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Los efectos políticos del huracán Sandy

Opinión

NUEVA YORK

En la jerga política norteamericana, "la sorpresa de octubre" es aquel acontecimiento inesperado que irrumpe en el tramo final de una campaña electoral (por mandato constitucional, la elección presidencial tiene siempre lugar el primer martes de noviembre) y que puede llegar a afectar su resultado. Este año, ese aciago honor le correspondió al terrible huracán de nombre amable, Sandy. Junto con su devastador saldo de destrucción y muerte, la monstruosa tormenta ha generado también importantes efectos políticos.

El efecto más inmediato fue destacar el rol de FEMA (Federal Emergency Management Agency), la agencia nacional de manejo de catástrofes tristemente célebre por su lamentable desempeño durante el huracán Katrina. La administración Obama apostó a fortalecerla, y la apuesta rindió frutos: el papel de FEMA en la coordinación de las tareas de reconstrucción es ampliamente valorado por la población.

En este clima de aceptación general del rol del Estado frente a los desastres naturales, una declaración del candidato republicano Mitt Romney ha regresado del pasado para perseguirlo. En uno de los debates de la interna, el precandidato Romney contestó así a una pregunta sobre el futuro de esta repartición: "Cada vez que uno tiene la oportunidad de sacar un recurso del gobierno federal (nacional) para dárselo a los estados, hay que hacerlo; y si se puede ir más allá y traspasarlo al sector privado, mejor".

A lo largo de esta campaña, Romney desplegó una camaleónica capacidad para acomodar sus afirmaciones a las expectativas de cada nuevo auditorio. Que esto lo hiciera caer en flagrantes contradicciones pasó probablemente inadvertido para el sector menos informado de los votantes, que en un final tan ajustado como el que se prevé puede llegar a inclinar la balanza a su favor.

Pero la brutalidad del "archivo" desnudó la verdadera naturaleza del candidato. En realidad, esta propuesta "noventista" es un sinceramiento de la vieja agenda republicana de desmantelamiento del Estado benefactor, radicalizada desde la aparición del Tea Party y corroborada con la selección como compañero de fórmula del congresista Paul Ryan, adalid del recorte presupuestario en la Cámara de Representantes.

La incomodidad de Romney ante sus propias palabras se hizo evidente cuando evitó responder las consultas periodísticas sobre este tema. Pero la herida mayor se la propinó Chris Cristie, el carismático gobernador de Nueva Jersey, el estado más castigado por el huracán. Christie, cuyo nombre se barajó como posible número dos de Romney, fue el orador de fondo en la convención republicana y ha sido uno de los críticos más implacables de Barack Obama.

En sus primeras declaraciones luego de la emergencia, sin embargo, Christie solicitó explícitamente el apoyo de FEMA y del gobierno nacional para afrontar el costo de la recuperación y se deshizo en elogios hacia Obama, con quien dos días después recorrió las zonas más afectadas del Estado Jardín.

Hay una discusión de más largo alcance sobre las causas profundas del desastre y las medidas que deberían tomarse para reducir el impacto de fenómenos similares en el futuro. La ciudad de Nueva York está apenas unos metros por encima del nivel del mar. La combinación de olas, lluvia y mareas elevó dicho nivel a su pico histórico en casi dos siglos; en consecuencia, los puentes subacuáticos que comunican Manhattan con los condados vecinos y gran parte de la red del metro -muchas de cuyas estaciones quedan a unas pocos metros de la orilla del Atlántico o de los ríos que rodean la isla- quedaron inundados. El desborde del mar y del Hudson, un estuario, llenó con una mezcla insalubre de agua salada, restos de gasoil y basura calles, sótanos y terminales eléctricas, lo que desencadenó cortes de luz e incendios en distintos puntos de la ciudad.

El costo de la reconstrucción será sin duda astronómico. Pero ninguna discusión seria sobre este tema puede comenzar mientras no se aborden los problemas de fondo: cambio climático y calentamiento global, dos términos ausentes de los debates electorales.

Según encuestas recientes, el 74% de los estadounidenses creen que el calentamiento global es la causa de los violentos cambios del clima, pero un importante segmento de la opinión pública y poderosos intereses empresarios siguen negando su existencia. Esos sectores se yuxtaponen con los que niegan la teoría de la evolución y probablemente también con los que protagonizan el aumento de la xenofobia y los prejuicios raciales. Una reacción conservadora a los cambios de largo plazo que atraviesa el país.

Pero para solucionar el largo plazo primero hay que sobrevivir al corto plazo; en otras palabras, ganar las elecciones. Sandy alteró la dinámica de los días finales de la campaña: toda catástrofe de esta magnitud impone al menos un par de días de veda política a los candidatos (no así a sus representantes o a los candidatos a vicepresidente, que siguieron haciendo campaña lejos de las zonas más afectadas). En elecciones virtualmente empatadas como éstas, cancelar a último momento actos de campaña es potencialmente letal para ambos candidatos.

El más perjudicado, en principio, es Romney. El republicano venía repuntando en las encuestas y ganando momentum gracias a un avance notable en segmentos demográficos clave, como el voto femenino. Este impulso se cortó. El margen de acción del ex gobernador quedó también reducido: sus primeras apariciones públicas para pedir ayuda para los damnificados y recibir donaciones de sus simpatizantes lo muestran en un papel claramente menor que el que le toca desempeñar a Obama como comandante en jefe. Y en un país que tiende a unirse después de una crisis, cualquier ataque excesivo hacia el presidente puede enojar a los votantes en disputa.

Las primeras mediciones son favorables al presidente. Según la encuesta de seguimiento del Washington Post del 31 de octubre, prácticamente 8 de cada 10 posibles votantes, incluyendo dos tercios de los posibles votantes de Romney, consideran que Obama ha hecho un trabajo "excelente" o "bueno" en su manejo de la tormenta.

Sin embargo, sería aventurado concluir de estos datos un triunfo de Obama. La mayoría de los encuestadores considera que las elecciones serán decididas por los votantes de cuello azul de Ohio, un estado que tradicionalmente ha elegido al ganador de las contiendas nacionales. Es muy difícil predecir cuál será en esos votantes el efecto de los hechos de estos últimos días.

Más allá del resultado del próximo martes, la imagen de un presidente demócrata que lucha por su reelección y un crítico gobernador republicano reconfortando juntos a las víctimas de esta tragedia fue un bálsamo tras los feroces enfrentamientos de una larga campaña.

Sea por sentido del deber o por cálculo político, ambos estuvieron a la altura de las circunstancias. Al fin de cuentas, poner el interés de la gente por encima del mezquino interés partidario puede resultar también la mejor manera de hacer política.

© LA NACION.

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