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De la revolución a la militancia desde el poder

Enfoques

En los 70 aspiraban a utopías de renovación; hoy defienden desde el Estado la re-reelección presidencial y cifran el éxito de la gesta kirchnerista en la "liberación" del 7-D. ¿Qué hay de los "soldados de Perón" en los jóvenes K?

Por   | Para LA NACION

El 7 de septiembre fue un día más salvo por un episodio político quizá menor, aunque no carente de significado. Ese día, un nutrido grupo de referentes kirchneristas y militantes de diversas agrupaciones juveniles ultra K celebró el Día del Montonero. El recordatorio apuntó a ensalzar la figura de los líderes de la organización armada Fernando Abal Medina y Gustavo Ramus, muertos en 1970 en un tiroteo con la policía frente al bar La Rueda, en Hurlingham. En ese mismo lugar, dos meses atrás, se escucharon elogios a la Presidenta, consignas revolucionarias y cantos en los que se mezclaban Perón y Evita con Néstor y Cristina, y a la hora de los discursos se sugirió la idea de una continuidad entre la lucha de los 70 y el proyecto kirchnerista. La idea de que acá se está retomando, aggionarnada , aquella revolución social. Cuatro décadas quedaron borradas aquel día bajo el manto de una misma épica militante.

Pero, ¿cuánto tienen en común los militantes de hoy con los de ayer, más allá de que las armas ya no son una opción? ¿En qué se parece su lucha y qué utopías comunes sostienen? ¿Son los jóvenes de hoy los herederos de aquéllos o, como sostiene en diálogo con Enfoques el santacruceño Rafael Flores, ex dirigente juvenil de la Tendencia y compañero de estudios de Néstor Kirchner, glorificar aquella épica armada "es un muy mal legado para las generaciones jóvenes"?

Unos lucharon y se enfrentaron al poder para que Perón volviera a la Argentina; los de ahora pelean por la continuidad en el poder, es decir, por la re-reelección de Cristina Kirchner. Aquellos se atrevieron a desafiar al viejo general, mientras que los de ahora practican una obediencia ciega, aún en el desacuerdo. Mientras los "padres" setentistas buscaban abolir el Estado burgués, sus "hijos" kirchneristas encontraron en la ampliación de ese mismo Estado -y en los directorios de sus empresas- la justificación perfecta para una "revolución" aggiornada, alimentada por una épica anclada en lo discursivo y que hace un recorte conveniente de la amplia variedad ideológica de la militancia rupturista de los años 70 para reclamar su herencia simbólica.

Hay algunas similitudes, sin embargo. Integrantes de una misma familia política, al fin, una familia que el próximo día 17 se reunirá en la celebración del Día del Militante, la generación setentista y la juventud ultrakirchnerista se reconocen a pesar de las contradicciones y diferencias en claves políticas comunes: ambas se conciben como sujetos de cambio, veneran más a Evita que a Perón (el cristinismo es setentista y evitista), creen en el trasvasamiento generacional, practican la lógica amigo-enemigo, comparten el mismo espíritu orgánico y casi religioso de las organizaciones y, sobre todo, alimentan la creencia política profunda -y sincera en muchos casos- de estar encarnando la revancha histórica de los de abajo en contra de los poderosos.

De esa épica se nutre ahora el 7-D y la guerra contra Clarín, la madre de todas las batallas para los herederos de hoy y una lucha en la que, sienten, se juega la gesta kirchnerista e, incluso, la posibilidad de la re-reelección. Es decir, la continuidad de un gobierno que, sostienen, encarna utopía aggiornada a estos tiempos. Una utopía posible. Porque, por ejemplo, si los montoneros prometían en su cancionero que "con los huesos de Aramburu" iban a hacer una escalera, para que "baje del cielo" la Evita montonera, los jóvenes K parecen haber adaptado aquella consigna a esta coyuntura: en lugar de usar "los huesos de Aramburu" proponen valerse de "la antena de TN" para el fin místico de traer de regreso a la abanderada de los humildes.

Éstos y aquéllos

Pero en este examen de parecidos y diferencias, algunas preguntas más se imponen en el análisis. ¿Se puede hablar de militancia cuando se la practica desde el poder y con recibo de sueldo? ¿Y cuánto hay de realidad y cuánto de relato cuando La Cámpora, el Movimiento Evita y otros sectores de Unidos y Organizados -el núcleo duro del cristinismo- aseguran que "militan" por el mismo proyecto de país por el cual luchaban los revolucionarios setentista, sus predecesores? En otras palabras, ¿se puede ser militante y funcionario al mismo tiempo y sin traicionar un pasado del que se reclama la herencia?

Julio Bárbaro, dirigente peronista y autor de Juicio a los setenta , es implacable: "La militancia termina cuando es rentada", asegura. Y lo explica así: "No existe la militancia paga porque el militante es, siempre, el dueño de un imposible, el que vive en la víspera de la construcción de un mundo mejor. No hay militantes en Puerto Madero. En todo caso, ésos son burócratas. La militancia siempre es contra el poder, como una forma de confrontación con los poderosos y no de confrontación con otros ricos".

Seguramente Néstor Kirchner lo entendió de otra manera. Pintó a la generación de los setenta a su gusto y conveniencia y le dio a un sector de la juventud de hoy un amplio espacio de militancia y pertenencia política, con banderas de una utopía hecha a la medida de sus necesidades y permiso para ejercer los modos autoritarios de una generación que, en realidad, descreía de la democracia. El diputado camporista Andrés Larroque dio una muestra de este rasgo intolerante durante su intervención del miércoles pasado en el Congreso, antes de la aprobación del voto joven y cuando agredió al socialismo opositor al calificarlo de "narcosocialismo". Larroque, sostuvo alguien que lo conoce, "es el más neomontero de los líderes juveniles de La Cámpora, tanto en sus ideas como en sus modos rígidos de leer la política". Su exabrupto en el Congreso dejó en claro que la búsqueda de consensos no es lo suyo.

Hija de padres que militaron en Montoneros y diputada por el Frente Amplio Progresista (FAP), Victoria Donda le apunta a una de las mayores contradicciones que, según ella, exhibe la militancia K. "En los setenta, los ocho diputados de La Tendencia renunciaron cuando Perón los obligó a votar una reforma del Código Penal que criminalizaba la protesta, mientras que hace unos días los diputados de La Cámpora votaron sin chistar la ley de las ART, que es nefasta para los trabajadores. Conozco el caso puntual de un diputado que no voy a nombrar, pero que tenía serios problemas de conciencia con la ley anti-terrorista, y que la votó igual por obediencia."

 
Militantes kirchneristas, el miércoles en Diputados, durante el debate sobre el voto joven. Foto: Marcelo Gómez
 

Y agrega Donda: "Estoy segura de que mis padres hubieran sido incapaces de aprovecharse de los recursos del Estado". Para la diputada, el militante "ideal" es Jorge Ceballos, su colega de Libres del Sur que, cuando le tocó ser funcionario en el Ministerio de Desarrollo Social, cuando la agrupación aún era aliada del kirchnerismo, viajaba en tren a su trabajo.

El historiador Federico Lorenz, investigador adjunto del Conicet y estudioso de la guerrilla setentista, advierte sobre un doble peligro: el riesgo de construir estereotipos y de utilizar la historia sin revisarla: "No descalificaría a priori al militante rentado -señala Lorenz-, porque estamos hablando de la militancia en 2012 y no de la de hace 40 años, y para profundizar en la discusión es necesario evitar las miradas cristalizadas, tanto sobre el pasado como sobre el presente". Y añade, sobre el segundo riesgo, que "fue Néstor Kirchner el que, en 2003 y al presentarse como integrante de una generación diezmada, habilitó la reapropiación de la militancia de los setenta, y quien promovió también su relectura de la gente joven, en clave épica y sin ninguna revisión".

Esa falta de reflexión sobre la experiencia de los 70, sostiene Lorenz, hace que el kirchnerismo construya horizontes de confrontación todo el tiempo. "Decir que los 30.000 desaparecidos eran los mejores, como escuchamos desde el oficialismo, es lo mismo que afirmar que todos los militantes rentados son burócratas".

Autor de investigaciones sobre la militancia de los años 70 y algunos de sus personajes más icónicos, el historiador Marcelo Larraquy recuerda que "en los 70, sólo los cuadros de la derecha peronista buscaban refugio en el Estado para enfrentar a la izquierda. La militancia kirchnerista, en cambio, hizo el camino inverso".

Es el pasado que vuelve

Pero no fue sólo Néstor Kirchner sino también Cristina Kirchner -sobre todo, después de la muerte del ex presidente- quien no dudó en ubicarse en una línea de continuidad con la militancia setentista, a pesar de haber tenido un activismo muy liviano (mucho más liviano, incluso, que su marido) en la Federación Universitaria de la Revolución Nacional (FURN), donde estudiaba derecho. La FURN había sido la primera agrupación orgánica que el peronismo tuvo en la universidad. Pero en los setenta Cristina no sólo estaba en desacuerdo con la vía armada sino que despreciaba a los montoneros, como pueden atestiguar muchos de sus ex compañeros que compartieron aquellos años en La Plata.

Sin embargo, en el último acto en vida de Néstor Kirchner, en el Luna Park, Cristina le habló a la joven militancia en clave generacional: "Formé parte de aquella juventud maravillosa, que fue masacrada durante la dictadura más terrible de que se tenga memoria y, que vino a terminar con el modelo industrial y de generación de trabajo. El objetivo de ese golpe fue arrancarnos una matriz productiva".

El sociólogo y director de Poliarquía Eduardo Fidanza es de los que creen que la militancia juvenil del kirchnerismo es heredera del peronismo militante y combativo, cuyo origen no es Perón sino Eva Perón. La conexión entre ambas épocas, observa, puede verse como una saga familiar, donde hay padres, hijos, y hasta un Tío, Héctor J. Cámpora.

"Es claro que ahí hay una recuperación del pasado -dice Fidanza-, porque todos esos padres tuvieron ideales, más allá de sus errores. Pero muchos de esos padres murieron, y ahí quedaron pendientes diálogos que nunca tuvieron lugar. Quedaron pendientes ideales, y eso siempre es una interpelación."

Confrontación vs. síntesis

"Más cagadas de las que hicimos nosotros no pueden hacer?", suele bromear Dante "el Canca" Gullo, ex líder de la JP setentista frente a sus protegidos: los jóvenes kirchneristas. A su modo, ésa es una autocrítica sobre el uso de la violencia de las organizaciones armadas de su época, sobre todo cuando Perón ya estaba en el poder y había democracia en la Argentina.

Rafael Flores vuelve sobre el homenaje a los dirigentes montoneros de septiembre porque en ese acto ve, justamente, la ausencia de revisión del pasado. "Ningún funcionario en democracia debería aceptar ir a ese acto, independientemente de que nosotros hayamos apoyado eso. ¿Qué se les quiere transmitir a los pibes?".

Bárbaro atribuye estos "errores" políticos al hecho de que el matrimonio presidencial nunca participó en las organizaciones revolucionarias, como sí lo hicieron otros presidentes de la región, como Dilma Rousseff o Pepe Mujica, que no reivindican aquel pasado de armas sino todo lo contrario. "Es que cuando se tiene la experiencia directa, te beneficiás con su producto, que es la sabiduría de la síntesis. Como ellos no participaron, se quedaron en la confrontación. Ahí está el error. Síntesis fue el abrazo de Perón y Balbín, que ellos nunca entendieron.".

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