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El medio es el mensaje

El kirchnerismo malversa a Alfonsín

Opinión

Raúl Alfonsín ha vuelto a estar en boca de todos en estos días, por un inolvidable aniversario y por una aviesa malversación de su memoria por parte del kirchnerismo.

En la semana que pasó se cumplieron 29 años de su epopéyico triunfo electoral, tras la larga noche de la dictadura militar.

Fue simpático que en el acto central de la UCR, Ricky Alfonsín, nieto del ex presidente e hijo del dirigente Ricardo Alfonsín, entonara con su banda Boinas Blancas una versión remixada de la vetusta marcha radical.

El aniversario sirvió, además, como excusa para que las principales espadas K de la comunicación arremetieran nuevamente con una falacia sobre el final adelantado de ese gobierno.

Como en 1984, la novela futurista de George Orwell, en la que la dictadura del Gran Hermano reescribía constantemente la historia según las conveniencias de cada momento, ahora resulta que Alfonsín entregó el poder seis meses antes del fin de su mandato por culpa del diario Clarín. Esta versión que, sin duda, resulta ideal para apuntalar el apocalipsis clarinesco soñado por el Gobierno para el famoso 7-D, sin embargo, no se condice en lo más mínimo con la verdad.

Con espíritu autocrítico e integridad, aquel presidente ejemplar reconoció que su poder se extinguía por lo que "no supo, no quiso y no pudo" hacer. La hiperinflación, el saqueo a los comercios, la presión de los mercados y el peronismo pateando en contra aquí y en el exterior fueron las verdaderas causas de su precipitado final. Los diarios fueron reflejando ese creciente dramatismo. ¿Otra vez la culpa la tiene el mensajero? ¿El espejo debe responder por la fealdad que refleja?

Es cierto que Alfonsín era temperamental y no se guardaba nada cuando quería ponerle los puntos sobre las íes a Clarín, la Sociedad Rural, el vicario castrense o aquel "gordito" al que no le iba tan mal en Neuquén. Pero la diferencia sustancial con el actual gobierno es que aquéllos fueron episodios puntuales y del todo esporádicos. Como gran estadista sabía ponerse por encima de sus propias pasiones y no era resentido, ni se obsesionaba con sus eventuales adversarios ni, mucho menos, tramaba venganzas de todo tipo contra ellos los 365 días del año como ahora.

Su hijo Ricardo debió aclarar los tantos para que no se siga malversando tan impunemente la memoria de aquellos años. Acusó de "deshonestidad intelectual" a los "orwelianos" que ahora se empeñan en maquillar el pasado de acuerdo con sus necesidades actuales y denunció como falsas las equivalencias que se pretenden establecer entre aquellos dichos al pasar, sin consecuencias posteriores, y la política sistemática y creciente de hostigamientos al periodismo que hay desde 2008.

En su época, los grandes medios gráficos pugnaban para que el presidente Alfonsín derogase el artículo 45 de la ley de radiodifusión de los militares, que les impedía acceder a ondas audiovisuales. El mandatario no dio su brazo a torcer en toda su gestión en ese sentido. Fue el peronista Carlos Menem el que lo suprimió y fue el peronista Néstor Kirchner quien les regaló diez años más de licencia a canales y radios. Ahora es la peronista Cristina Kirchner la que va en camino inverso. ¿Qué hará otro peronista a futuro? Es probable que todo lo contrario. Y así, indefinidamente. Ni hablar de trazar una política de Estado que se continúe en el tiempo.

Frente a las presiones y los lobbies sufridos por el primer gobierno tras la restauración democrática, Alfonsín prefirió no tomar ninguna decisión. Sólo no pudo evitar la reprivatización de Canal 9, decidida por la Justicia. Y fue una pena que no cumpliese con ninguna de sus tres promesas preelectorales en la materia: 1) derogación "inmediata" de la ley de radiodifusión; 2) creación de un ente público no gubernamental que entendiera en los temas relacionados con los medios audiovisuales y 3) formación de una comisión bicameral que controlase el sector.

El statu quo alfonsinista involuntariamente no pudo evitar ciertas malformaciones: que Alejandro Romay se hiciera un picnic ganando fortunas durante años frente a la inoperancia del resto de los canales estatales y la gran informalidad en el ámbito radial, con la irrupción de emisoras clandestinas, un fenómeno en aumento que ningún gobierno posterior frenó hasta hoy.

Cuánto mejor habría sido que Alfonsín no se hubiera enredado en marchas y contramarchas laberínticas dentro de su partido, en sus relaciones con el peronismo y con las cámaras empresarias para que el Congreso de entonces hubiese podido dar luz verde a una ley de medios acorde a esa joven democracia. Habría sido mucho más difícil para el menemismo, en los años 90, incurrir en los excesos que concedió por medio de las innumerables enmiendas que tuvo la ley 22.285. Y hoy no habría en puerta ningún 7-D.

Así, en cambio, se pasó de un exceso al otro: de impedir totalmente que los diarios tuviesen ondas audiovisuales (restricción impuesta por los militares y avalada por Alfonsín) a hacer la vista gorda al crecimiento sin freno de ciertos multimedios (de Menem en adelante, incluido Néstor Kirchner).

En materia de leyes, también se aplica el dicho "no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy". Dilatar siempre suele ser peor..

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