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Testimonio

Nuestra doméstica batalla por el interés

Sábado
 
 

Con cuatro hijos de entre 15 y 6 años y una buena cantidad de pantallas que van de la TV y la computadora a los celulares y iPods, en casa se vive con cotidiana naturalidad la pulseada entre estar conectados a un artefacto y estar conectados con los demás. Los celulares (de mis dos hijos más grandes) llegaron entre los 13 y los 14, la edad en que empezaron a andar en colectivo o a quedarse solos en el club. Pero el reclamo había llegado antes, con el clásico argumento de "todos tienen". Parecía que por no acceder al objeto deseado los estábamos condenando a un impiadoso destierro. Hoy, con planes más bien acotados, los chicos además aprendieron a administrar sus llamadas y mensajes.

Sin embargo, aquel objetivo original de estar ubicables o de poder llamar en caso de urgencia quedó definitivamente opacado por la lista de otras funciones que el celular puso en sus manos: juegos, chat, Facebook, Messenger y un largo etcétera. Es cierto que en ese uso hay de todo, desde el necesario tiempo de la diversión hasta la comunicación con amigos, pero admito que la imagen de los pulgares dándole al miniteclado por momentos me resulta un tanto inquietante.

Y el asunto se complica cuando uno registra todas las pantallas que tienen a disposición. Con mi mujer fuimos ensayando algunas estrategias: nunca sucumbimos ante la tentación de un segundo televisor (lo que obliga a todos a negociar o a sentarnos a mirar lo que el otro prefiere), flexibilizamos la antigua prohibición de patear la pelota adentro (¡en casa hay siete!), y hay muchos más libros para chicos de lo que dicta la demanda natural.

Hace pocos días y con cierta puesta en escena, les dijimos: "Las pantallas son un gran invento, pero mucho tiempo frente a ellas puede dañar seriamente nuestra capacidad para conectarnos entre nosotros". Improvisamos entonces el "Plan 120 minutos". Las dos horas son ahora el "límite diario sugerido de pantallas", y para los más grandes, en modalidad autocontrol. Mientras tanto, como todos, hacemos lo que podemos: paciencia para entender lo que significan estos cambios de hábito, fortaleza para acompañarlos con decisiones antipáticas e imaginación para crear en casa un ambiente que les resulte más interesante que el que encuentran en las pantallas. Todo con la esperanza de actualizar aquel grito de guerra: "¡Menos Messenger y más Mazinger !"..

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