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El escenario

Un no al "vamos por todo"

Política

La política fue inventada para que el pueblo sea un sujeto abstracto. El gobierno suele ejercerse desde una cápsula institucional. Para el que conduce el Estado es conveniente que las personas mantengan la condición de números que registran las encuestas. Las curvas estadísticas están hechas para estilizar el crimen, la enfermedad, el desempleo, la pobreza. Gracias a esos gráficos el drama de la vida puede ser administrado. En otras palabras, las instituciones, el Estado, los sistemas de partidos, fueron creados para que no suceda lo de anoche: que la multitud irrumpa en la escena en cuerpo y alma, con nombre y apellido.

Cuando esa intervención extraordinaria ocurre , los gobernantes suelen quedar estupefactos. Su propensión hacia el control, que está en la esencia de toda vocación de poder, queda, de repente, desafiada. Lo que debía ser tácito adquiere una voz.

El pueblo, que no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes, mostró su rostro, impreciso y sereno , para producir la movilización espontánea más importante que se haya conocido durante el ciclo democrático. Es comprensible que en la casa del poder se infiltre el desasosiego. Cristina vuelve a estar frente a una gran crisis.

¿Cómo responderá el Gobierno a esta escena? ¿Cómo reaccionará la Presidenta? ¿Cuál será la contestación de los demás actores del sistema? Legisladores, dirigentes partidarios, empresarios, sindicalistas y, muy en especial, jueces. Sin necesidad de un colapso económico, cientos de miles de personas expresaron su malestar por la baja calidad de la vida pública. It's politics, stupid .

Para alguien tan centrado en sí mismo, alguien que presenta su paso por la vida como una gesta heroica, el gentío que reclama en las plazas y, sobre todo, frente a la residencia presidencial ha de ser un fenómeno de difícil interpretación. Hasta ahora Cristina Kirchner abordó su caída de popularidad con dos recursos muy rudimentarios. El primero fue leer en el fenómeno una corroboración de sus presunciones. La muchedumbre disconforme es una nueva demostración de que la corporación mediática, defensora de los privilegios que el kirchnerismo ha venido a vulnerar, ha instalado una patraña en la cabeza de la gente.

Según esa visión, y en el mejor de los casos, la manifestación de ayer, inédita en volumen y en estilo, habrá sido la expresión de una clase media que pone su inveterada insensibilidad popular al servicio de una manipulación oligárquica. En las avenidas y plazas de la Capital, del conurbano y de numerosas ciudades del interior del país se habría reeditado aquella Marcha de la Constitución y la Libertad del 19 de septiembre de 1945 para, tras la máscara de una denuncia de los rasgos fascistoides de un gobierno militar, dar a luz al antiperonismo. De modo que ahora sólo cabe esperar un nuevo 17 de octubre. ¿Llegará un 7 de diciembre? Braden -es decir, medios independientes, fondos buitre, sindicalismo díscolo, multinacionales despiadadas, oposición macrista, narcosocialismo, economistas ortodoxos- o Perón. Importa poco que ayer también hayan sonado las humildes cacerolas del Gran Buenos Aires. Mirado a través de aquella lente, el reclamo sólo inspirará más encierro, más radicalización.

La otra réplica de la Presidenta a la pérdida de consenso es responsabilizar a su entorno. A partir del 13 de diciembre, sus íntimos la escucharon quejarse más seguido por estar "rodeada de inútiles". De Vido y los apagones, Randazzo y el transporte, Puricelli y la Fragata, Boudou con Ciccone, Korenfeld y las obras sociales, Alak y la Justicia, Garré y los sueldos de gendarmes y prefectos, Abal Medina y la ley de medios: todos, en su incorregible torpeza, demuestran a diario que no están a la altura de su jefatura esclarecida. El último ejemplo lo proporcionó Hernán Lorenzino, el ministro de Economía. Anteanoche, en medio del corte de luz, visitó a la señora de Kirchner para presentarle una estrategia frente al avance judicial de los holdouts. No terminó de exponer sus recomendaciones cuando la reunión ya se había terminado: se le ocurrió aconsejar la reapertura del canje para que los "buitres" entren en la jaula. Hace años que está con la Presidenta y no aprendió el catecismo.

¿Conseguirá la movilización de anoche que la señora de Kirchner derribe su blindaje narcisista para ensayar un giro autocrítico? A partir del cacerolazo de septiembre los kirchneristas históricos asistieron al proceso inverso: una Presidenta más inaccesible, refractaria a toda disonancia, rodeada por un cerco juvenil que reitera sus consignas.

Este síndrome tal vez no sea tan extraño y novedoso. Los Kirchner han demostrado que sólo perciben al otro y están en condiciones de seducirlo desde la debilidad. Entre 2003 y 2005, parado sobre el endeble 22% de los votos, el matrimonio estudió la escena y construyó una popularidad prodigiosa. Entre 2009 y 2011, después de la derrota, demostró la misma capacidad de reconstrucción. Sobre todo la Presidenta, después de la muerte de su esposo.

El poder, en cambio, parece activar en el kirchnerismo un virus autodestructivo. Cuando ganó las elecciones de 2005, Kirchner se replegó sobre el PJ y terminó sucumbiendo ante el débil obispo Joaquín Piña en un duelo incomprensible. Después del triunfo de 2007, el irracional conflicto con el campo se extendió a las capas medias con un costo electoral incalculable. A la victoria del año 2011, espectacular en su volumen, siguió un llamativo derroche de capital político. ¿Cuál fue la estrategia que consiguió que una Presidenta que triunfó con el 54% de los votos, dejando a su segundo 37 puntos atrás, tuviera al cabo de un año al país movilizado en una protesta sin jefatura? Fue ésta: "Vamos por todo". El cacerolazo de ayer fue la respuesta.

Cristina Kirchner resolvió reducir el amplísimo paisaje que se abría ante sus ojos después del 23 de octubre del año pasado a la sola dimensión de un conflicto: la disputa con los medios y, sobre todo, con el Grupo Clarín. Decidió mirar la realidad a través de esa estrechísima mirilla. Por supuesto, va perdiendo la pelea. No porque Clarín la esté ganando, sino porque se ha encerrado en una gestión obsesiva, unidimensional, pobrísima. Aun si consiguiera tomar esa colina, será difícil determinar a qué guerra corresponde la victoria.

Las concentraciones de anoche tienen, entre sus muchas dimensiones, este impacto: cuestionan a la Presidenta en su estrategia de poder. Esa gota de duda corroe más a los que la sostienen que a los que la desafían. ¿Cuál es la razón por la que decidió enajenarse a un sector tan decisivo como la clase media? ¿Con qué criterio resolvió que los que estaban un poco enojados se enojen del todo? Estos enigmas son más misteriosos a la luz de algunas iniciativas oficiales que podrían atraer a esos menospreciados. Cristina Kirchner avanza sobre la corporación sindical. Se deshizo de varias malas compañías que tenía su marido en el mundo empresarial. Descartó las fantasías de Garré y sus asesores y puso la seguridad en manos de un coronel en actividad hiperactivo. Cualquier gobierno utilizaría estas propuestas como un puente hacia los sectores que ayer salieron a la calle. Ella parece estar incapacitada para hacerlo.

Manifestaciones como la de ayer instalan una sensación de fin de ciclo que complica las relaciones del Gobierno con su base. El peronismo sólo se subordina ante quien le asegura la reproducción del poder, el éxito electoral. Los cacerolazos son la escenificación física del desprestigio que registra la Presidenta en las encuestas.

El alcance federal de la protesta complica más las relaciones de mando y obediencia dentro del partido. Gobernadores que escrituraron a su nombre el poder en sus distritos deben pagar el precio de políticas en cuya formulación no han participado. Cristina Kirchner debería vigilar que, alentada por esa discordancia y por un ajuste fiscal que se traslada a las cajas provinciales, la disciplina del PJ no comience a relajarse.

En la oposición no consiguen ofrecer una alternativa. Es decir, despejar los liderazgos, construir una organización, formular un programa. "Sólo faltaría un líder que nos hable", confesó ayer, al lado del Obelisco, una manifestante. Ésa es la paradoja. Si ese líder existiera, ella no habría tal vez estado allí.

Pero a pesar de esa indigencia, los rivales del Gobierno pactaron un freno eficaz a la reelección en el Congreso. Imposible saber qué consecuencias tendrá esa decisión para quienes la suscribieron. Pero el clima de opinión que se expresó anoche y el bloqueo institucional a una reforma colocan al kirchnerismo ante la encrucijada más difícil: la necesidad de pensar, con la mirada en 2015, el problema de la sucesión..

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