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Las "armas" de la violencia simbólica

Domingo 04 de noviembre de 2012
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La renuncia a la violencia como una forma de hacer política, tal como la concebían los montoneros y otras organizaciones revolucionarias de izquierda de los setenta, es, tal vez, uno de los mayores aprendizajes de la militancia en democracia en general. Incluida la kirchnerista.

Sin embargo, en su lugar, la militancia kirchnerista pone en práctica técnicas de violencia simbólica operando bajo la lógica, siempre justiciera, de amigo-enemigo.

Aprietes y escarches, patoteadas del secretario Guillermo Moreno a los empresarios -como cuando los infantiliza haciéndolos levantar para que lo saluden de pie cuando él llega, como una manera de humillarlos-, y amenazas de La Cámpora a los barones del conurbano con "coparle" las calles si no obtienen cargos o contratos en sus municipios; el acoso en la Web -verdaderos fusilamientos mediáticos- contra periodistas considerados "opositores", forman parte de ese "socialismo de barra brava", como bautizó el sociólogo Marcos Novaro a esas prácticas patoteriles que, tanto la sociedad que simpatiza con el kirchenrismo como sus votantes, amparan. O al menos toleran.

El kit de "armas" simbólicas sigue con la ciberguerrilla en la Web, los tuiteros pagos para atacar a opositores y el uso de los servicios de inteligencia, también para perseguir, espiar y amedrentar con la información obtenida a los "enemigos de adentro y de afuera", como decía Kirchner. De hecho, hay fiscales que se sienten inhibidos de investigar el Gobierno, no porque reciban un apriete directo, sino porque saben que, de lanzarse a investigar a fondo, serán ellos los investigados, incluso en su vida privada.

"Lo más fuerte que hay de la tradición de los setenta en la militancia kirchnerista es esta autoidentificación orgánica como «sujetos del cambio», que autoriza ciertas cuotas de violencia y de violación de las reglas del juego externas. Y de fondo, la tradición populista, que autoriza cuotas de violencia de los de abajo. La creencia política de base en la militancia oficialista, que heredan de los setenta es ésta: como los ricos son unos degenerados, está bien ejercer violencia sobre ellos. Por eso el ideario populista puede complementarse con algunas ideas del leninismo, de la revolución social. Expropiar a los expropiadores es una frase de Lenin, que bien podrían usar Moreno o Kicillof", apunta Novaro, director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA.

Ese ideario populista, con larga tradición en la Argentina, y que en algún lugar se conecta con el stalinismo, es, según Novaro, el hilo conductor que en los setenta generó adhesiones en sectores de la sociedad ante el accionar de la guerrilla, al menos durante los primeros años. "Y es la misma razón por la cual Moreno puede trabajar con Kicillof. No son sus ideas marxistas las que le caen simpáticas, porque Moreno es un peronista de derecha, sino la cultura revanchista que comparten."

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