en vez de nueve.

¿Cómo ve la evolución de la lengua? Parece que el celular, la computadora, han cambiado la forma de comunicarnos.

Las lenguas cambian continuamente. Dante, que escribió un pequeño tratado sobre las lenguas, ha dicho "vean que el dialecto que hablan hoy en Pavia es distinto del que hablaban hace cincuenta años". Ya se tenía esta clara sensación de que las lenguas cambian. Y sobre el cambio de las lenguas influyen infinitos elementos económicos, políticos, etcétera. En cuanto a que los nuevos medios puedan influir inmediatamente sobre el cambio de las lenguas, yo estoy muy atento. Está el caso del telegrama. El telegrama se inventó hace 80 años. Y la gente escribía: Llego mañana. Stop. Pero la gente sólo escribía así el telegrama. Es cierto que el joven que usa el celular no lee, pero esto era cierto antes del celular. No creo en esta intervención inmediata del medio tecnológico sobre la lengua. Por ejemplo, la televisión en Italia ha tenido una influencia sumamente positiva sobre el cambio de la lengua, porque después de la guerra dos tercios de los italianos hablaban dialectos. La televisión ha enseñado a todos un italiano medio. No es el italiano de Boccaccio, pero es un italiano bueno como el que estamos acostumbrados. Ahí hay una influencia de la tecnología sobre la lengua. Pero lo ha hecho en veinte, treinta años, lentamente. Existe esta influencia, pero actúa lentamente. Y no es que todos los medios influyen inmediatamente. Es cierto que el correo electrónico, con las notas más breves, está matando el arte de la correspondencia. Pero hace diez minutos usted me decía que hay muchos libros en las librerías, entonces no es que el e-mail ha hecho que no se escriba más. Serán pésimos la mayoría de esos libros, pero están escritos en un italiano aceptable.

 
Rodeado de historia. En el balcón de su casa, que mira hacia el Castello Sforzesco; detrás, Milán en todo su esplendor. Foto: LA NACION / Daniel Merle
 

Y se escribe menos a mano.

Sí, ha matado el arte de la caligrafía, que quizá vuelva, pero como han vuelto los deportes, como la equitación: no se va a caballo por razones prácticas, pero se va a caballo por el placer de andar a caballo.

Al otro lado de la casa, a donde se llega a través de una galería circular repleta de macetas, hay un living donde predominan las sombras, con un piano, algunos cuadros y el balcón que permite mirar al gran castillo. Eco se encuentra con Renate, su mujer, piel intacta, cabello plateado recogido. Eco padece de fotofobia, o eso dice para mostrar su fastidio por el flash del fotógrafo. "Ustedes son como los dentistas, dicen falta un minuto más, pero te hacen sufrir."

Usted ha dicho que la infancia es un período triste.

Yo siento que en la infancia uno se siente incompleto.

¿Pero usted tiene un mal recuerdo de la infancia?

No, he tenido una infancia muy feliz.

¿No será que lo triste de la infancia es su recuerdo?

No, en la infancia hay grandes tristezas. Puede haber tristezas infinitas. No se es ni carne ni pescado. Yo tengo bellísimos recuerdos de mi infancia. Uno de los recuerdos más bellos es del tiempo de la guerra.

¿Cómo se vive en la guerra?

¡Muy bien! Uno anda de un lado para el otro para salvar la vida, comiendo poco. Una bellísima experiencia... [risa] No, pero fuera de eso, todos los recuerdos de la infancia son dulces. Yo he dicho que en la infancia hay grandes tristezas, pero cuando se recuerda la infancia es dulcísimo. De lo que hablaba es de las noches pasadas en los refugios mientras caían las bombas. Con los otros niños nos encontrábamos. Era lo normal que cayeran las bombas.

¿Qué piensa de la nostalgia? ¿Usted es nostálgico?

Sí. Paradójicamente la vida sólo sirve para recordar el pasado y para producir el pasado.

¿Y cómo se lleva con el optimismo?

Yo no sé muy bien qué es el optimismo y el pesimismo, pero acepto la definición de Emmanuel Mounier, un filósofo francés que hablaba de un optimisme tragique. Él era un optimista trágico. Que traducido quiere decir que la vida es una mierda, pero. [risas]

Usted dijo que quien es feliz todo el tiempo es un cretino.

Pues sí.

Pero existen pequeños momentos.

Momentos de felicidad y la posibilidad de mejorar las cosas. Estoy de acuerdo con que el mundo fue construido por un demiurgo cretino, Dios ha hecho un pasticcio inmenso, pero en medio de todo esto hay cosas bellas, el nacimiento de un hijo, la escritura de un libro, el fin de una entrevista...

Un día en la vida de...

-La mía es una vida de infierno, porque cuando uno comienza a dar entrevistas trabaja tres veces más. Sólo la administración de los libros ya escritos y el trato con los traductores y editores requiere un día completo. Están traducidos a cuarenta lenguas, y si hay cuatro diarios en cada país que te piden entrevistas... Está la gente que te escribe, que te invita a un lugar. Ahora estoy haciendo cosas mías. Estoy reuniendo todos mis escritos sobre el Medievo: 1200 páginas. De 1952 a hoy. Están estos libros ilustrados. Estoy haciendo uno sobre la historia de la belleza. Si tengo que dar tres o cuatro conferencias en un año, son tres o cuatro ensayos que tengo que escribir de 30 páginas. Es otro libro de 150 páginas que uno ha escrito. Trabajo tengo cada vez más.

-¿Y fuera del trabajo?

-Nada.

-¡No le gusta salir a caminar!

-No. Una vez me hice atender por un médico que era experto en trasplantes de hígado. No quiso que le pagara. Entonces quise ver qué le podía regalar, un libro. Pero no le interesaban los libros. Le interesaban los hígados. Yo soy un poco así.

Sus libros fundamentales, con La Nacion

 
 
Lanzamiento
La obra de Umberto Eco es tan vasta como diversa. Pero hay trabajos que son fundamentales y que ayudan a ingresar en el universo de este autor esencial del pensamiento de nuestro tiempo. Es por eso que La Nacion pone al alcance de sus lectores 16 libros claves, entre novelas y ensayos. Este sábado, con el lanzamiento de El nombre de la rosa, a un precio de $ 29,90, comenzarán las entregas semanales de la Biblioteca Umberto Eco. Le seguirán títulos como El péndulo de Foucault, Apocalípticos e integrados, Nadie acabará con los libros y El cementerio de Praga, entre otros..

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