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Por qué corremos

Deportiva

"Y a los corredores -escribió un lector indignado en The New York Times- si quieren venir a esta ciudad a correr, okey, tienen el derecho de hacerlo. Sólo sepan que no están edificando nuestros espíritus, no son nuestra fuente de inspiración y nos hubiese gustado que se quedaran en sus casas. Para ser claros, no están corriendo por Nueva York, corren por ustedes mismos." Otros corredores recibieron un mensaje aún más directo. Las reservas que tenían desde hacía meses en el Hilton Garden Inn, de Staten Island, la zona más dañada por el huracán Sandy, estaban canceladas. "La gente evacuada me pide llorando que no la eche y yo no puedo hacerlo", dijo Richard Nicotra, dueño del hotel. Dos nuevos cadáveres, de dos niños de 4 y 2 años, aparecieron una vez que bajaron las aguas. Miles seguían desesperados clamando por ayuda en los noticieros. Familiares muertos. Casas destrozadas. Sin luz, agua ni gas. "Staten Island -graficó uno de los entrevistados en la cadena CBS- es zona de guerra." Al puente Verrazano Narrows, que une Staten Island con Brooklyn, arribaron generadores y agua. La ayuda no era para los desesperados, sino para los corredores que debían participar ese domingo en la Maratón de Nueva York. El deporte estuvo a un paso de cometer uno de los mayores papelones de la historia. Seguir corriendo en medio de la tragedia.

El alcalde Michael Bloomberg destacó la inyección de 340 millones de dólares que dejaba la maratón para Nueva York, recordó que su predecesor Rudolph Giuliani mantuvo la prueba en 2001 tras los ataques a las Torres Gemelas y dijo, en definitiva, que mantener la carrera significaría "una gran oportunidad para empezar a levantarnos". A su lado, Mary Wittenberg, directora ejecutiva de New York Road Runners, organizadora de la prueba, anunció que donaría un millón de dólares para las víctimas del huracán Sandy. Y que los patrocinadores Rudin Family e ING donarían entre ambos 1,6 millones. Rebautizó a la maratón "Carrera hacia la recuperación". Wittemberg, cuya organización gana unos 30 millones de dólares con la prueba, aceptó que 8000 de los 47.000 inscriptos no podrían arribar a la ciudad por el huracán. Dijo que dispondría autobuses y camiones para facilitar la llegada de los atletas al puente de Verrazzano, punto de salida. En pleno desastre, había que movilizar 8000 voluntarios, 1000 personas de la organización, 1500 policías y dos millones de espectadores. Radios, redes sociales y mensajes en los diarios llamaron al boicot. Amenazaron con bloquear la carrera. Escupir a los corredores. Autoridades de policías, médicos y socorristas advirtieron que a su gente, que trabajaba a destajo en medio de la tragedia, no le resultaría fácil dejar de cuidar a las víctimas y tener que atender a los atletas. "Abuso de poder", editorializó, durísimo hacia Bloomberg, The New York Post, que denunció el desplazamiento de generadores, autobuses y socorristas para atender a los corredores. "Corredores vs. evacuados", graficó otro diario. "No estamos mostrándole al mundo que somos un pueblo fuerte -dijo Simon Resner, teniente en el cuerpo de bomberos e inscripto en la carrera- estamos mostrándole que somos egoístas."

Cuando en 2001 cayeron las Torres Gemelas, el gobierno de los Estados Unidos, preocupado porque ya habían pasado diez días, buscó que el béisbol reanudara su campeonato para ayudar a salir del shock. Como señal -poderosa- de que la vida debía seguir adelante. Y como alivio en medio del dolor. "Me di cuenta de que comenzaba a superar la muerte de mi padre -me contó hace poco un amigo- cuando volví a gritar los goles de San Lorenzo." La historia recuerda que el deporte, bajo la excusa del alivio, ha mantenido su show más de una vez en medio de la tragedia. "Al deporte -escribió Michael Vaccaro, en The New York Post-, porque es absolutamente capaz, se le encarga que nos saque del abatimiento y la desesperación." La NBA hizo en estos días un delicado equilibrio para no lucir insensible justo en el inicio de su campeonato. David Stern, que en su discurso confundió al huracán Sandy con el Katrina, no quiso pagar como Pete Rozelle, eternamente criticado porque en 1963 ordenó la reanudación del football americano apenas dos días después del asesinato de John Kennedy. Los que llegaron la última semana a Nueva York por la maratón o por las elecciones presidenciales se encontraron con una ciudad partida. De un lado, apenas superado el susto, todo fue retomando el funcionamiento cotidiano. Hasta se festejó Halloween como si nada. Del otro era Vietnam. La maratón, si bien largaba en Verrazano y pasaba 400 metros por Staten Island, devastada como Jersey City u Hoboken, seguía luego por zonas donde el huracán ya es casi un mal recuerdo. Los habitantes de Staten Island, me cuentan amigos desde Nueva York, sintieron que mantener la disputa de la maratón era una ofensa del rico Manhattan. "No puedo pensar en las elecciones, todavía hay gente atrapada en sus casas", decía ayer mismo James Molinaro, presidente del distrito. El periodista Dave Zirin, neoyorquino, contó su amor por la maratón y hasta recordó a hippies amigos que la corrieron porque era ejemplo de solidaridad y comunidad. "Es increíble que, en lugar de unir a la ciudad, la maratón -dijo Zirin- es hoy apenas otro ejemplo de lo salvaje que se ha tornado la desigualdad en Nueva York."

La maratón de Nueva York, la carrera más célebre del mundo, comenzó en 1970 y a partir de 1976 se corre por los cinco barrios de la ciudad. "No podemos echar alas y volar. La mayoría de nosotros no puede cantar o bailar, y nunca estará sobre un escenario: correr una maratón es como estar en Broadway y recibir una ovación de pie". Así respondió Fred Lebow, fundador de la maratón de Nueva York cuando le preguntaron en 1994 por el auge de las carreras. Lo cita Por qué corremos , un ameno y reciente libro publicado por Martín De Ambrosio y Alfredo Ves Losada. Unos -dicen los autores- aman correr. Otros lo hacen por adicción. "Es compulsivo." Una moda. Una necesidad. Un medio de transporte. Una venganza. Una vuelta a la naturaleza. Una prueba a nuestros límites físicos y mentales. Una pasión. Correr es aún más saludable si también se advierte que "la condición humana -como escribe David Le Breton en el hermoso libro Elogio del caminar - ha devenido condición sentada o inmóvil, ayudada por un sinnúmero de prótesis", que pretenden convertir nuestros cuerpos "en una anomalía". Miles de corredores se prepararon durante meses. Reservaron boletos de avión y hotel. Gastaron de 3000 o 10.000 dólares, incluidos los 250 promedio de la inscripción. Se alegraron cuando escucharon al alcalde Bloomberg, la décima persona más rica de los Estados Unidos, confirmando la carrera aun en medio del desastre. Lo maldijeron el viernes, cuando la canceló apenas dos días antes del inicio. "¿Nos hicieron venir para quedarse con nuestro dinero?", se preguntó un periodista italiano. "Pocas veces sentí un dolor tan grande", se indignó otro colega argentino. Los twits siguientes celebraron paseos por la Quinta Avenida, entradas para un show y cena en el Soho. Miles de corredores fueron el domingo al Central Park. "Corremos igual." Muchos lo hicieron con sus números dados vuelta, como protesta. Otros eligieron ir al puente Verrazano. No para correr, claro. Fueron a Staten Island para llevar ayuda a los damnificados..

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