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Punto de vista

La derrota que hizo llorar a Cristina

Enfoques

Por   | Para LA NACION

La noche de las elecciones en las que Ítalo Luder fue derrotado por Raúl Alfonsín, Cristina Kirchner lloró. Lo contó ella misma el martes durante un acto dedicado a conmemorar los cien años de la ley Sáenz Peña.

Con bulliciosos militantes propios, pero sin restringirse al clásico auditorio cautivo, el Gobierno intentó esta vez organizar un acto más formal. Junto con los gobernadores y legisladores de siempre, invitó a las cabezas de los poderes Judicial y Legislativo, a los jueces electorales y, lo más extraordinario, a políticos opositores, aunque al cabo ninguno de relevancia se presentó. Al parecer los líderes opositores desconfiaron del envase institucional de la convocatoria, lo que en verdad no les exigió forzar su sagacidad, sino mirar el almanaque: los cien años de la ley Sáenz Peña se habían cumplido el 10 de febrero, día que para el Gobierno pasó sin pena ni gloria.

¿Por qué se decidió entonces echar mano a este centenario un 23 de octubre? Para engarzarlo con el aniversario de las elecciones del famoso 54% y de paso menear la epopeya del voto adolescente, proyecto para sumar votantes (¿o votos?) en plena horneada.

El supuesto planteo institucional del acto del martes duró tanto como la primera mitad del discurso central. La Presidenta no creyó oportuno hacerle un ajuste a su oratoria regular, convencida como está de que la historia de la República sólo adquiere sentido cuando ella la enriquece con sus anécdotas y opiniones. De las 2198 palabras que pronunció, 871 (40% del discurso) fueron autorreferenciales. Lo cual incluyó un comentario sobre lo que le parecía el cupo femenino -al principio no le gustaba, pero después le gustó-, enigmáticas alusiones a un par de antiguos alfonsinistas que le resultaban personas "insoportables" y el recuerdo de que ese domingo electoral del 30 de octubre de 1983, cuando regresaba a su casa en el auto "que manejaba Néstor", se cruzó con tres radicales con boinas blancas que les hicieron con las manos el saludo de Alfonsín. "No me voy a olvidar mientras viva -explicó la Presidenta con dramatismo impar-. Fui llorando de ahí hasta mi casa, no lo podía creer."

Ya que los cien años del sufragio universal, secreto y obligatorio, la reforma política más importante en 200 años de historia, no fueron aprovechados por la Presidenta para hablar sobre la evolución de los sistemas electorales ni sobre el futuro de las listas sábana o la increíble perduración de las boletas de papel (tampoco para que dijera si entre las cosas que admira de Venezuela está el voto electrónico), al menos hubiera sido interesante saber por qué decidió extraer a Luder del olvido para ennoblecerlo con sentimientos viscerales.

Si es por contar lo que se siente frente a una derrota tenía más a mano el año 2009, cuando no se rompió el invicto del peronismo, sino el del propio kirchnerismo. Pero lo más llamativo no es eso, sino el recuerdo acrítico, desideologizado, de un pasado que no se quiere terminar de explicar. Luder, quien dictó como presidente provisional los decretos que ordenaron a los militares "aniquilar a la subversión", antesala de la represión ilegal, como candidato reivindicó la validez de la autoamnistía de la dictadura, en las antípodas de lo que Cristina Kirchner sostiene hoy con pasión y jactancia..

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