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Teatro

Pánico y supersticiones, en la noche de estreno

Espectáculos

En la noche del estreno, si antes de levantar el telón un gato negro cruza el escenario, es señal de que la obra permanecerá mucho tiempo en cartel. Pero puede ocurrir que el gato pase a telón alzado, lo que provocará murmullos y risas apenas contenidas en el público, y la noche estará perdida. Si en esa misma ocasión uno de los actores encuentra, tirado en el piso, un clavo torcido, el augurio es negativo, pero será positivo si el clavo está derecho. Éstas son apenas dos de las supersticiones más comúnmente vinculadas a la profesión teatral, entre muchas otras. Nuestro protagonista de dos semanas atrás, el periodista, poeta, dramaturgo y ensayista español (nacido en Cuba en 1873, cuando la isla era aún colonia española) Eduardo Zamacois (falleció en Buenos Aires, donde había residido largamente, en 1971), aborda el tema en un capítulo de su libro Desde mi butaca, editado en Barcelona, en 1907. El capítulo se titula "Supersticiones", y consigna: "No hay artistas más fáciles a rendir vasallaje a una superstición cualquiera que los comediantes. Las noches de estreno, especialmente, sus sentidos parecen adquirir una cualidad extraña: Todo los sorprende y el detalle más frívolo los reanima, o los asusta".

Zamacois atribuye esos miedos a la extremada sensibilidad y la inestabilidad psíquica de los actores, y al hecho de que están exponiendo, literalmente, su cuerpo ante la reacción, imposible de predecir, del público, ese "monstruo de mil ojos" que los escudriña sin piedad, admitiéndoles a menudo toda clase de transgresiones (sobre todo a los cómicos) y exigiéndoles, otras veces, una perfección inalcanzable. El primer rubro es lo que los franceses llaman "guigue", los italianos "jettatura" y los españoles "mala sombra". "Desgraciado el artista a quien un malintencionado, por necio pasatiempo, atribuye el poder de la jetta. Inmediatamente la noticia se propala de teatro en teatro, de tertulia en tertulia. Sus compañeros, temiendo el fatal contagio, le vuelven la espalda; cuando se habla de formar compañía, nadie se acuerda de él; los empresarios se niegan a recibirlo. Es un aislamiento unánime, despiadado, homicida, como una excomunión."

Prosigue: "A este peligro se hallan expuestos también los autores, los mismos teatros y hasta las obras". Es imposible catalogar las infinitas formas asumidas por estas creencias, pues a las que podríamos llamar institucionales se agregan las personales. "Enumerar aquí el larguísimo catálogo de aprensiones que atormentan el espíritu de la gente de teatro, sería imposible", afirma Zamacois. Y lo más curioso es que son mundiales, muchísimas de ellas compartidas por todos los camarines de Occidente y aun de otras regiones. Por ejemplo, el color amarillo: hay quien sostiene que la resonante caída de Oscar Wilde de rey de los escenarios londinenses a recluso en la cárcel de Reading, se debió a su insistencia en usar el amarillo como predominante en la puesta en escena de su Salomé. Otra consigna internacional es la del tejido: guay de la actriz que en los intervalos se dedique a tejer. Y ni mencionar -jamás se lo debe hacer- a víboras, serpientes y ofidios en general, boas o culebras.

El eminente actor español Ricardo Calvo salía a escena santiguándose si por casualidad alguien había dejado inadvertidamente en su camarín unas tijeras abiertas en su dirección. No menos ilustre, Fernando Díaz de Mendoza aconsejaba a su elenco no comer aceitunas antes de pisar el escenario, porque predisponen a cometer esos tropezones de la lengua denominados furcios.

Entrar al escenario con el pie derecho. No estrenar en martes. No cruzarse con tuertos. No pisar las junturas de las baldosas. Todos incisos de un código jamás escrito, pero siempre vigente..

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