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Cómo gobernar en un mundo globalizado

La democracia representativa ha sido cuestionada por formas más directas y participativas, con dudoso resultado. ¿Es posible integrar valores de Occidente y Oriente para guiar a un país? De esto se habló en el Foro Iberoamérica

Viernes 02 de noviembre de 2012

CARTAGENA DE INDIAS.- La desconfianza planetaria en la política, la insuficiente regulación del casino en que estalló la crisis financiera internacional de 2008, que aún perdura, y la recomposición del mapa de influencias mundiales por el enorme beneficio en la globalización de los países emergentes fueron tres ejes en los debates del Foro Iberoamérica, que conduce Ricardo Lagos, ex presidente de Chile.

Hasta ayer, no más, habría sido inverosímil que los europeos fueran indagados por América latina sobre cuándo comenzarán a vender activos a fin de abrir un recorrido inverso al de un pasado de siglos y Europa asuma así con más realismo las dificultades del presente. Eso se ventiló en Cartagena por boca, entre otros, del mexicano Carlos Slim, con el peso de los 73.000 millones de dólares de sus bolsillos.

Tiempos de un giro histórico envidiable para los argentinos, habitantes de ese otro y extraño mundo de "vivir con lo nuestro", mencionados aquí no mucho más que para desearles suerte a los que padecen de persecución minuciosa por exponer ideas y estilos en disidencia con los que dominan. O mencionados, apenas, por el curioso hecho de que desde 2008 los países de la región han fortalecido sus reservas, salvo la Argentina y Venezuela.

Si China, después de Mao y de la perversa "revolución cultural" de la Banda de los Cuatro, fue capaz de penetrar en una era de transformaciones que la han convertido en la segunda economía mundial, siempre habrá esperanzas de que en algún momento llegará la redención de una sociedad, por extraviada que se encuentre. ¿Quién hubiera imaginado que en los primeros borradores de la agenda del Foro para el próximo año una voz autorizada plantearía por qué no estudiar las vías por las que Cuba acceda a un nuevo horizonte, a la luz de la hipótesis de que se transfigure en un Singapur en América? ¿Acaso habían acertado quienes creyeron que Vietnam, al cabo de la larga guerra con los Estados Unidos, expandiría los rasgos del modelo de comunismo nacionalista en vez de abrirse a las inversiones y el comercio internacional?

Notables coincidencias las de Cuba y Singapur. Para estas islas la contemporaneidad comenzó en 1959. Una, con Fidel Castro; la otra, con Lee Kwan Yew. Ambas han sido por más de medio siglo escenario de ensayos brutales en política, economía, cultura. Lee no apostó menos que Castro a la utopía del "hombre nuevo", pero los resultados difirieron de modo abismal: Singapur, condecorado con los máximos galardones en las competencias en que se evalúa la educación pública, ha entrado en el siglo XXI como el país más eficiente del mundo capitalista, a condición de que se acepte que la libertad de expresión quede fuera de la categoría de derecho humano fundamental y de que se abstraiga del concepto de buena gobernanza; Cuba ha subsistido, con más pena que gloria y libertades anuladas todavía, por la protección soviética, primero, y de Venezuela, después.

Lee se retiró hace muchos años del poder formal. Ahora ejerce el mando su hijo, Lee Hsien Loong. Fidel Castro ha dado por igual un paso al costado, pero la jefatura heredada por su hermano Raúl es una manifestación del nepotismo común a estos países que desde hace años se han prometido encontrar campos de acción conjunta.

El gran tema de estos días es, pues, el de la exploración de nuevas modalidades de gobierno que calmen a sociedades insatisfechas, interconectadas al instante entre sí por redes globales en las que expresan rebeldía por gobiernos que cumplen tarde y mal su cometido. Sociedades que otras veces, observa Ricardo Lagos, por tener más, demandan más.

La democracia representativa ha venido así a ser cuestionada por la democracia participativa, que reclama, por un lado, libertades insostenibles en el tiempo, y por el otro, hasta origina monstruos que invitan, en incomprensible contrasentido, a deslegitimar la libertad de prensa. California, caso patético de los resultados de la democracia participativa, ha sido señalada por Felipe González como el Estado fallido más rico del mundo. Es la novena economía mundial y asiento, en Silicon Valley, de la mayor concentración de talentos cibernéticos. Sin embargo, está fundida, con la educación pública degradada y gravísimos déficits de infraestructura.

California es el modelo de cómo los procesos insostenibles de democratización, con iniciativas y referendos constitucionales para enmendar e invalidar leyes y hasta destituir funcionarios, pueden derivar en que un Estado con todo para ganar, pierda.

Por eso, uno de los hechos enriquecedores de este Foro fue la exposición de Nicolás Berggruen, filántropo germano norteamericano, y Nathan Gadels, periodista y académico, autores del libro Una gobernanza inteligente para el siglo XXI: a medio camino entre Occidente y Oriente (Taurus).

Berggruen y Gadels conjeturan que tal vez algo de lo más grave de nuestro tiempo sea la mitificación de la ética cultural de la gratificación inmediata. O sea, que con excesiva frecuencia "la política gira más alrededor de las próximas elecciones que de las próximas generaciones". Algunos señalamientos del libro:

La demanda de gratificación inmediata es propia de la cultura consumista, que paradójicamente –agrego– condena en teoría el populismo

A veces, la democracia es votar por el pasado, porque es votar por los intereses creados del presente

Los padres fundadores de los Estados Unidos renunciaron a la experiencia de la democracia directa porque no estaba filtrada por las instituciones deliberativas, preparadas en principio para atender los intereses sociales de largo plazo

Sólo con libertad de expresión hay una democracia vigilante

La globalización significa, por encima de todo, interdependencia de identidades y no un modelo único, pues el poder económico tiende a engendrar autoafirmación cultural y política

La clave del libro concierne a la indagación de si es posible o no en la contemporaneidad abrir una vía intermedia entre las concepciones de Oriente y de Occidente como respuesta al descontento generalizado con la política. Cómo hallar una vía que articule las esencias de la democracia con las de la meritocracia, la libertad con la autoridad, el sueño individual con el sueño colectivo. No nos hallamos en todo sentido en el hemisferio más preparado para una empresa como ésa: en la mente de Occidente, previenen los autores, los territorios y las ideologías se ganan o se pierden; en cambio, para la mente oriental –subrayan– la tendencia es a equilibrar constantemente los aspectos complementarios de un todo. Hay márgenes de elasticidad para aproximar criterios, pues "las verdaderas fronteras –como dice el lingüista peruano Julio Ortega– no están en la geografía; están en la historia", que se halla en permanente gestación.

Observemos, entonces, mejor a China y procuremos que China ponga más atención en los logros democráticos de Occidente, en particular los de los Estados Unidos, según la propuesta de Berggruen y Gardels. Anotan que la estatua de Confucio de nueve metros de alto que se levantó tiempo atrás en China frente a una imagen de Mao es la misma de quien predicó cinco siglos antes de Cristo sobre la conveniencia de que gobernaran los mejores, como respuesta a las pasiones populares y al emperador en su arbitraria soledad.

Con economía regulada de mercado y en un régimen de partido único, China ha entrado en la prosperidad sin aflojar todavía las riendas que sujetan la libre expresión de los individuos o se avance en la rendición social de cuentas. Pero nadie accede a lo más alto del poder –a la Comisión Permanente del Politburó– sin una eficaz carrera previa en más bajas estructuras gubernamentales, según lo impone la tradición milenaria. Por eso, nuestros saltos desde la nada al gran espacio de la política resultan asombrosos para los chinos.

En un mundo superpoblado, en el que no menos de seis ciudades –desde Tokio y Shanghai hasta México y San Pablo– oscilan en alrededor de 20 millones de habitantes, el viejo concepto de Estado-nación, desnaturalizado ya por la globalización, comienza a convivir con la idea renacentista de la ciudad-Estado y la fragmentación de las sociedades preexistentes. Es un nuevo capítulo para cargar sobre los hombres públicos –políticos, académicos–, junto con los fenómenos crecientes de desigualdad social y de pobreza, de educación pública y salud.

La amenaza permanente de las cuatro "t" atraviesa sin solución de continuidad el planeta: el terrorismo y los tráficos de armas, de drogas y de personas. Si al menos en esto hubiera una mayor cooperación mundial para el desafío, seguramente el mundo sería mejor. En estos debates ardió la conciencia de todos cuando el general colombiano Oscar Naranjo, que condujo las operaciones que acabaron con Pablo Escobar Gaviria, informó que por una niña "puesta" en el mercado de Tokio se paga el doble que por un kilo de cocaína: 100.000 dólares.

¿Es éste el mundo en que queremos vivir?

© LA NACION

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