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Compromiso social

Ser voluntario merece una fiesta

Comunidad

Celebramos los aniversarios de personas que dedican gran parte de su tiempo al servicio de los demás; algunos, casi toda la vida. Cada uno sopló las velitas acordes a la cantidad de años invertidos en esta tarea y compartió su historia

Por   | LA NACION

Tienen ese algo en la mirada que hipnotiza, que atrapa, pero que a la vez genera una sensación de paz agradable, que lleva a querer desentrañar a mordiscones su historia para entender qué los hace tan únicos, aunque ellos no estén cómodos con ese título.

Son personas comunes y corrientes, como cualquier otra que uno se cruza por la calle. Tienen sus familias, sus casas, sus trabajos, sus amigos, sus pasatiempos. Pero con un importante valor agregado: suman la magia de haber incorporado la actividad voluntaria como un componente fundamental de su día a día. Y eso, de alguna manera, los marca, los mejora, los hace diferentes.

Lo interesante es que ya dejaron de ser bichos raros y se transformaron en referentes. Lo destacable es que la solidaridad está de moda y que cada vez son más los que se comprometen a largo plazo para modificar positivamente la realidad social. Según el Informe Gallup 2011, dos de cada diez argentinos realizan trabajos voluntarios en el país y el 95% manifiesta estar satisfecho con la tarea. Pero lo más valioso es poner el foco en cuáles son los aspectos de su vida que más cambiaron a partir de desarrollar esta actividad: tomar conciencia de los problemas de la gente, lograr nuevos vínculos sociales y aprender a entender a los demás.

Por eso, a partir de estas historias de vida queremos homenajear a todos aquellos que entregan su tiempo, sus capacidades, sus recursos -en definitiva, gran parte de su vida-, a mejorar la calidad de vida de los más necesitados, a difundir valores y a potenciar una cultura más comprometida con lo social. Levanten las copas que vamos a brindar por las bodas de la solidaridad.

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Lo primero que sorprende de Isabel Paván -vestida de impecable delantal rosa, medias color hueso y zapatos blancos en las instalaciones del Hospital Dr. Pedro de Elizalde (ex Casa Cuna)- es la vitalidad que transpira el cuerpo de esta mujer de 82 años. Es que después de haber estado tres veces cara a cara con la muerte, Paván vive cada día con la intensidad de una quinceañera.

 
Mónica Ursztein sopla las velitas de los 10 años que hace que colabora con Tzedaká. Foto: LA NACION / Santiago Greene
 

"Tuve dos accidentes de tránsito en los que terminé internada y en uno, inconsciente. Además superé un cáncer de mama a los 50 años. Un día le pregunté a un cura por qué Dios me quería acá y no me llevaba con él. Me contestó que seguramente era porque tenía que seguir cumpliendo una misión acá en la Tierra y ahí entendí que era mi tarea en el hospital", cuenta esta señora portadora de unos pacíficos ojos celestes y orgullosa integrante de un matrimonio que tuvo como fruto 2 hijos, 3 nietos y 2 bisnietos. "Mi marido también tiene 82 años y es como un voluntario más acá. Está para todo. Yo en general vengo al hospital en el 168, pero algunos días él también me trae", agrega Paván.

Hace 31 años llegó al hospital acompañando a una amiga que se quería anotar como voluntaria y terminó ella también inscripta, sin saber que ese pequeño hito iba a cambiar su vida para siempre. Así fue como Paván empezó a recorrer los rincones de ese monstruoso edificio que hoy se transformó en su segundo hogar. "Hace tantos años que estoy acá que es como si fuera mi casa", dice Chichita, como la llaman cariñosamente por su parecido coqueto con Mirta Legrand, mientras camina por los pasillos del hospital. A cada paso alguien la saluda, la abraza, la mima., porque Paván es una especie de ángel guardián al que nadie quiere dejar ir, aunque haya cumplido sus bodas de perla en esto de brindarse al prójimo.

 
 

Ella junto a otras 160 voluntarias trabajan en distintas salas, consultorios externos y en cualquier lugar en el que haga falta que apoyen física y espiritualmente a los niños y a las madres.

Si bien la mayoría de las voluntarias oscila entre los 50 y 60 años, Paván es una excepción a la regla. Todos los lunes, de 8.30 a 18, entrega su alma -y lo que le queda de físico- a colaborar en el área de consultorio de foniatría y los viernes supervisa el servicio de voluntarias. "Empecé para hacer algo útil por los chicos y para darles el amor que muchas veces no tienen. Hoy mi tarea consiste en estar en el consultorio adonde llegan las mamás, recibir las tarjetas con el turno, entregarles las historias clínicas a las profesionales y aprovechar para charlar mucho con las madres", cuenta Paván, para quien este trabajo requiere mucha disciplina, vocación de servicio y entrega, porque muchas veces hay que saber atravesar situaciones dolorosas. "La voluntaria tiene que correr ante lo bueno y lo malo. Un día avisaron que había fallecido un chiquito y salí corriendo a ver qué necesitaban. Justo en ese momento la madre iba a la morgue a despedirse de su hijo y yo la acompañé. Fue el momento más duro que tuve que vivir en esta tarea", recuerda Paván.

¿Cuál es su mayor deseo? Que Dios le dé mucha salud para poder seguir ayudando y aprendiendo. "El voluntariado me sirvió para darme cuenta de que hay muchas formas de ser y estar en el mundo. Que hay gente que no se da cuenta de eso, que vive en un mundo ausente y no se conecta con la realidad. Yo creo que no hay placer más reconfortante que el de dar", concluye Paván, feliz de poder predicar con el ejemplo.

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Enrique Herrscher es el voluntario más antiguo de la YMCA. Foto: Santiago Greene
 

Si se hiciese un concurso para encontrar al voluntario con más años en la tarea, Enrique Herrscher seguramente estaría entre los finalistas. Hace 61 años -esto quiere decir que ya cumplió sus bodas de diamante- que colabora con la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA) y todavía tiene mucho para dar.

A los 11 sus padres lo anotaron en la YMCA para que aprendiera a nadar, luego de varios intentos frustrados de clases particulares. "En la YMCA todas las actividades son colectivas y sociales. Entonces me encontré con toda una fila de chicos listos para saltar al agua y yo no podía ser el único que no saltara. Así que tuve que aprender", dice Herrscher, de jóvenes 81 años, destacando uno de los principales valores que incorporó en su paso por la entidad: el sentirse parte de un grupo. De hecho, los mejores amigos que aún conserva hoy los conoció allí, y con ellos compartió experiencias inolvidables.

Al poco tiempo, la YMCA pasó a ser su centro deportivo, pero más importante, su lugar en el mundo. A los 15 ingresó en el cuerpo de líderes y al poco tiempo y al poco tiempo empezó a suplantar a los profesores que faltaban. Comenzó a participar de los campamentos que se hacían en Sierra de la Ventana y en salidas cortas en los alrededores de Buenos Aires, años después en Matheu. "Empezaba el fin de semana y yo ya lo tenía programado con mis amigos". Durante los campamentos nosotros colaborábamos con el director en todo lo que hacía falta. Recuerdo que la última noche se hacía el Fogón de Corazones Abiertos, que era muy emotivo", dice este contador, licenciado en Administración de Empresas y doctor en Administración, que actualmente se desempeña como profesor universitario de Planeamiento Estratégico y Operativo en carreras de Maestría, hoy en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco y antes en unas cinco Universidades Nacionales del interior.

Durante sus años de adolescencia y juventud en la YMCA aprendió, fundamentalmente, la apertura, la integración de "alma - mente - cuerpo" (símbolo de la YMCA, que forjó luego su entusiasmo por el ideario sistémico, que le dura toda la vida), la idea de que hay que escuchar al otro y la tolerancia. "También que es importante hacer algo por el otro y no mirarse el ombligo. Produce satisfacción, alegría y además se conoce a mucha gente", sostiene Herrscher, que sigue siendo socio vitalicio de la asociación y voluntario en su rol de coordinador del Congreso Nacional de Valores, Pensamiento Crítico y Tejido Social, que se hace todos los años.

Del millar de anécdotas de su juventud junto a la YMCA que atesora en su corazón, la primera que se le viene a la mente es la de un festejo del Día de la Primavera en el que estaban haciendo un picnic en una zona boscosa de los alrededores. "En esa época no se tomaba vino en la asociación y mientras estábamos preparando todo para el asado, Alfonso Condró - Director del Departamento de Intermedios -llegó con una valijita, cosa que nos pareció extraña. Sin decir palabra, la abrió y sacó unas botellas de vino mientras hacía un gesto cómplice. Ahí descubrí que era un tipo que sabía lo importante que era respetar las reglas, pero no siempre", dice Herrscher, que nunca abandonó su rutina física -todos los días menos los martes hace gimnasia - y mucho menos la de ayudar.

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Mónica Ursztein vive su voluntariado en el Centro Tzedaká Familias que funciona en Macabi como un mandamiento ético y social que la obliga a hacer algo por el otro. "De hecho tzedaká es una palabra hebrea que significa solidaridad. Tiene su raíz en la palabra tzedek, que quiere decir justicia. Así, ayudar a los desfavorecidos es hacer tzedaká, que no tiene que ver con la caridad, sino con una justicia social que nos compromete a dignificar la vida de todos para que puedan tener el bienestar que se merecen", sostiene esta mujer de 49 años, madre de 2 hijos, que hoy divide sus días entre su trabajo de councelor y su ayuda en Tzedaká, una entidad de la comunidad judía que lucha contra la pobreza con un enfoque de intervención integral y multidisciplinario, y desarrolla programas en las áreas de educación, salud, vivienda, niñez y vejez.

Para Ursztein, el voluntariado es un acto de amor que llena el alma y que también la ayudó a ser mejor persona. "Si bien esta tarea tiene mucho que ver con el dar, yo siento que recibí muchísimo. Y a nivel personal también pude resolver algunos temas que tenía pendientes", afirma Mónica, que tiene una relación afectiva con Macabi -centro deportivo y social de la comunidad hebrea-, ya que sus padres se conocieron allí, fue su lugar de ocio y juego desde su infancia y adolescencia, y hoy continúa siendo socia junto a su marido y sus hijos, con los que disfruta haciendo todo tipo de actividades.

"Yo colaboraba como madre en el grupo juvenil en el momento en el que Macabi se sumó a la Red de trabajo de Tzedaká. Empezamos atendiendo a personas de bajos recursos en todas sus necesidades, pasamos por adultos mayores, por chicos y ahora tenemos un Centro de Atención a Familias", cuenta Ursztein, que se autodefine como una voluntaria comodín porque hace un poco de todo. Ayuda en la parte de farmacia en la que le reparten medicamentos a personas de bajos recursos, en el programa ABC destinado a chicos de primaria que asisten a contraturno a recibir apoyo escolar y talleres y también forma parte del área de recaudación de fondos de Tzedaká. "Como me cuesta decir que no, me meto en todo lo que me piden", dice esta profesional, que destaca el hecho de ser parte de un grupo de 600 voluntarias que se apoyan para poder conseguir todos sus objetivos.

Compromiso, escucha, responsabilidad, respeto por el otro y dedicación. Estos son los valores que Ursztein sostiene que un voluntario tiene que tener, además de funcionar como un complemento de los profesionales. "Lo mejor es que puedo estar en contacto con los beneficiarios y generar un vínculo profundo. Porque así cuando ellos consiguen algo, también es un logro tuyo y cuando tienen un problema, también es compartido. Uno entra en sus vidas y la idea es ayudarlos y dignificarlos para que puedan tener cambios reales, que puedan conseguir los recursos para incluirse en la sociedad", aclara esta mujer que viene acompañando a algunos de los beneficiarios desde hace 10 años.

"Si alguien pensó en ser voluntarios alguna vez, yo le aseguro que vale la pena experimentarlo porque te hace mejor persona y que uno se siente en paz porque está ayudando a otro y eso le genera una gran alegría personal", concluye Ursztein, con una invitación franca y colectiva para todos aquellos que quieran seguir los pasos de la solidaridad.

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Gonzalo Oliva Beltrán fundó hace 8 años la Fundación Grupo San Felipe. Foto: M. Felipe/AFV
 

Para Gonzalo Oliva Beltrán, los últimos 8 años fueron, sin lugar a dudas, los mejores de su vida. Y esa afirmación está directamente relacionada con su pasión por ayudar. "Para mí el voluntariado es la única manera de ponerte en contacto directo con la realidad. Por eso creo que es importante tomarlo como una forma de vida y aplicarlo en todos sus ámbitos de acción: personal, familiar, laboral, social. Porque se genera una convivencia mucho más nutritiva cuando das gratis. Gratis entre comillas porque te llevás mucho más de lo que das", reflexiona Gonzalo Oliva Beltrán, abogado de 34 años y uno de los fundadores de la Fundación Grupo San Felipe, una entidad que promueve, a partir de la educación superior y la formación en valores, el desarrollo integral de jóvenes provenientes de comunidades de escasos recursos socioeconómicos.

Ya a los 16 años arrancó con un grupo de amigos a hacer tareas solidarias en el barrio Zavaleta, en la villa 21-24 de Barracas, en el 2000 empezamos con otros amigos en la Parroquia Madre Admirable, de Retiro, y en 2004 decidieron empezar algo por su cuenta dando nacimiento al Grupo San Felipe.

En los inicios eran 5 amigos que decidieron dar dos becas universitarias a chicos de Añatuya, en Santiago del Estero, y cuando fueron sumando otras voluntades, decidieron también extender esta ayuda a chicos de la villa 31, de Retiro, en la ciudad de Buenos Aires. "En Añatuya había entidades que brindaban becas educativas para primaria y secundaria, pero una vez que los chicos terminaban el colegio lo natural era que volvieran a trabajar al campo. Pero nosotros detectamos que había algunos que tenían perfil para seguir carreras universitarias y queríamos apoyarlos", cuenta Oliva Beltrán, con la satisfacción de haber podido ya acompañar a 40 chicos en sus trayectos universitarios.

Gonzalo no puede separar la persona que es hoy de su tarea solidaria. De hecho, cree que todo lo bueno que hay en él lo adquirió o lo pudo poner en práctica gracias al voluntariado. "Por ejemplo, yo era una persona muy poco paciente y mejoré mucho en ese sentido por tener que trabajar en equipo. El voluntariado es una escuela de alegría porque te permite maravillarte por el trabajo que está haciendo otro y encontrar la alegría en las cosas sencillas de la vida. Además, el voluntariado a lo largo de mi vida siempre me dio a mis mejores amigos porque con ellos compartí viajes insólitos y experiencias emotivas. En este camino te encontrás con gente que vale oro", resume Oliva Beltrán, quien actualmente se desempeña como presidente de la entidad, además de ser el responsable del Programa de Formación y Orientación de Jóvenes en Añatuya.

¿Por qué cree que se siente inclinado a ser voluntario? "Uno siente satisfacción por ayudar y en mi caso no lo hago por culpa. Pero es cierto que el hecho de haber tenido buenas posibilidades me empuja, me da ganas de dar una mano. ¿Si no la doy yo, quién? Yo tuve la suerte de poder tener una profesión, un trabajo, una familia y no puedo volver a mi casa a mirar la tele. Creo que el voluntariado es una vocación porque esto te lleva mucho tiempo y todos nosotros trabajamos. A veces nos juntamos a las 10 de la noche y terminamos a las 3 de la mañana molidos", sostiene Oliva Beltrán, que destina muchos de sus fines de semana a viajar a Añatuya.

Gonzalo sueña con que un día su fundación ya no sea necesaria. "Mientras tanto, espero que podamos seguir creciendo. A nivel personal, en la medida en que mi ayuda sea necesaria seré voluntario en donde sea, para trabajar para que nuestro país sea mejor para todos", concluye.

Impactos en sus vidas

Los efectos positivos de ser voluntario
  • Tomó conciencia de los problemas de la gente (37%)
  • Logró vínculos sociales amistades (28%)
  • Aprendió a entender a la gente, a comprender, a negociar (25%)
  • Adquirió habilidades organizativas (8%)
  • Aprendió un oficio adquirió habilidades técnicas (7%)
  • Mejoró su situación económica accedió a un empleo en la organización (3%)
  • Fuente: TNS Gallup

    para saber más

    Grupo San Felipe
    www.gruposanfelipe.org.ar

    YMCA
    www.ymca.org.ar

    Tzedaka
    www.tzedaka.org.ar

    Hospital Pedro de Elizalde
    cunarosa@yahoo.com.ar.

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