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8N: lo que Cristina no puede ver

Opinión

Uno de los principales problemas que tiene el cristinismo es que parece haber perdido la brújula de lo que le está demandando ahora la sociedad

Por   | Para LA NACION

 
 

Ya en la víspera del cacerolazo ciudadano, los tuits y posts del oficialismo, en las redes sociales, habían perdido toda capacidad de lectura sobre el 8N.

Un ex profesor mío de la carrera de periodismo, que en otra época fue un maestro y con quien por años mantuve un vínculo profesional de mutuo respeto, había posteado en su cuenta de facebook un diagnóstico de lo que, para él, significaba el cacerolazo que se cocinaba en las calles.

"Lo gays se casan, los chicos votan, los negros se ríen. Por eso yo no voy al 8N", escribió en las redes, aplaudido por decenas de periodistas militantes. No hace falta aclarar que mi ex profesor, a quien admiré por años, es uno de los hipnotizados por el ciclo kirchnerista (en su caso, no hay dinero de por medio; es sólo amor) y es uno de los tantos colegas que se cambió el traje de periodista por el de propagandista oficial.

Sentí pena y desilusión al leerlo.

El día después del 8N vino con las interpretaciones del elenco oficial. El filósofo de Carta Abierta, Ricardo Forster , interpretó que la gente que salió a protestar "reduce el concepto de libertad a la materialidad del bolsillo". El otro filósofo popular quilmeño, el inefable Aníbal Fernández, se sinceró al admitir que "no entendía" por qué había sido el masivo cacerolazo.

Uno de los principales problemas que tiene el cristinismo, a diferencia de cuando gobernaba Kirchner, es que parece haber perdido la brújula de lo que le está demandando ahora la sociedad

Ese mismo día, por la tarde, tomé un taxi. El taxista también tenía su propio análisis sobre la víspera, que me pareció infinitivamente más ajustado a la realidad que el de Forster (ni qué hablar del de Aníbal F.). Su lectura tenía la temperatura de la calle; ese valioso insumo que los políticos del poder van perdiendo, cuando se dejan cegar por el microclima, los aduladores de turno, la ambición y el fanatismo.

- A mí lo que más bronca me da es que ella siempre niega todo. Y después sale el bigotudo [se refería a Aníbal F.], que parece que te está provocando cuando dice esos disparates, y te dan ganas de matarlo. Si por lo menos fueran más humildes...Si por lo menos admitieran alguno de los problemas que hay, la gente tendría más paciencia.

Uno de los principales problemas que tiene el cristinismo, a diferencia de cuando gobernaba Kirchner, es que parece haber perdido la brújula de lo que le está demandando ahora la sociedad. En ese sentido, el santacruceño, en los primeros años de su gobierno, sintonizaba mejor con aquella Argentina furiosa del post 2001 que él, con su propia furia, interpretaba tan bien. Cristina y sus intelectuales, en cambio, parecen perdidos. Parten de un diagnóstico equivocado sobre los motivos del malhumor social, de ese 46 por ciento que no votó por el oficialismo. Un porcentaje que, al fin y al cabo, no dista tanto de la buena mayoría que cosechó la Presidenta en las urnas de 2011, y que ahora parece justificarlo todo.

Descalifican a los caceroleros exhibiendo como prueba el 54 por ciento de la última elección. Pero son ciegos a la hora de decodificar que la gente se sumó al 13S - y muchos más al 8N - por un cúmulo de problemas irresueltos, y sobre todo por la fatiga ante un estilo de gobierno negador, violento, excesivo.

Cristina y sus intelectuales, en cambio, parecen perdidos. Parten de un diagnóstico equivocado sobre los motivos del malhumor social, de ese 46 por ciento que no votó por el oficialismo

El ciudadano común se sumó al 8N por la mala gestión que, cada vez más, sufre en carne propia; por la carencia de una política energética, que le complicó el día durante el último apagón; por la ausencia de una política de transporte, que genera paros imprevistos, sucesivos, y que vuelven un infierno la vida de cualquiera que deba llegar a un empleo; por la imposibilidad de comprar dólares para preservar los ahorros de la clase media, que son devorados por la inflación.

Salió, también, por la inflación. Salió por las consecuencias de un modo improvisado de gestionar, que derivó en el affaire de la Fragata Libertad . Salió porque intuye que la corrupción está afectando su calidad de vida. Salió porque perdió a un familiar en un asalto o en la tragedia de Once, y la Presidenta mira para el costado. Salió porque tiene incertidumbre, y nadie le explica nada. Salió porque está enojado.

El 8N podría ser, en ese sentido, un mecanismo propio de este nuevo clima de época, iniciado en la Argentina en el post 2001

Como decía el taxista de mi viaje: "Si supieran el rechazo que generan en la gente todos éstos, Boudou, Abal Medina, el bigotudo, cuando ningunean los reclamos...Si supieran...".

El kirchenrismo se ampara en un concepto antiguo de democracia que, según los investigadores que le ponen la lupa a las nuevas formas de ciudadanía, está mutando en las democracias occidentales, donde se replican los movimientos sociales.

Estos académicos vienen hablando del surgimiento de un republicanismo aggiornado; de una forma diferente de democracia y de ser ciudadanos que se dan en los hechos, y dista del esquema escrito en los manuales de Ciencia Política. El 8N podría ser, en ese sentido, un mecanismo propio de este nuevo clima de época, iniciado en la Argentina en el post 2001.

 
 

Uno de los académicos argentinos, con prestigio internacional, que más investigó estas mutaciones es Isidoro Cheresky, doctor en sociología, quién lidera un proyecto de investigación en el Conicet sobre Ciudadanía e Instituciones Políticas.

Para Cheresky, la legalidad de los presidentes democráticos actuales ya no se consigue sólo en las urnas.

Hoy, dice, quién también es consultor en gobernabilidad democrática del programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, la "otra columna" de una democracia occidental es la opinión o el peso de la ciudadanía, que se expresa tanto en el espacio real (la calle) o virtual (las redes, las encuestas).

Se trata de una ciudadanía que fluctúa, en un escenario de identidades partidarias frágiles y relaciones cambiantes con el líder político.

Este modo de ser ciudadano es activo y mucho más independiente que en el pasado de cualquier corporación (sindicatos, partidos políticos, etc.). Pero sobre todo tiene poder de veto, ya al día siguiente de haber ido a votar.

En las investigaciones de Cheresky, su conclusión más fuerte es, sin embargo, que los brotes de ciudadanía del siglo XXI no persiguen fines "destituyentes", ni proponen caminos alternativos.

Más bien, los une el "no" ante algo. Funcionan como un límite social, que parece marcarle al gobernante un "hasta acá".

La amenaza latente del cacerolazo y la presión virtual de las encuestas, las protestas amplificadas por los medios (y no manipuladas por ellos), proponen nuevas brújulas para las democracias contemporáneas y se han convertido en nuevas formas de legitimidad.

Se trata de una ciudadanía que fluctúa, en un escenario de identidades partidarias frágiles y relaciones cambiantes con el líder político

El veto ciudadano (movilización, encuesta, cacerolazo) es materia de estudio de intelectuales en todo el mundo. Uno de ellos es el francés Pierre Rosanvallon, autor de La contrademocracia, un libro que hace eje en la idea de la desconfianza ciudadana en la representación. También el italiano Paolo Virno, autor de La gramática de la multitud, habla de este cambio cuando decreta la muerte del "pueblo" y su reemplazo por la "multitud".

Así, mientras el "pueblo" converge en una voluntad general - de contenido positivo -, la multitud sólo converge "contra" algo.

Quienes investigan estos nuevos movimientos sociales coinciden en dos puntos básicos. Uno: como se trata de fenómenos relativamente novedosos, nadie entiende todavía muy bien cómo funcionan. Dos: lo peor que puede hacer un Gobierno ante un "veto ciudadano", como fue el 8N, es echar más leña el fuego, descalificar las demandas, azuzar la escalada, sostener discursos polarizantes. En una palabra: minimizar el valor de la protesta.

Es decir: no deben hacer justo lo que viene haciendo la Presidenta y su elenco..

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