Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan
Ver página en pdf

¿Será posible que renunciemos al enemigo?

Opinión

En política, siempre acecha un "enemigo" que, si prevalece la democracia, se convierte sólo en "adversario". La diferencia entre el enemigo y el adversario es que el enemigo es propio de la guerra y el adversario no es propio de la guerra, sino de la "competencia". Mientras el enemigo busca la eliminación lisa y llana de su contrincante, vencer al competidor no equivale al contrario a su destrucción sino a su postergación hasta una próxima oportunidad que puede traer la revancha, la reconciliación o hasta una alianza entre los antiguos adversarios. En las democracias, las ocasiones para que surjan estas alternativas tan diversas son las elecciones, que se realizan puntualmente según lo dispone el calendario electoral. Según el calendario electoral argentino, en 2013 habrá elecciones parlamentarias para renovar parte del Congreso y en 2015 habrá elecciones presidenciales para renovar el Poder Ejecutivo. Es en dirección de este último año que promete estallar lo que es al mismo tiempo un enigma y un dilema.

Un "enigma", porque aún no sabemos si la presidenta Kirchner pretenderá un tercer período consecutivo, es decir una "re-reelección" como pretendió Menem antes que ella sin conseguirla, o si acatará la norma constitucional que excluye esta alternativa porque sólo admite una reelección, pero no una "re-reelección", ya que ésta implicaría que nuestro país se saldría de la democracia, es decir de la lucha política como "competencia", para caer en la lucha política como una "guerra" en la cual el ganador se lleva todo, y sus rivales, nada. Y éste será nuestro "dilema" como nación en 2015: decidir si estamos por la democracia o en contra de ella, por el autoritarismo o en contra de él. Decidir alinearnos con las naciones re-reeleccionistas de nuestro continente -Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua- o con las naciones democráticas -Brasil, México, Colombia, Uruguay, Chile, Perú, Estados Unidos-, ninguno de cuyos presidentes pretende la re-reelección porque acepta el principio opuesto que acaba de reafirmar Lula, después de haberlo honrado, en Mar del Plata: el principio de la alternancia.

Si el kirchnerismo admitiera, como la oposición, el principio de la alternancia, seríamos una nación coherente porque en ella coincidirían el sistema político democrático con el espíritu también democrático de los protagonistas. Una primera sospecha de que esto pudiera no ser así es la pretensión re-reeleccionista de la propia Presidenta, hasta ahora no negada ni confirmada. Mientras ella calla, sin embargo, quienes la rodean postulan abiertamente la re-reelección. ¿Se animarían a hacerlo si supieran a ciencia cierta que Cristina adhiere a la alternancia? Si esta adhesión fuera indudable, ¿cómo se explicaría que haya escogido de compañero de fórmula al "impresentable" Boudou? ¿Lo escogió personalmente y sin que nadie se lo propusiera porque era "presentable", es decir porque lo vislumbró como un sucesor "potable", o precisamente por la razón contraria, porque a poco andar, por debajo de ella se crearía un vacío de poder que sólo ella podría llenar?

Si Boudou es un impresentable, en los hechos Cristina carece de sucesor constitucional, lo cual refuerza su majestuosa soledad. Pero el dato decisivo es aquí que su gobierno tampoco acuerda con la oposición ninguna clase de diálogo o de participación. Simplemente, la "ningunea", como si no existiera. Si la oposición para Cristina no existe, ¿no será porque en torno a ella sólo ve subordinados y, frente a ella, a enemigos? ¿Es éste, acaso, el espíritu de la alternancia?

En la larga historia del pensamiento político occidental, Montesquieu fue el que más hizo notar que cada sistema político tiene un "espíritu", una motivación, que sus sostenedores necesitan para poder actuar. La monarquía, así, se mueve detrás de los honores que el rey concede. Lo propio del despotismo es inspirar temor para asegurar la obediencia y lo característico de la demagogia es repartir favores entre sus seguidores. La democracia se guía, al contrario, por la igualdad ante la ley. Ésta es una interpretación libre de Montesquieu, para adaptarlo a nuestra época. ¿Qué ocurre empero cuando a un sistema político no se lo vive según su espíritu? ¿Qué pasa si los que administran un sistema no respetan su espíritu? Demos un ejemplo: ¿qué sería de una dictadura si no inspirara temor? ¿Es coherente una "dictablanda"? Que lo diga Gorbachov.

Del mismo modo, ¿es coherente una democracia como la nuestra, cuyo gobierno trata a los adversarios como enemigos y a sus seguidores como clientes necesitados de favores? ¿Dónde se da, entre nosotros, la coherencia entre un poder de inclinación despótica y demagógica, y la democracia? John Rawls habla de continuo sobre las "sociedades bien ordenadas", es decir, con lenguaje de Montesquieu, sobre aquellas sociedades en las cuales el espíritu y las formas de un sistema político coinciden, en contraste con aquellas sociedades donde esto no ocurre. En la Argentina bajo el gobierno actual, hay un "ruido" constante entre el sistema democrático y el espíritu "bélico" de quienes lo manejan.

De acuerdo con estas observaciones, la prioridad de los argentinos no sería necesariamente económica sino política: vivir de acuerdo con lo que somos. Si somos una democracia, vivámosla como tal. Para que esto fuera posible, serían necesarias dos condiciones: primero, que la sociedad aspirara a ella; segundo, que también lo hiciera el Gobierno. En una primera mirada, estas condiciones parecen lejanas. En una segunda mirada, no tanto. En una tercera mirada, quizás estén sorprendentemente cercanas.

La primera mirada resulta de todo lo que hemos dicho hasta ahora: ¿es posible acaso una democracia plena manejada por un gobierno de vocación despótica y demagógica? ¿Es predecible que gire hacia la democracia un gobierno como hemos visto "bélico", que no ha venido a buscar el consenso sino la rendición de sus opositores? Apenas nos internamos en la segunda mirada, empero, algunos matices empiezan a asomar. Ellos apuntan hacia algo que hasta ayer parecía impensable: la convergencia de la oposición en torno, precisamente, a la democracia que el Gobierno se obstina en desconocer. Los senadores y diputados de la oposición han coincidido en un punto vital: el rechazo puro y simple de la re-reelección. Los números dicen que, a menos que se desencadenara una catástrofe en 20l3, la propuesta re-reeleccionista será rechazada en el Congreso. Si esta defensa a rajatabla de nuestra Constitución que prohíbe el re-reeleccionismo y que ya fue anticipada en la gigantesca demostración del l3 de septiembre se llega a repetir el 8 de este mes, ¿le quedara algún resto político al presunto re-reeleccionismo de Cristina?

Quizás algunos pensarán que la "tercera mirada" sobre la suerte del re-reeleccionismo que vamos a proponer ahora es ilusa, exagerada, pero el hecho es que responde a una posibilidad real: que, después de fracasar tanto en el Congreso como en la calle, el re-reeleccionismo se quede sin alternativas. ¿Qué haría en tal caso la Presidenta? Se me ocurren dos únicas salidas. Una, insistir aún así en la re-reelección, forzando las cosas en dirección de un autoritarismo desembozado. Esta desesperada apuesta, ¿no agravaría todavía más las cosas? La otra salida sería hacer de la necesidad una virtud, llevando al kirchnerismo a una suerte de "cristinismo sin Cristina" que, en función de un clima decididamente democrático, promovería nada menos que la demorada reconciliación de los argentinos..

TEMAS DE HOYCristina KirchnerFondos públicosElecciones 2015LA NACION DataTorneo Primera División