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Teatro

El secreto: torturar a la mujer

Espectáculos

La semana pasada, en estas páginas, mi apreciada colega Susana Freire escribió algunas consideraciones, muy atinadas, sobre la notable teatralidad de Tosca , la ópera de Puccini. Y se explica: el texto original proviene de Victorien Sardou (1838-1908), el dramaturgo francés creador, junto con su mentor, Eugène Scribe, de lo que un tanto peyorativamente los críticos del siglo XX denominaron "la obra bien hecha". Esto es, que no se necesita otro talento para escribir una pieza de teatro, que una acertada combinación de ingredientes (como en una receta de cocina) que mantengan al público en ascuas y le faciliten la digestión: tanto de intriga -policial, diplomática y, sobre todo, amorosa-, de suspenso, de violencia y de idilio, como para satisfacer a todo el mundo.

Algo de esto es cierto, pero, sin duda, se requiere habilidad, astucia y conocimiento de los resortes de la escena para pergeñar una máquina que funcione con la precisión de un reloj suizo. Y Sardou tenía de sobra esos dones, la destreza indispensable para fascinar al espectador: un testigo del estreno de Fedora (en 1882), también convertida luego en ópera por Umberto Giordano, narra que a pocos minutos de alzarse el telón, el público estaba ya rendido, y no sólo porque Sarah Bernhardt fuese la protagonista. Para ella, "la divina Sarah", escribió Sardou muchas obras, incluida La Tosca (1887), Teodora de Bizancio (1884) y Gismonda . Para otra famosa actriz de la época, la Réjane, creó Sardou la inmortal Madame Sans-Gêne (1893), un personaje que no pierde actualidad.

Una vez más recurriremos al cronista cubano Eduardo Zamacois (1873-1971), en cuyo admirable libro de memorias, Un hombre que se va (Santiago Rueda, Buenos Aires, 1964), se narra una entrevista del autor con el ilustre Sardou, académico de Francia desde 1878. "Por una puerta que acababa de abrirse, apareció Victoriano Sardou. Entraban con él cincuenta años de teatro. Emocionado, me puse de pie. Vestía de negro. Era un setentón enjuto, afectuoso y gesticulador. Servía de marco a su cara afeitada, cetrina y movediza -cara de comediante-, una larga y áspera melena gris que le tapaba las orejas."

Según el dramaturgo, el secreto del éxito de una obra (de las suyas, por lo menos) reside en "torturar a la mujer". Así son sus heroínas, víctimas de las más complicadas tramoyas. Durante muchos años, Sardou subsistió apenas, acumulando un fracaso tras otro en el teatro, hasta que una vecina que lo había asistido en una grave enfermedad, Mademoiselle Brécourt, le presentó a su amiga, la entonces famosa actriz Mademoiselle Déjazet, quien le estrenó el que sería su primer éxito, Las primeras armas de Fígaro . "Desde entonces, la fortuna no ha cesado de sonreirme."

Extremadamente cuidadoso de los detalles, Sardou enloquecía a actores y directores con sus exigencias: se peleó con sir Henry Irving porque éste vistió a Robespierre con botas y no con medias blancas, y nunca perdonó a Puccini y sus libretistas que hicieran morir a Tosca aplastada al pie del Castel Sant'Angelo y no ahogada en el Tíber, como él insistía, desdeñando la realidad topográfica del lugar..

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