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Opinión

El peligro latente de comprometer la gobernabilidad

Política

¿Tiene razón la Presidenta cuando señala que ella no es responsable de la falta de liderazgo que tiene esa masa inmensa y multiforme de argentinos que disienten sobre los lineamientos centrales de su gestión? ¿Cree en efecto que el masivo cacerolazo del jueves fue el resultado de que buena parte de la ciudadanía argentina, amalgamada por el poder hipnótico de los grandes medios de comunicación, rechaza sus políticas de inclusión, derechos humanos y redistribución del ingreso? ¿Habrá alguien cercano al poder que se anime a sugerir una hipótesis alternativa: que los manifestantes en realidad expresaron su insatisfacción por lo que consideran, equivocados o no, errores y/o desbordes autoritarios de la actual gestión?

La dinámica política de los próximos tiempos depende de cómo se respondan estos interrogantes. De mínima, la Argentina enfrentará un año electoral enrarecido y con múltiples tensiones, en el que la cuestión de fondo consistirá en cómo se ordena la grilla de partida para la sucesión presidencial. Existen muchas dudas sobre quiénes habrán de integrarla, menos una: de continuar las actuales tendencias de opinión pública, la primera mandataria deberá resignarse a ser una observadora lejana e imparcial de un proceso del cual, como manda la Constitución, estará excluida.

Sin embargo, los riesgos inminentes que enfrenta el sistema político argentino no son menores. Si la actual crisis se profundiza, podría debilitarse aún más el liderazgo presidencial. Si ése fuera el caso, habría un franco peligro de inestabilidad: en el período 2003-2011, el fortalecimiento de la autoridad presidencial ha disimulado (y a la vez profundizó) el disfuncionamiento estructural del marco institucional de la Argentina. Un eventual vacío del poder presidencial, generado por la acumulación de errores no forzados, en combinación con una visión épica y transformacional en el devenir político nacional que la familia Kirchner se asignó a sí misma, podría disparar una nueva y lamentable crisis de gobernabilidad.

La primera pregunta remite a la crisis de representatividad que afecta a la política argentina desde hace tiempo, pero que se profundizó con la crisis de 2001. A partir de entonces, la posibilidad de alternancia se volvió remota como resultado del profundo debilitamiento de la UCR, uno de los componentes del bipartidismo imperfecto que caracterizaba a la Argentina. Una democracia sin posibilidad efectiva de alternancia perdió la competitividad y se deslizó gradualmente hasta convertirse en prácticamente un sistema de partido hegemónico.

¿Fueron Néstor y Cristina Kirchner ajenos a este proceso? Por el contrario, se fomentó desde el poder una simbiosis entre partido y Estado, orientándose buena parte de los recursos presupuestarios, manejados discrecionalmente, a nutrir las redes clientelares, la propaganda oficial y las estrategias de cooptación de partidos o dirigentes de oposición, sobre todo aquellos con responsabilidades ejecutivas.

Esta asimetría de recursos entre el Gobierno y la oposición agravó el desequilibrio generado por la crisis de 2001 y dejó a buena parte de la sociedad argentina, sobre todo a los sectores medios, sin chances efectivas de representación. Se dio una paradoja: surgieron nuevos líderes sin partidos (Carrió, Lavagna, Macri, De Narváez), y sobrevivieron redes partidarias sin candidatos competitivos (la UCR, el PJ disidente, el socialismo). Existen también otras responsabilidades: las personas y sus egos hicieron que esa debilidad estructural se convirtiera en un rompecabezas de imposible solución. En este contexto, se explica el triunfo arrollador de Cristina Fernández de Kirchner en 2011.

Por eso, ella es también responsable de que el creciente malestar que experimenta la sociedad argentina no se canalice de forma institucional. No hay quién ordene y priorice las múltiples demandas insatisfechas que el Gobierno prefiere ignorar. Esto alimenta un problema de legitimidad de ejercicio: el 54% de los votos le otorgan a la Presidenta una legitimidad de origen incontrastable, pero a diario debe rendir examen ante una sociedad que exige respuestas concretas a los problemas que se acumulan.

Votan los ciudadanos a diario cuando opinan, se quejan, deciden qué y cuánto consumir y, los que pueden, cómo ahorrar y dónde. Votan también los inversores: arriesgan su capital o lo resguardan, en el país o en el exterior.

El Poder Ejecutivo exige que sus proyectos sean aprobados en el Parlamento "sin cambiar una sola coma". Esto vacía de sentido a uno de los poderes del Estado y le quita credibilidad al reclamo oficialista para que "la oposición presente propuestas concretas".

La Presidenta debe entonces asumir su responsabilidad en la crisis de representatividad que experimenta la política argentina: el estatismo generalizado y el abuso en el manejo de los recursos públicos han en efecto desplazado a la oposición a un papel casi marginal. Aquí surge una de las claves centrales para analizar el segundo interrogante antes planteado. ¿Qué motivos explican que en un hecho histórico un impresionante y diverso conjunto de argentinos, en múltiples puntos del país y del mundo, salieran a la calle para expresar su malestar e insatisfacción con el estado de cosas que impera en el país?

Los principales reclamos tuvieron un común denominador: el fracaso del Estado para brindar los bienes públicos esenciales, fundamentalmente la seguridad. Justo un día antes, un amplísimo apagón volvió un infierno la Capital y sus alrededores, poniendo una vez más de manifiesto que el Estado tampoco es capaz de garantizar la infraestructura como para alcanzar umbrales decentes de calidad de vida. Sabíamos de la crisis del transporte público, sobre todo desde la tragedia de Once. Los accidentes de tránsito se convirtieron en una epidemia, y ocurren por la irresponsabilidad de fomentar la compra de automóviles sin incrementar la infraestructura vial ni proveer controles efectivos.

Hubo también demandas que remiten a una mejor calidad institucional: la independencia del Poder Judicial, la libertad de expresión y la lucha contra la corrupción. El total rechazo a la re-reelección fue otra de las consignas.

Por supuesto, no faltaron las quejas por dos atributos fundamentales del actual modelo económico: la inflación y las restricciones a la compra de moneda extranjera. Ambas cuestiones están íntimamente vinculadas: en un contexto de altísima inflación, generada por la emisión monetaria espuria con la que el Gobierno financia el déficit fiscal, y ante la ausencia de instrumentos financieros que les permitan mantener el valor real de sus activos, los argentinos que tienen alguna capacidad de ahorro son obligados a perder una parte de su patrimonio o bien a resignarlo todo volcándose a un consumo desenfrenado.

Puede concluirse que los motivos reales del cacerolazo apuntan a lo que el Gobierno no hace o hace mal, más que a lo que hace bien. En particular, la Asignación Universal por Hijo, una vieja propuesta de Elisa Carrió, cuenta con el consenso de todas las fuerzas políticas. Por algo la Presidenta prefiere regularla por decreto en vez de asegurar ese derecho por ley.

Si la Presidenta y su equipo prefieren creer que se trata de una inusual conspiración de factores de poder concentrados y deciden profundizar el conflicto, pueden poner en riesgo no sólo a su gobierno sino al sistema democrático en su conjunto. Pueden precipitar una situación de inestabilidad y crisis de gobernabilidad. Y por querer controlarlo todo pueden incluso quedarse sin nada.

Un derrape hacia un régimen populista-autoritario nos permitiría comprender mejor por qué la Presidenta consideró que lo más importante que ocurrió el 8-N fue que se llevó a cabo el 18° Congreso del Partido Comunista Chino.

La Argentina ya vivió demasiados episodios lamentables en su historia, incluidos hechos de violencia y violaciones masivas de todo tipo de derechos. Hace por lo menos ocho décadas que entramos en un proceso de decadencia. En ese período, nunca pudimos crecer sin inflación, ni lograr estabilidad sin desempleo ni marginalidad. Se equivocó José Hernández: nos peleamos y nos devoramos entre nosotros.

¿Lo seguiremos haciendo? ¿Permitirá la sociedad argentina, sobre todo su opacada clase dirigente, que el país vuelva a derrapar al pantano del fanatismo, la egolatría y la violencia? La Presidenta está a tiempo de evitar ser la protagonista estelar de otro eslabón patético de la decadencia nacional. ¿Lo hará?.

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