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Misterios españoles

Viernes 02 de noviembre de 2012
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PARA LA NACION
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Pepita Jiménez. Autor: Isaac Albéniz. Director: Manuel Coves. Régie: Calixto Bieito. Elenco: Nicola Beller Carbone, Enrique Ferrer, Adriana Mastrángelo, Gustavo Gibert, Víctor Castells, Sebastián Angulegui y elenco; y Coro y Orquesta Estables del Argentino. Sala: Teatro Argentino. Próximas funciones: hoy, a las 20,30 y domingo, a las 18,30. Nuestra opinión: buena

En las puestas de Calixto Bieito se confunden y entremezclan aciertos, genialidades, lugares comunes, simbolismos y metáforas, apuestas de alta creatividad y cataratas de ideas desde las más admirables hasta las más inesperadas, desde las más obvias hasta las más crípticas. La resultante es que su figura y su trabajo pasan a ser, indefectiblemente, el centro de la atención. En la eterna controversia entre los aspectos musicales y los teatrales de la ópera -de un espectáculo dramático musical estamos hablando-, si Bieito está en el medio, el fiel de la balanza se inclina largamente hacia lo teatral. Y en sí mismo esto no está ni bien ni mal. Como tampoco puede ser merecedora de crítica su adaptación de Pepita Jiménez , la novela de Juan Valera que, dentro de una sutil y muy decimonónica crítica social a la iglesia, está centrada en el conflicto entre el amor terrenal de Pepita hacia Luis y las dudas espirituales de este aspirante al sacerdocio. En la lectura de Bieito, de principio a fin, el objetivo es la presentación de una España subyugada y oprimida por una iglesia católica asfixiante y oscurantista.

Salvada la cuestión de que no es la interpretación y recreación de un libreto por parte de Bieito el tema a observar, sí lo es un tipo de propuesta dramática muy fragmentada, segmentada y de yuxtaposiciones visuales y escénicas que no sólo no se corresponden con el devenir musical, sino que parecen montarse casi caprichosamente sobre él. Entre el discurso romántico de Albéniz, con algunas pinceladas españolas muy recatadas, el texto cantado en inglés y la idea escénica de Bieito hay una profunda incomunicación. Resuelto a ofrecer un cuadro de los sufrimientos y los ahogos que el catolicismo le ocasionó a España, no es de imaginar que Bieito hubiera cambiado sus concepciones escénicas si la ópera hubiera sido cantada en alemán, como lo fue en Praga, en 1896, o si la música hubiera sido, por caso, de Granados, de Richard Strauss o de Boulez.

Bieito presenta, como eje cardinal, una tremenda estructura de veintiocho armarios de dobles puertas en un muy atractivo armazón de cuatro pisos. Dentro de cada cubículo viven y se ocultan los personajes y todos sus tormentos. Entrando y saliendo de los armarios, llevan adelante sus trabajos cantantes que, salvo una honrosa excepción, no terminan de acomodarse ni como excelentes cantantes ni como excelsos actores. Todos los personajes, sin excepción, acusan comportamientos que bordean los trastornos siquiátricos, con severas alteraciones conductuales (algún especialista podría efectuar algún diagnóstico más preciso). Así, se suceden ad infinitum escenas e imágenes de fantasías eróticas, anomalías, aberraciones sadomasoquistas y una profusión de situaciones que promueven la ya mencionada fragmentación discursiva y que concluyen por centrar la atención en la observación de lo que acontece puntualmente en cada instante sin que haya manera de hacer fluir alguna continuidad. Y el fraccionamiento no es sólo sucesivo, sino que, simultáneamente, se yuxtaponen distintos aconteceres. Cuando Pepita sufre el gran quebranto que precede al final, se derrumba sobre el piso y es consolada por Antoñona. En ese mismo momento, a la izquierda del escenario, Luis tiene sentado sobre sus muslos a un monaguillo adolescente a quien reprende con meneos y aproximaciones cariñosas de alta sensualidad en tanto que, a la derecha, Don Pedro, a quien Bieito convierte en un libertino un tanto hediondo, viste de novia a un personaje femenino muy maltratado cuya presencia, según los que accedieron a la información, se corresponde con imágenes de La tía Tula , la novela de Unamuno llevada al cine por Miguel Picazo.

En lo estrictamente musical, y tal vez en defensa de Bieito, que con sus inclaudicables estímulos escénicos distrajo la atención de lo sonoro, puede convenirse en que la música de Albéniz parece insuficiente para sostener la tensión dramática o para despertar alguna admiración. Quizá lo más rescatable sean los intermedios sinfónicos, éstos sí intensamente españoles, que fueron aprovechados por Bieito para abrir y cerrar puertas y hacer desfilar más personajes y alguna que otra psicopatología. Ninguno de los cantantes pudo sobreponerse con suficiencia a los volúmenes de la orquesta que imprimió Manuel Coves, y sólo Víctor Castells, el vicario, denotó una voz profunda y un canto parejo a lo largo de todo su registro, algo tan sencillo, pero que, concretamente, no abundó.

Hubo largas ovaciones y los aplausos se extendieron generosos. Más allá de las observaciones, en el Argentino se pudo ver un estreno de Calixto Bieito, en una producción que luego marchará a los Teatros del Canal, de Madrid. Tal vez en el hecho de la primicia y sus perfiles, más allá de las aceptaciones o controversias que puedan suscitar, está la gran justificación de esta presentación.

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