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Un final electrizante para una campaña aburrida y terrenal

El Mundo

La tarde de otoño era soleada e inusualmente calurosa; las calles y parques vibraban en anticipación de una noche que sería única.

Era el 4 de noviembre de 2008 y Chicago y Estados Unidos se preparaban para hacer historia, cerrar una campaña electoral llena de épica y elegir, sin mucho misterio, al primer presidente negro del país, Barack Obama.

Hoy la tarde de Chicago, ciudad adoptiva del presidente, es gris y fría y sus calles tienen nostalgia de aquel sentido de cambio y gesta histórica.

Es 6 de noviembre de 2012, faltan unas horas para cerrar la votación, y Obama y su rival, Mitt Romney, se desviven por movilizar a los rezagados. Teléfono, redes sociales, radios, email, todo les sirve a los candidatos, en estos minutos, para invitar a votar y sacar alguna ventaja que evite un resultado como el de los comicios de 2000. Es un final electrizante, pero fue una campaña aburrida.

Impuesto y empleos, empleos e impuestos, ésa fue la trama de la campaña. Fue, claro, un argumento necesario, después de todo la potencia tiene casi 23 millones de personas parcialmente empleadas o desocupadas y una deuda pública amenazante que obliga a generar más y más ingresos fiscales. Fue, en definitiva, la obsesión de los votantes.

Sin embargo, casi totalmente ausentes de esa contienda estuvieron los temas que habían enfervorizados a millones de norteamericanos, republicanos o demócratas, en 2008 y también en 2004, durante la belicosa contienda electoral entre George W. Bush y John Kerry.

La discusión sobre el rol y la presencia del Estado, la esperanza de cambio, la relación de Estados Unidos con el resto del mundo, su seguridad, sus polémicas guerras cubrió a esas dos campañas con un manto de quiebre histórico que ésta está muy lejos de tener.

Los protagonistas de esta carrera son tan terrenales como la contienda misma.

Bajo el peso de un presidencia llena de desafíos, Obama perdió el brillo. Ya no es el candidato que ilusionaba y conmovía a Estados Unidos y al resto del mundo por igual, es el presidente cansado que no hizo las cosas ni muy bien ni muy mal: sacó al país del abismo pero no logró ponerlo de pie.

Empresario exitoso y ex gobernador eficiente, Romney también vivió en su propia zona gris como candidato. En campaña, un día se movía hacia la extrema derecha para alinear a los ultraconservadores del Tea Party que aún añoran a Sarah Palin y al día siguiente viraba hacia el centro para atraer a los independientes.

Tal vez allí esté, entonces, la explicación de este final tan lleno de suspenso: en esta campaña aburrida. Fue una contienda que no inclinó para un lado o para el otro a los norteamericanos, ni los ilusionó con un país mejor, ni logró despojarlos de su creciente desconfianza en el gobierno federal y en el Congreso, ni los emocionó hasta llevarlos a las calles a esperar un resultado aunque estuviese cantado, como en 2008..

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