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Los talentos / Hoy, Javier Cercas

La irresistible seducción de los chicos malos

Sociedad

Hace unos días, cuando terminó una entrevista para la televisión española, un camarógrafo se le acercó y le dijo: "Oiga, ¿sabe que la novela que más me ha gustado en toda mi vida ha sido La velocidad de la luz ?" Javier Cercas se quedó perplejo. Jamás habla de esa novela maldita, escrita furiosamente contra la corriente luego de haber obtenido un éxito mundial con Soldados de Salamina , que lo transformó en una celebridad. "Después de semejante suceso viene la tentación del suicidio -me cuenta-. Se acabó, piensa uno. No podré escribir un libro más. Voy a decepcionarlos a todos." Es por eso que prefiere olvidar aquel desesperado eslabón de su obra. Pero el camarógrafo no le permitió eludirlo. Le contó a continuación que padecía un viejo problema de dislexia, y que un día tomó un ejemplar y fue poseído por esa historia hipnótica. Y que se la leyó de cabo a rabo de una sentada, algo que jamás le había sucedido. Fue corriendo al médico y le preguntó: "¿Me he curado, doctor? ¿Qué me pasó? Deme una explicación". El doctor le preguntó qué novela era. Y el paciente recitó el título y el autor. Cuando el médico supo que se trataba de Cercas, lanzó en nombre de la ciencia un diagnóstico certero: "Ah, entonces fue el libro".

Hace rato que su literatura le produce situaciones inesperadas. Tal vez porque generan adicción los enigmas verdaderos que construye y porque todas sus novelas parten de una pregunta. Que Cercas intenta responder de la manera más compleja posible. Su primer éxito surge de un episodio de la Guerra Civil, cuando el fundador de la Falange escapaba por el bosque y un soldado republicano, pudiendo ejecutarlo, le permitió vivir. ¿Quién era ese soldado, por qué lo hizo? La investigación iniciada por el narrador no solo es histórica y política, resulta también psicológica y existencial. Algo similar ocurre con Anatomía de un instante , un relato de no ficción que realzó su fama, y donde el autor indaga obsesivamente en un momento clave para la Transición Española, cuando el comando de Tejero entró en el Congreso a los tiros y Adolfo Suárez permaneció sentado en su escaño de diputado, mientras los demás se escondían. ¿Por qué Suárez permaneció en su sitio?, se pregunta el autor, y desarrolla la respuesta en cuatrocientas páginas apasionantes, que son un ensayo, una crónica y una novela a un mismo tiempo.

Su último proyecto se incubó durante la infancia de Cercas, que nació en Extremadura, pero que se mudó con su familia a Gerona, una pequeña ciudad de Cataluña. Su padre era veterinario y los instaló en un barrio de inmigrantes. Javier jugaba al básquet con los vecinos, pero un día un amigo lo llevó a unos albergues donde se alojaban los inmigrantes sin recursos. Cruzando el río Ter todo era miseria. Y de allí surgieron delincuentes juveniles que protagonizaban asaltos a bancos en los años 70 y 80, y que formaron junto con otros una galería de leyendas. Figuras malogradas que llegaron a la prensa escrita, las películas, los libros, y también a las canciones. Irrumpían en España la heroína, la rebeldía y el culto al coraje. No todos esos pandilleros, algunos de los cuales fueron inmortalizados en las páginas de la revista Interviú , surgieron de Gerona. Pero Cercas conoció a algunos: vivían a cien metros de su casa.

Mucho tiempo después, hace tres años, el escritor asistió a una muestra de la cultura ochentista en Barcelona. "Al final había una sala con retratos de muchachos lúmpenes de aquella época -dice Javier-. Todos estaban muertos. Y me pregunté: ¿cómo es que yo no soy uno de ellos?"

Esa pregunta íntima disparó Las leyes de la frontera , esta nueva novela que acaba de aterrizar en Buenos Aires y que cuenta, con aires de moderno western crepuscular, el drama de tres jóvenes salvajes: un malviviente sin escrúpulos (El Zarco), su presunta novia (Tere) y una suerte de alter ego del propio autor (Gafitas). El punto de vista central de ese derrotero, que dura más de treinta años, se encierra en los ojos de ese último pibe de clase media que durante el verano de 1969 cruza la línea y vive tres meses al otro lado de la ley. Lo hace porque es víctima de un feroz acoso en el colegio acomodado, porque se enamora de esa adolescente marginal y misteriosa, y porque sigue a un matón de esquina que, sin embargo, le enseña la libertad. "El amor y el temor te hacen valiente."

En un momento, El Zarco trata de convencer a Gafitas de abandonar la pandilla. "Porque no somos iguales -le dice-. Tu vas a la escuela y nosotros no. Tú tienes familia y nosotros no. Tú piensas en el miedo y nosotros no." Luego sucede un hecho crucial: un buchón los vende y la policía corre a los dos chicos por un campo. A la manera de El jardín del mal , aquella película de Gary Cooper, El Zarco le dice a Gafitas que escape, mientras entretiene a sus perseguidores. El destino de ambos cambia a partir de ese hecho. Uno va veinte años a la cárcel; protagoniza motines, fugas, nuevos atracos: se transforma en un delincuente célebre. Y el otro recupera una vida normal y se convierte en un abogado penalista.  Dos décadas después, Tere convence al abogado de que defienda a su viejo amigo, y entonces todas las dudas regresan: ¿quién fue el buchón, quién es verdaderamente la chica, quién ama a quién, quién usó a quién, dónde está el bien y dónde está el mal? Es tan profunda, trepidante y conmovedora la peripecia imaginada por Cercas que uno termina llorando por culpa de esos tres desgraciados.

La novela conversa imaginariamente con su ídolo: Mario Vargas Llosa. En especial, con su obra maestra, La ciudad y los perros , sobre la que Cercas escribió un magnífico artículo a pedido de la Real Academia Española. En la fábula de Vargas también hay jóvenes de doble vida que cruzan fronteras físicas y morales, hombres enamorados de una misma mujer, ritos iniciáticos entre la adolescencia y la madurez, y soplones.  En ambas novelas, los buenos terminan siendo algo canallas y los malos terminan ganándose el respeto del lector; el derrotado se vuelve exitoso y la leyenda se transforma en un gran fracaso. Cercas crea un reino de la ambigüedad donde no podemos estar seguros de nada, y jamás cae en la sordidez de la crónica roja ni en la demagogia de convertir a El Zarco en un Robin Hood. Escribe sin concesiones. Con una prosa limpia que le enseñó el periodismo: "Cuando hice crónica, yo que era un profesor libresco de gabinete, tuve que salir a la calle y dinamitar la jerga académica que usaba", me confiesa. Ahora escribe con una frase de cabecera, que pertenece a Kundera: "Las novelas han de ser fáciles de leer y difíciles de entender". Al revés de Hemingway, escribe sobre lo que no conoce, y, por lo tanto, sus textos requieren de una larga investigación. Pamuk decía: "Escribir una novela es cavar un foso con una aguja". Para esta historia escribió primero un ensayo y luego un primer borrador improvisado. Y después, para los sucesivos borradores que le siguieron, vio películas y leyó libros sobre el tema, estudió los diarios y revistas de la época, consultó abogados y policías, y visitó prisiones. "¿Sabes algo? Estoy seguro de que debería ser obligatoria en la escuela secundaria una visita a las cárceles", me dice. Le pregunto si él también fue víctima del bullying en el colegio, y me responde: "Serviría para ligar y para vender libros decir que lo fui, pero no es cierto. Aunque fui testigo de crueldades. La adolescencia es un terreno cruel".

Es interesante todo lo que su libro no dice, puesto que en esos puntos ciegos respira la historia y se torna verosímil e inquietante. "Yo creo en esos puntos ciegos de la literatura, en esa oscuridad que ilumina -añade Cercas-. La novela es el arte de callar." Vivió tres años con sus personajes, ya son como parte de su familia. Pero afortunadamente no termina de comprenderlos. Son admirables y despreciables, como cualquiera, y tienen zonas oscuras como las personas que más conocemos. El pasado nos atraviesa, a ellos y a nosotros. "El pasado no pasa nunca", decía Faulkner.

Nos despedimos hasta mayo. Javier Cercas vendrá a la Argentina. Se siente en falta por no conocer en profundidad la ciudad de Buenos Aires. "Es que mi vida sería inimaginable sin Borges y sin Bioy", susurra, a la velocidad de la luz, el príncipe de las preguntas..

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