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¿Habría aprobado Steve Jobs la iPad mini?

Tecnología

El escenario móvil se ha aquietado. Esto ocurre periódicamente, y es necesario. Ninguna industria puede vivir en eterna revolución ni sobrevive sin una revolución cada tanto. La más reciente y transformadora fue, en este rubro, la del iPhone, al que la revista Time nominó como invención del año (en 2007). Pese a las limitaciones de la primera edición, el salto que propuso fue tan enorme que la factoría celular en su conjunto sigue todavía alimentándose de sus ideas.

Siguió, tres años más tarde, otro sismo, el de la iPad. El lanzamiento de una versión mini, con la que Apple seguramente asestará en ese segmento un mordisco significativo, si no acaso leonino, muestra que incluso esta compañía sigue exprimiendo su propia fórmula. La de Steve Jobs, más bien.

Está todo mal

Una de las primeras decisiones dramáticas y antipáticas, pero francamente geniales que tomó Jobs al regresar a Apple tuvo que ver con la línea de productos de la compañía. Cuando revisó la oferta que llevaba el sello de la manzanita - su manzanita- se dio cuenta de que estaba todo mal. Demasiados equipos, demasiadas configuraciones, algunas solapadas con otras, demasiado para elegir.

Un día, en una reunión, trazó una línea horizontal y otra vertical en un pizarrón, delimitando cuatro cuadrantes, que etiquetó así: profesional, consumidor, escritorio y portátil . De ahora en más habría "un sólo gran producto Apple para cada cuadrante".

Así nacieron la iMac y la iBook (de un lado) y las Power Macintosh y PowerBook (del otro). Con pocos cambios, el mapa puede aplicarse a los productos actuales, cuando menos en lo que concierne a facilitar la elección de un dispositivo por parte del público no especializado. (Un vistazo al sitio de Apple da una idea de cómo sería el diagrama ahora: Mac, iPhone, iPod y iPad.)

El iPod

En noviembre de 2001, cuando Apple lanzó su primer iPod, el ambiente estaba saturado de reproductores de MP3. Cualquier ejecutivo habría dicho que no había lugar para otro más.

Pero el iPod arrasó. La clave estaba, una vez más, en esa capacidad de Jobs para ponerse en el lugar de las personas que quieren usar tecnología y al mismo tiempo no sienten ni la más mínima curiosidad por lo que hay debajo del capot. Tienen todo el derecho del mundo de sentirse así, además. El prejuicio nerd que dicta que si no te hechiza la informática, entonces no sos lo bastante inteligente es no sólo censurable, como todo prejuicio, sino además bastante poco inteligente. Perjudicó como ninguna otra cosa la popularización de Linux, por ejemplo.

La vuelta de tuerca del iPod, una en la que nadie más había pensado, fue su integración con iTunes Store, que llegó a convertirse en el principal minorista de música de Estados Unidos. En total, ya no necesitabas pasar horas eligiendo un reproductor de música. Te comprabas un iPod, y listo.

El iPhone

Cuando menos, el campo de batalla de los reproductores de MP3 estaba dominado por compañías relativamente pequeñas (Creative Labs, Archos, Diamond Multimedia) y una sola gran corporación (Sony), que, además, no le encontraba la vuelta al negocio.

Ahora, la idea de arremeter contra el mercado de los celulares fue (o más bien pareció) pura hubris . Allí nadaban a sus anchas gigantes como Nokia, Motorola, Samsung y LG. Vamos, Apple no tenía chances. Mucho menos si la apuesta incluía desarrollar nuevos materiales -como el ahora popular Gorilla Glass-, la peregrina idea de que la batería no pudiera sacarse, el ponerle un solo botón de hardware y que careciera de slot para tarjeta de memoria.

Para muchos, la propuesta del iPhone estaba tan alejada de lo que las personas esperaban que el proyecto tenía rubricado su fracaso en Myriad Pro Semibold.

Pero, como siempre, Jobs hizo oídos sordos a los focus group y a las encuestas. Al revés que con algunos proyectos de su juventud (Lisa, Newton), esta vez acertó de medio a medio.

A pesar de sus falencias (ni 3G tenía, el primer modelo), el iPhone destrozó a los gigantes. Motorola, que había inventado el celular, se desprendió de su división de móviles en enero de 2011 (así nació Motorola Mobility) y terminó por desaparecer, fagocitada por Google en agosto de ese año. Nokia quedó grogui y se asoció con Microsoft, otro de los grandes rezagados del mundo móvil. La supremacía corporativa de BlackBerry quedó por primera vez sitiada y luego inexorablemente dañada. Las marcas coreanas, sobre todo Samsung, menos pendientes de una cultura corporativa, más pragmáticas, fueron las que salieron mejor paradas, porque se adaptaron rápido. A propósito, no sé si es obvio, pero los más damnificados fueron los que se encontraban en una posición más cómoda en el momento de salir el iPhone; toda una lección.

Detrás del diseño y las ideas revolucionarias del iPhone la fórmula trazada en aquel pizarrón diez años atrás se volvía a aplicar. No importaba cuán revolucionario fuera tecnológicamente el iPhone (y lo era en varios aspectos), lo que contaba era su sencillez y su encanto. Pronto el público dejó de querer un smartphone. Quería un iPhone.

La iPad

El fenómeno iPad es más complejo. Aquí Apple inventó una categoría. Microsoft había ensayado en 2001 algo que se suele mencionar como antecedente. Pero la coincidencia está casi nada más en la denominación. La distancia entre la iPad y la Tablet PC es tan vasta que no hay modo de emparentarlas.

La iPad, calificada hiperbólicamente como mágica por Jobs, no reconocía escritura, sino gestos y toques, se deshacía del impertinente lápiz de plástico, parecía un iPhone gigante, pero era más bien una computadora personal que podías llevar debajo del brazo y, salvo para producir contenidos (donde un buen teclado y el mouse siguen siendo imbatibles), cumplía con casi todas las funciones de las más costosas y pesadas notebooks.

Recuerdo que no entendí la iPad hasta probar el primer modelo, en MacStation, a pocos días de su salida. Me di cuenta de que no era un iPhone hipertrofiado, sino otra cosa, un nuevo tipo de dispositivo informático. Muy a pesar de que estoy lejos de ser un Apple fanboy , y a pesar de que las tablets siguen sin cautivarme, no tuve escrúpulo en ponderar esta nueva disrupción de Jobs.

En todo caso, el credo no había cambiado un ápice desde aquel diagrama en 1997: elegir una iPad no requería más que tres minutos de tu tiempo.

Entre paréntesis

Los que me conocen saben que las simplificaciones me parecen peligrosas. Pero hay una enorme diferencia entre simplificar y facilitar. Simplificar es reducir las horas de matemática e idiomas extranjeros en la educación secundaria y universitaria. Facilitar es enseñar matemática e idiomas de forma entretenida y creativa.

Eso hace Apple. Sus equipos son igual de complicados que los de cualquier otra marca. De hecho, están fabricados con casi los mismos componentes. Pero en lugar de siglas abstrusas, la compañía los bautiza con nombres pegadizos. En lugar de 20 modelos con 400 combinaciones, ofrece uno sólo con un puñado de variantes. Y aún estos pocos se manejan de la misma forma desde una interfaz consistente y sin fisuras.

También aclaro aquí, antes de que alguien se indigeste con tanta manzana, que sostengo críticas muy fuertes contra esta compañía. No son sólo flores. Luego de usar un iPhone durante unos dos años, me cansé del corralito Apple, de sus restricciones, del estilo informático predigerido y dictado desde Cupertino, California. El asunto también tiene que ver con Jobs.

Todo tipo brillante proyecta sombra, y la de Jobs era su obsesión por el control. Su política estaría bien en un mundo ideal donde sólo existe una compañía informática (Apple) y donde, además, esa compañía siempre acierta y donde no es posible el jailbreaking . Pero no es así. Ni nunca va a ser así, porque las industrias funcionan como ecosistemas; cuanto más diversos, mejor.

Por lo tanto, prefiero Android y me siento mucho más cómodo con mi Galaxy SII de lo que nunca me sentí con mi iPhone. Pero lo importante no es esto, no es si se pueden (o no) hacer más cosas con un Android que con un iPhone, ni que haya cientos de modelos de teléfonos con Android y sólo uno con iOS, ni que en Android podemos elegir el market que se nos ocurra o, viceversa, que iOS sea más seguro que Android y claramente más amigable con quien no es un especialista en tecnología. Lo que más pesa, para mí, es que las arquitecturas abiertas dan lugar a ecosistemas con más participantes, lo que conduce al avance de la tecnología, al abaratamiento de los costos, la reducción de tamaño y a estándares abiertos libremente accesibles. Apple puede hoy vender un iPhone a sólo 300 dólares porque usa chips fabricados por empresas que crecieron e investigaron dentro del ecosistema originado por la arquitectura abierta de la PC. Samsung, sin ir más lejos.

Fin del paréntesis.

La iPad mini

La pregunta que me daba vueltas estos días es si Jobs hubiera aprobado la iPad mini. Es un planteo ucrónico, ya lo sé. Pero no deja de ser interesante, porque hay un gigantesco signo de interrogación detrás del fenomenal valor de mercado de Apple, que podría traducirse así: ¿cómo sigue esta compañía sin la magia de Jobs?

Creo dos cosas, en este sentido. Primero, que Jobs hubiera tenido mejores reflejos y la mini habría salido antes que la Nexus 7, de Google y Asus, y la Kindle Fire, de Amazon. Segundo, la competencia de Apple sabe bien que no hay nada que temer en este momento. El que se aparecía de la noche a la mañana con las ideas disruptivas era Jobs. Si estuviera entre nosotros, los jugadores de este partido global dormirían un sueño intranquilo, porque en cualquier momento el mago sacaría de la manga uno de esos ases que lo cambian todo. La iPad mini no cambia nada.

Pero la pregunta tiene otra derivación. Mal que le pese a sus detractores, basta mirar alrededor para darse cuenta de la fuerte dependencia que la industria informática tuvo y sigue teniendo de Steve Jobs. Observe: las ventanas y las interfaces gráficas en general; el mouse; los sistemas integrados de hardware, software y contenidos (empezando por el combo iPod/iTunes Store); las tiendas de aplicaciones; las pantallas táctiles; los nuevos smartphones; las tablets; Siri. La lista es abrumadora, y aunque varios de los ítems no fueron inventados por Jobs, todos ellos fueron masificados por él. Vio por dónde iba la cosa, y los demás lo tuvieron que seguir.

El único que lo iguala en este sentido es Dennis Ritchie, que falleció una semana después que Jobs y que, junto con Ken Thompson, había creado el lenguaje C y Unix a principios de la década del 70. Variantes de C se usan hoy para programar casi todo, incluidas las apps de iPhone, iPad y Mac OS X (Objective-C). Sobre C se basa también Java, el otro lenguaje muy popular de estos tiempos, empleado entre muchas otras cosas para escribir apps para Android. ¡Y Unix, ni hablar! Inspiró Linux, cuyo núcleo es el corazón de Android. Mac OS X y iOS se basan en la versión 3 de Mach, un kernel diseñado por la Universidad Carnegie Mellon para reemplazar el núcleo de Unix BSD. El próximo sistema operativo de BlackBerry, el 10, también es tipo Unix (se basa en QNX).

***

Pero, volviendo al interrogante del principio, tal vez la pregunta no sea cómo sigue Apple sin Jobs, sino cómo sigue la tecnología digital de consumo sin él.

Pero a no preocuparse. Los próximos visionarios están ahora en algún garaje o en algún laboratorio. Ya sabremos de ellos. Cuando todo vuelva a cambiar..

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