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Reflexiones

¡Cuidate!

Revista

Variantes novedosas en los códigos y modos de saludar se van sumando a los clásicos protocolos de saludo. Desde hace un par de décadas, por ejemplo, se ha naturalizado el beso. Ya no es privativo de una convención reservada a las mujeres, sino que se extendió también para los hombres entre sí . Compañeros de trabajo, de estudio, parientes y amigos, más allá de la edad, y muchas veces de las jerarquías en las que se posicionan, se besan al verse y al despedirse. Aún hoy causan cierta gracia dos policías saludándose en un cambio de guardia con un beso, o la llegada a la plaza de uno de los jubilados que comparten el banco cada mañana, al sol.

Los abrazos son otra expresión afectuosa que singulariza el encuentro con otro. La efusividad en el contacto entre pares tiene, más allá de los hábitos globalizados, un fuerte color y calor locales. Intensos, envolventes y duraderos son los abrazos de oso industria Argentina. Tienen un tono afectivo que no es fácil encontrar en otras latitudes. La temperatura emocional de nuestros hábitos de saludo ha canjeado formalidad por distensión y contacto cuerpo a cuerpo. No sería disparatado pensar que tanta virtualidad en la comunicación nos va generando un hambre de cercanía que se plasma en la posibilidad de abrazar. Destaco y disfruto las sutiles variantes que se reconocen entre los abrazos protectores y envolventes, los abrazos cómplices, aquellos que agregan unas palmaditas que acarician, los abrazos sonoros y aquellos más enérgicos y duraderos, propios de despedidas intensas. Un lenguaje gestual con especial fuerza expresiva.

En los nuevos circuitos tecnológicos por donde transita la comunicación seguimos buscando el tono apropiado. No sabemos cómo saludarnos. Improvisamos con ingenio y sin fórmulas compartidas. El resultado es por momentos bastante anárquico. Tenemos que inventar códigos adecuados para introducirnos y despedirnos. El correo electrónico, por ejemplo, se resiste -con sensatez- a conservar las convenciones de aquel intercambio epistolar que viajaba ensobrado y usaba estampillas. A menudo, luego de enviar un mail, un mensaje o un chat, nos asaltan dudas. ¿Demasiado frío? ¿Inadecuadamente afectuoso? ¿Sintético por demás? ¿Con qué entonación lo lee el destinatario? El mundo adulto se fue apropiando de la jerga de una generación de nativos digitales que no hace mayor diferencia entre el lenguaje coloquial y la palabra escrita. Muletillas gráficas, como ja ja, por ejemplo, son hoy una expresión tan corriente y familiar para los jóvenes como ajena para quienes no lo somos.

Entre estos nuevos hábitos de saludo hay uno en especial, patentado por los más jóvenes, que merece una reflexión. Al despedirse, es frecuente escuchar de los jovencitos, con tono enfático, la expresión cuidate. El plato fuerte del saludo es el cuidado. Un mensaje que transmite interés por el otro, a quien se advierte, se sugiere, se ruega.

Leo en esta exhortación una chispa de preocupación por el otro que alude al compromiso y a nuestra responsabilidad por todos los otros. No es casual que quien me hiciera reparar en este gesto fuera un amigo puntano, donde sabiamente suelen tomarse el tiempo y la dedicación que una despedida merece. Cuidate refuerza, además, la riqueza gestual y la transparencia afectuosa del abrazo genuino.

Cuidate señala una evidencia. Reconoce que estamos expuestos a una escalada de riesgos y que la experiencia cotidiana requiere de gestos activos de cuidado. Estos hoy ya no corren solamente por cuenta de la mirada adulta, paternalista y protectora. Este llamado a la prudencia, que surge de los adolescentes mismos, es una toma de posición digna de enfatizar. Una manera fraterna de implicarse subjetivamente, que guarda estrecha relación con la necesidad de cuidado que hoy tenemos todos..

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