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River convive con la desgracia

Deportiva

Allá enfrente, del balcón de la platea San Martín cuelga la bandera en la que se lee, letras rojas sobre fondo blanco, "Mi manera de ser feliz".

Acá abajo, en el corazón de la platea Belgrano, esa forma de felicidad se expresa de una manera muy particular: con una ansiedad que adelanta la fiesta y con un nerviosismo que le otorga dimensiones de reivindicación a la tarde. Es el superclásico del reencuentro y River despliega su grandeza en las tribunas, como para que no queden dudas de que lo que pasó, pasó, y fue sólo un paso en falso.

Conviven, en este rincón del Monumental, vitalicios que recitan de memoria una formación de hace medio siglo cuando se los consulta cuánto hace que siguen al equipo con barras retirados que se mueven por allí como leones herbívoros y mantienen vigentes sólo los hábitos más alegres de sus tiempos en el paraavalancha. También hay mayoría de hinchas medios, como uno que prefiere taparse los ojos llorosos cuando el equipo sale a la cancha en medio de un fervor como el de mejores tiempos.

Se los destapó, sin embargo, para ver bien de cerca, porque casi todo se dio en ese sector del campo, cómo en 13 minutos (sí, en 13), River, su River, le volvía a dar muestras de una convivencia con la desgracia que en los últimos tiempos se le ha vuelto crónica. Gritó como loco el gol de Ponzio, por supuesto, pero no le pasó del todo por alto que en ese tiempo perdió a dos jugadores con lesiones graves: ahora fueron Ramiro Funes Mori y Aguirre, como antes habían sido Mercado y Maidana. Desgracias del destino ambas, eso sí, propias de la naturaleza del juego.

La apatía de Boca, además, no daba para alimentar tanto los pensamientos negativos. River tenía enfrente al rival ideal para reivindicarse. Y hasta para homenajear y darle el gusto, también, a David Trezeguet. Protagonista durante toda la semana de la cuenta regresiva del superclásico, con su viaje relámpago a Europa con entrenamiento incluido, el francés mostró en un tiempo para qué estaba: tanto se le vio su enorme jerarquía en un par de pases de primera, de los que llevan su sello pero ofrecidos en dosis de cuentagotas, como dejó en evidencia las enormes limitaciones a las que lo expone su físico maltrecho. Tal vez por eso, cuando el partido se había puesto 2-1 por un penal que River le regaló a Boca (González Pirez, como Sánchez ante Newell's), y el cartel del cambio informó que Almeyda había decidido que Funes Mori ingresara por Mora y no por él, un escalofrío recorrió buena parte del estadio. Particularmente, esa platea Belgrano Baja donde se apiñaban veteranos de mil batallas, barras de otras épocas y también hinchas medios. La sensación fue que se estaba llamando a la desgracia. Esta vez, no era cuestión del destino, o de la naturaleza del juego. Esta vez era una decisión, o la mirada del partido. Almeyda eligió el camino más difícil, el del sufrimiento innecesario. Y Boca intuyó el desconcierto.

Nadie puede decir cómo habría terminado la historia si el cambio hubiera sido otro. Pero sí se puede asegurar que Trezeguet se habría llevado una ovación merecida y no habría quedado expuesto a protagonizar una par de jugadas equívocas, justo antes del final fatídico para este River que no termina de encontrar la manera de ser feliz..

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