Con la magia de Gandini y Gambaro

23 de octubre de 2012  

La casa sin sosiego Música: Gerardo Gandini / Libreto: Griselda Gambaro / Dirección musical: Marcelo Delgado / Dirección escénica: Pablo Maritano / Escenografía: Andrea Mercado / Vestuario: María Emilia Tambutti / Elenco: Oriana Favaro (Teresa), Cecilia Mazzufero (Ruth), Pablo Pollitzer (Bobo, Orfeo), Alejandro Spies (Hombre, cantinero, guardia), Nadia Szachniuk (Mujer 2), Cecilia Arellano (Mujer 3), Paul Mauch (Juan) / Sala: Centro Cultural Haroldo Conti / Nuestra opinión: Excelente

La casa sin sosiego es en cierto modo un caso límite. Los tiempos míticos suelen estar, por su misma condición misteriosa o enigmática, más abiertos que los tiempos históricos, anclados en la cronología y en lo real. Recortada sobre el mito de Orfeo, esta ópera de cámara, ya desde el libreto de Griselda Gambaro, llena, sin embargo, ese vacío mítico con una alegoría histórica.

La música de Gerardo Gandini, por su lado, incorpora lúcidamente esa fricción de temporalidades dispares. Podemos escuchar este choque entre lo cercano y lo lejano en ciertas continuidades; por ejemplo, la del madrigal sobre las palabras de Dante (que sirve de introducción y cala intermitentemente toda la ópera) y el "tempo di tango", que ataca en la escena II. Gandini jamás se desentiende de las palabras y, como otras veces, su música tiene la transparencia necesaria para que cada palabra se entienda con claridad.

Desde su estreno en el Teatro San Martín, en 1992, dentro del ciclo del Centro de Experimentación en Ópera y Ballet del Teatro Colón, prehistoria del CETC, La casa sin sosiego maduró de tal modo que sus dilemas se han vuelto aun más inquietantes. En esta nueva puesta de Pablo Maritano, encargada por la Secretaría de Cultura de la Nación para el Ciclo de Ópera Contemporánea, la acción se organiza en una gigantesca sala de espera semejante a la de las reparticiones públicas. La oficina tiene la apariencia de eso que Marc Augé llamó "no-lugar" y, después de todo, el tiempo sin tiempo de la espera constituye asimismo una especie de no-lugar.

La alternancia y los pasajes entre lo dicho y lo cantado (Juan, el protagonista) se crispan en la primera aparición del personaje de Teresa, la Eurídice. Cuando ella dice por última vez "Quien me trajo a este lugar de tinieblas", la palabra final no es realmente cantada, como si el canto se rompiera en habla. Esta diferencia es también espacial. Los personajes pasan episódicamente de la oficina a un lugar superior, supraterrenal, pero rotundo, la "casa de pena" que habita Teresa, y que la puesta señala con simples y eficaces cambios de luces.

Todas las voces

La ardua escritura que Gandini reservó para esta ópera encontró una realización impecable en la refinada dirección de Marcelo Delgado y en el desempeño sin fisuras de los músicos de la Compañía Oblicua. Por el lado de las voces, se destacaron la soprano Cecilia Mazzufero como Ruth, el barítono Alejandro Spies y el tenor Pablo Pollitzer como Bobo (especie de Orfeo que es el doble de Juan), que se lució en el aria "Tu sé morta…" con ese estremecedor acompañamiento del oboe. No menos consistente fue la actuación de Paul Mauch, que compuso un Juan entre desconcertado y sufriente. Una línea aparte merece la soprano Oriana Favaro. Cada una de sus intervenciones resultó conmovedora porque todo en ella –su voz, su figura– parecía venir de otra parte. En el final, sola en el fondo de la escena podía confundirse con un avatar de Elena, la protagonista de La ciudad ausente, otra de las óperas del compositor. En esto también influye la puesta en la medida en que Maritano tuvo también a su cargo el año pasado la régie de esa ópera en el Teatro Argentino de La Plata. Hubo un efecto de circularidad: al dialogar consigo mismo, Maritano propició un diálogo en el interior mismo de la obra para la escena de Gandini.

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