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A cien años de la ley Sáenz Peña

Dos democracias en pugna

Opinión

Unos privilegian la República y el Estado de Derecho; los otros, la unidad del pueblo y la transferencia de su soberanía a un líder. El sufragio consagrado en 1912 es hoy uno de los pocos puntos de coincidencia de nuestra dividida cultura política

Por   | Para LA NACION

Dos ideas de la democracia coexisten en la Argentina. Una la asocia con las instituciones de la República, el pluralismo y el Estado de Derecho. Estuvo en vigor entre 1983 y 1989. La otra postula la unidad del pueblo nacional y la transferencia de su soberanía a un líder, no limitado por las instituciones. Así funcionó, con matices importantes, entre 1916 y 1955, y hoy la vemos otra vez desarrollarse con vigor. Las diferencias entre ambas ideas son grandes, pero tienen una referencia común: el valor del sufragio universal, que hoy es uno de los pocos puntos de coincidencia en nuestra dividida Argentina.

El sufragio universal, secreto y obligatorio se estableció hace cien años, con la ley Sáenz Peña, que agregó la lista incompleta, asegurando la representación de las principales minorías. El sufragio universal ya se practicaba en la provincia de Buenos Aires desde 1821 y está consagrado por la Constitución de 1853. Por distintos motivos, los que votaban eran pocos y las elecciones se dirimían entre reducidas y aguerridas maquinarias electorales. Sáenz Peña lo hizo obligatorio y creíble, protegiendo la libre decisión del ciudadano. A la ley agregó, desde el magisterio presidencial, un tono imperativo: "Sepa el pueblo votar". Los argentinos no sólo podían, sino que debían ser ciudadanos.

La democracia coronaría el edificio del Estado republicano ya asentado y consolidado. Los reformadores pudieron quizás haber optado por una variante más gradual. Pero eligieron la reforma drástica y rápida. Esperaban producir una gran transformación que, sin cambiar sustancialmente las elites gobernantes, ampliara la legitimidad del Estado y abriera la posibilidad de incluir nuevas voces. Sáenz Peña imaginó que habría dos o quizá tres partidos de ideas sobre los cuales se construiría el debate y la alternancia republicana.

La historia no marchó por ese camino. La UCR, vencedora en 1916, no era un partido de ideas, sino de ideario: regenerar la política y extirpar el "régimen falaz y descreído". Su regeneracionismo -puntualiza Botana- tenía por límite la Constitución, pero llevó a Yrigoyen a ignorar a la oposición y el debate, y a desentenderse del Congreso, en nombre de una legitimidad conferida por el pueblo, pues, para él, "la causa radical es la causa nacional".

El movimiento peronista avanzó mucho en ese sentido, al punto que las "veinte verdades peronistas" fueron convertidas en "doctrina nacional" y así se las enseñó en las escuelas. El "pueblo entero" estuvo "unido" y el "gran conductor" conducía, pero no deliberaba, ni dentro ni fuera del movimiento. El régimen peronista -apunta otra vez Botana- no se limitó por la Constitución, sino que la usó como instrumento de poder. Las credenciales democráticas del peronismo fueron impecables en el sufragio; los comicios fueron libres, aunque los precedió siempre una implacable presión del aparato estatal.

Nada de esto estaba en la ley Sáenz Peña. ¿Por qué la democracia argentina tomó ese rumbo, parecido a otras experiencias autoritarias contemporáneas? Muchos buscaron la raíz del problema y su solución en sus normas específicas: la representación proporcional o la ley de partidos políticos o la mecánica electoral. Pero la cuestión es más amplia. La ley Sáenz Peña surgió en una sociedad específica y lo bueno o lo malo que produjo -las opiniones al respecto son legítimas- remite al conjunto de problemas de esa sociedad, y no sólo a los electorales.

Hacia 1912 estaba en plena constitución la nueva sociedad, renovada por la inmigración. Fue una experiencia casi única en América latina. Los inmigrantes se integraron exitosamente en el país en expansión y, a través de las generaciones, mejoraron en trabajo, educación y posición social. Durante varias décadas, los hijos estuvieron mejor que sus padres y, en ese sentido, la Argentina fue una sociedad igualitaria y democrática. Con rosas y espinas, como siempre.

Entre las rosas, estuvo el formidable impulso al asociacionismo: brotaron mutuales de inmigrantes, clubes sociales y deportivos, bibliotecas populares, cooperativas y sociedades de fomento, que constituyen la trama de la sociedad y hablaron por ella. Allí los habitantes aprendieron a participar, discutir y gestionar, y se prepararon para ser ciudadanos. Cuando en 1912 los partidos expandieron su red de comités, encontraron en esta sociedad civil activa su base de militantes, que hicieron realidad el imperativo presidencial. La sociedad democrática contribuyó a arraigar la democracia política.

El lado de las espinas tiene que ver con las pasiones democráticas, de las que había hablado Tocqueville. En una sociedad que se democratiza, más gente quiere, por ejemplo, ir a la plaza para sentarse en los bancos y esa irrupción genera tensiones con los que ya estaban. Fueron conflictos más violentos que insolubles, que dividieron las aguas en torno a un derecho reclamado apasionadamente y retaceado con igual pasión. Allí el populismo encontró su audiencia, y las elites, tachadas de oligárquicas, empezaron a perder su credibilidad.

Uno de los temas del populismo es la unidad del pueblo, más imaginada que constatada, y a menudo traumática. Sobre todo en un país de inmigración reciente, casi babélico, donde los recién llegados experimentaban problemas de integración. Muchos se refugiaban en sus connacionales, pero Adolfo Prieto los encontró también en los centros nativistas, bailando vestidos de gauchos y tratando de hacerse argentinos. Para los gobernantes, también fue un problema serio la nacionalización de los inmigrantes, que era una condición para la credibilidad de la democracia y la legitimidad estatal. La ley 1420 de educación común aspiró a construir a los ciudadanos argentinos y, en el mismo sentido, debía actuar la ley del servicio militar obligatorio.

A finales del siglo XIX se abrió una disyuntiva: trabajar sobre la unidad de individuos ciudadanos en torno a la ley y el contrato político o hacerlo sobre una unidad esencial, de raíz cultural. Lilia Ana Bertoni estudió el triunfo de esta segunda opción, prestigiada por los éxitos de la nación alemana. Se postuló un "ser nacional", pero sus rasgos no eran claros. ¿Era hispano o gaucho, blanco o mestizo? ¿Cuál era su lengua, la del "tú" o la del "vos"? ¿Acaso la unidad surgiría del "crisol de razas"? Esas discusiones, que apasionaron a los intelectuales del Centenario, comenzaron a interesar a la sociedad democrática. Pues cualquier definición colocaría a unos en el centro, y a otros, en la periferia, y quien tuviera la facultad de definir "lo auténticamente nacional" ganaría un enorme poder.

Este debate, que comenzó a mover las pasiones nacionalistas, fue asumido por tres grandes enunciadores. Uno de ellos fueron las fuerzas políticas democráticas -el radicalismo y el peronismo- que declararon sucesivamente ser la expresión del "auténtico pueblo nacional" y colocaron a sus enemigos en un limbo cercano al infierno. También la Iglesia Católica reclamó militantemente por la esencia católica de la Nación, dejando en los márgenes a muchos creyentes y a unos cuantos agnósticos. El Ejercito, finalmente, proclamó su identificación con la Nación, materializada en un territorio que debía defender; así, se colocó en el centro de la nacionalidad como custodio de sus valores esenciales. Por distintos caminos, en la primera mitad del siglo XX el "pueblo-nación" se fortaleció y el "pueblo-ciudadanos" se debilitó. Más aún si alguien lograba sumar las tres interpelaciones: la política, la religiosa y la militar. Yrigoyen estuvo muy lejos de eso, pero Perón lo logró en 1945.

La unidad del pueblo nacional requiere siempre la exclusión de alguien. A veces, estas oposiciones políticas se procesan con tranquilidad. Pero en la Argentina de mediados del siglo XX las pasiones democráticas por la igualdad y las pasiones nacionalistas por la soberanía y la grandeza se potenciaron y le dieron a la convivencia política un tono definidamente faccioso. Todo muy lejos de las intenciones de Sáenz Peña. Y muy cerca de nuestra actual experiencia política.

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