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Al margende la semana

Contrapesos para remontar la cuesta

Economía

El malhumor social que se manifestó en las calles en la noche del jueves tuvo como disparador el viraje de la política económica producido sin previo aviso, después de que CFK fue reelecta con el 54% de los votos. La posterior caída de la popularidad presidencial en las encuestas siguió la misma trayectoria de las expectativas económicas: más se deterioraban cuanto más avanzaba la avalancha de controles y restricciones oficiales, que frenaron inversiones y desaceleraron fuertemente la actividad productiva, sin que ello tuviera su correlato sobre la inflación. La tolerancia social a una inflación superior a 20% no es igual cuando el PBI crece al 8%, que cuando lo hace a una tercera parte, se frena la creación de empleos privados o se fraccionan los ajustes salariales en paritarias. Tampoco cuando sube la presión impositiva nacional sobre sueldos y patrimonios (por la deliberada desactualización de los mínimos imponibles de Ganancias y Bienes Personales) y provincial sobre inmuebles o automotores.

Esta realidad marca un fuerte contraste con el clima previo a las elecciones, cuando el oficialismo había instalado un clima de virtual "cadena de la felicidad". El consumo batía récords, impulsado por políticas oficiales siempre expansivas, la economía crecía a "tasas chinas" y los problemas eran subestimados o ignorados. La contrapartida era una fenomenal fuga de capitales (21.000 millones de dólares en 2011) por desconfianza y porque era posible atesorar dólares baratos a precio oficial, que fue uno de los que menos aumentó -8%- frente a una inflación tres veces más alta. Quienes preveían que ese esquema era insostenible tuvieron razón, para decepción de quienes creyeron -incluso votando por CFK- que "profundizar el modelo" consistía en más de lo mismo. Pero el camino que eligió el Gobierno complicó todo: el cepo cambiario y las trabas a las importaciones instalaron innecesariamente, a falta de un plan, una sensación de crisis que afectó directa o indirectamente a casi todos los sectores. Para colmo, el formato de los controles y la radicalización del relato oficial para justificarlos tuvieron un inconfundible olor a "chavización" de la política económica, mientras el Congreso con mayoría oficialista sancionaba en tiempo récord leyes como la reforma del BCRA y la reestatización de YPF, no incluidas en la plataforma electoral del oficialismo. El cuadro se completó con una mayor inconsistencia entre el relato oficial y la realidad. No sólo por la sistemática negación de problemas evidentes (inflación, pobreza o inseguridad), sino por la adjudicación de errores propios a responsables ajenos o la permanentemente recurrencia a teorías conspirativas.

Incógnitas económicas y políticas

Si el cambio de clima económico fue una de las causas -no ciertamente la única- de la caída de la confianza en el gobierno de CFK (36% anual, según el índice que elabora la Universidad Di Tella), la pregunta sin respuesta es qué haría para recuperarla.

Por lo pronto, existe un fuerte contrapeso de raíz ideológica. La defensa de los inverosímiles indicadores de precios del Indec se transformó en una postura militante extendida, incluso, a varios gobiernos provinciales. Otro tanto ocurre con el uso creciente de las reservas y la "maquinita" del BCRA para financiar el déficit fiscal, aunque en este caso sin coparticipar la mayor emisión con las provincias. Conclusión: el freno de la inflación sigue siendo utópico, ya que el Gobierno no está dispuesto a afrontar su costo y prefiere el rédito cada vez menos duradero de compensar periódicamente sus efectos. Los controles cambiarios y el comercio exterior "administrado" sin reglas fijas están para quedarse, más allá de flexibilizaciones negociadas con algunos sectores a cambio de inversiones, inducidas o forzadas. No existen en la historia argentina antecedentes de desmantelamiento de controles y doble mercado cambiario sin un cambio de política económica. También resulta difícil suponer un menor intervencionismo oficial sobre decisiones empresarias, cuyas inversiones y rentabilidad Axel Kicillof pretende manejar desde un tablero de comando centralizado. Un problema adicional es que hay mucho Estado y pocos equipos técnicos experimentados para llevar adelante esa anacrónica política.

También esta concepción enfrenta límites económicos. La Argentina es uno de los pocos países donde las inversiones privadas -desde una línea de montaje automotriz hasta un criadero de cerdos- son comunicadas previamente a la presidenta de la Nación, que además participa de las inauguraciones con cadena oficial incluida. Esto significa una señal de debilidad más que de fortaleza del proceso inversor. Por cada inversión que se anuncia, se frenan decenas por desconfianza en las reglas o a la espera de mejores condiciones más ventajosas. Tal vez éste sea el caso de los hidrocarburos, donde se especula con un régimen específico y más flexible para la prometedora formación de Vaca Muerta. En cambio, rara vez surgen ideas superadoras: por caso, la proyectada reforma del mercado de capitales podría ser una oportunidad para que coticen en Bolsa empresas públicas como Aerolíneas Argentinas o Enarsa, como lo hace por herencia YPF. Nadie ha hablado públicamente de eso; por lo menos mientras se las considere como "cajas".

Por otro lado, si bien el Gobierno dispone de más herramientas fiscales y monetarias expansivas, no puede pasarse de rosca sin riesgo de mayores presiones inflacionarias o brecha cambiaria. No obstante, en un año electoral como 2013 la tentación está siempre latente.

Esto hace que el actual horizonte de la economía apenas llegue al año próximo. La apuesta oficial es que la soja y la reactivación de Brasil le otorguen una vida más al "modelo". Pero ello no evita muchos interrogantes políticos. Entre ellos, cómo se manejará la puja salarial con el sindicalismo dividido por el propio Gobierno; o cuál será la relación entre la Casa Rosada y los gobernadores del PJ, cuando llegue la hora de armar las listas de candidatos a legisladores nacionales.

Más incierta aún se presenta la perspectiva económica de 2014 y 2015, con el oficialismo sin candidatos claros si no logra imponer la reelección presidencial y la oposición sin liderazgos ni planes alternativos. Aunque esto último no es tan lineal con un Gobierno resistente al diálogo: las propuestas consensuadas por los ocho ex secretarios de Energía nunca fueron recibidas ni debatidas. El problema es otro y acaba de plantearlo el ex ministro Alejandro Foxley (uno de los artífices de la actual democracia chilena) en un seminario organizado por la consultora abeceb.com. Allí señaló que, en función de su experiencia, las políticas de confrontación son un juego de suma cero, en el que uno gana lo que otro pierde; mientras en las políticas de consenso, si cada sector acuerda ceder algo, puede mejorar el conjunto..

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